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Tras la retirada El exilio del 39 fue masivo y el sufrimiento que generó lo fue también

Asociación Foro por la Memoria Democrática 08/03/2021

Dice el historiador Julián Casanova, no sin razón, que el exilio español del 39 tiene su origen en las políticas de exclusión y en la violencia que se generaban contra el contrario en las zonas ocupadas por las tropas franquistas ya desde el inicio de la guerra. Dura violencia física y social apuntalada, primero, mediante bandos militares, y desarrollada después con leyes represoras promulgadas durante toda la posterior dictadura. Quien pudo optar por la huida, y pudo conseguirla, así lo hizo, como recurso de salvaguarda vital; quien no, sufrió persecución, cárcel y muerte, como bien es conocido, constatado y asumido tanto en el orden político y legislativo como en el histórico y cultural, aunque en el educativo se compruebe un peligroso déficit al respecto.

El exilio del 39 fue masivo y el sufrimiento que generó lo fue también; el exilio representaba el orden republicano derrotado a sangre y fuego por el fascismo imperante en Europa; el triunfo del odio y la exclusión sobre la democracia, la diferencia y la convivencia; el dominio de la imposición y el castigo frente al consenso y el respeto.

Si la memoria de las víctimas del franquismo es la memoria del dolor, lo es de igual modo la memoria del exilio republicano. Muchos de aquellos compatriotas perdieron la vida en los campos de refugiados franceses, en la resistencia y en las batallas por la liberación. Pero, sobre todo, la perdieron en los campos de concentración nazi, donde desaparecieron como apátridas los que en ellos estuvieron deportados y no consiguieron sobrevivirlos. Y todos ellos, los que superaron otra guerra en Europa y los que sucumbieron en ella, quedaron marcados por su desmembración personal y familiar, por el desarraigo y el extrañamiento que conlleva la pérdida del acervo cultural, de su empleo y de todo tipo de propiedad. Fue un colectivo diverso, integrado por personas de todas las edades: jóvenes, ancianos, adolescentes y niños. Sí, también personas de cortísima edad, arrastradas al desastre humano que supone el destierro y un futuro incierto.

Hace pocas semanas fallecía Carmen Machado una niña del exilio. Ella, junto a sus dos hermanas mayores y sus padres, pasaron aquel terrible febrero la frontera francesa junto a los miles de personas que huían de las bombas fascistas, como lo hicieron su abuela Ana Ruiz y su tío Antonio Machado, que fallecerían enfermos casi a la vez, víctimas de esa huida nada más cruzar la anhelada frontera, en Colliure. Carmen y sus dos hermanas, Eulalia y María, fueron trasladadas a un colegio en Moscú con más niñas y niños. Pasados nueve años y terminada la IIGM, las tres tuvieron la fortuna de volver a reunirse con sus padres en Chile, donde éstos habían logrado huir en 1940, asentarse y reformular su vida, hasta realizar el tan deseado reagrupamiento.

María no volvió a España. Se quedó para ser chilena y formar su propia familia. Matea, su madre, falleció allí, como su tío Joaquín y como su padre, José Machado. Y allí lo ha hecho ella también. La historia de Carmen es una de los miles de tragedias que componen la memoria del exilio republicano.

Este exilio político, motivado por el descalabro de las fuerzas armadas gubernamentales y por el pacto de no intervención francobritánico, no tiene equiparación con ninguno otro habido antes o después, y constituye un innegable legado a nuestra democracia, además de ser pilar fundamental para el mantenimiento de la dura lucha contra la dictadura franquista, desarrollada por anarquistas, socialistas y, sobre todo, por los comunistas. Una lucha sostenida sin interrupción hasta la desaparición del dictador e incluso más allá, en el interior y desde fuera del país, apoyados en la generosidad y determinación de los republicanos del exilio. Respetar y conservar su memoria dignifica y fundamenta una sociedad libre y democrática que ellos y nosotros, ellas y nosotras, queremos y debemos mejorar.

Y terminamos con el mismo asunto de nuestra anterior columna: ya superan la cincuentena las familias a las que Patrimonio Nacional ha reconocido el derecho a exhumar los restos de sus familiares enterrados en la basílica de Cuelgamuros (Madrid). Pero la entrada de los técnicos forenses en las criptas donde están depositados para dar viabilidad a cada una de las recuperaciones, se demora sine die, aún conociendo que el proceso puede ser complejo, por el mal estado en que se hallan las cajas y la humedad de los distintos recintos, que dificulta la identificación de los restos. Tampoco ha habido cambio en lo relativo a los monjes, que continúan ocupando el monasterio.


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Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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