Una alternativa veraz, contundente y prometedoraAnte el fascismo del siglo XXI

Francisco José Segovia Ramos. Escritor granadino y funcionario 14/03/2021

Como el propio virus que ataca a la sociedad humana y que es capaz de transmutarse y generar diversas variantes o cepas con el fin de esquivar las vacunas y las defensas del organismo, el fascismo vuelve a surgir en Europa y Estados Unidos con una fuerza que parece imparable y que requiere de un análisis objetivo de las razones de ese auge que sorprende a propios y extraños.

Apenas cien años después de los primeros movimientos fascistas europeos, encabezados por Mussolini y que se extendieron después por gran parte de Europa con mayor o menor éxito (Alemania, Rumania, Polonia, Finlandia, Hungría, Noruega o Austria, entre otros países), la monstruosa ideología que llevó a una terrible guerra y al exterminio de millones de personas en los campos de concentración vuelve a estar en el escenario político.

En España, país que todavía no ha superado las secuelas de cuarenta años de dictadura franquista (de raigambre fascista aunque moderada tras la derrota nazi debido a las presiones internacionales y los intereses políticos del régimen) y otros tantos de silencio cómplice cuando no de negación de la verdad histórica, vuelven a sonar los aullidos de las manadas de la extrema derecha. Ahora con más fuerza porque no son ya meros voceros sin demasiado público los que lanzan sus proclamas por las calles sino también muchos medios de comunicación que blanquean, cuando no alaban, a partidos de índole claramente fascista, aunque estos nunca acepten ese calificativo e intenten llamarse “de centro derecha” o “derecha”, todo lo más, a fin de apartarse del pasado criminal de sus antecedentes ideológicos.
Su discurso, sin embargo, los delata.

El discurso fascista, la historia está ahí para constatarlo, se basa en el desprecio al diferente, en la “cultura” de la raza o nacionalidad superior, en la xenofobia y el patriarcado. La patria, para los partidos fascistas, es su concepto de país, en donde no tienen cabida los que piensan diferente o tienen opciones políticas diametralmente opuestas y sus conciudadanos les merecen menos respeto que instituciones obsoletas y sistemas económicos que crean pobreza y desigualdad. Son amigos de los poderosos, ante los que se inclinan y hacen genuflexiones, y feroces enemigos de los más débiles, que utilizarán, no se tenga la menor duda, para alcanzar sus fines y, después, arrojarán a un lado cuando no les interese.

Alternativa veraz, contundente y prometedora

La extrema derecha crece en votos y apoyo popular, tampoco lo podemos negar. Un apoyo que se basa en varios factores que requerirían un estudio mucho más profundo pero que coinciden, peligrosamente, con los que llevaron a Hitler al poder en 1933 aprovechando también una crisis económica y política: el miedo al “comunismo bolchevique” (ahora sustituido por “socialcomunistas”), la amenaza judía (versus inmigración) y la recuperación de Alemania o Italia (la vuelta a las raíces de la España cristiana, reconquistadora e imperial). Ya no enarbolan banderas rojinegras o águilas amenazadoras pero tras sus filas crecientes se esconden grupos y asociaciones de fascistas militantes de violencia organizada, ideólogos del estilo de Alfred Rosenberg o periodistas que los defienden o proclaman sus mentiras como verdades irrefutables tal y como pusiera en práctica el hábil manipulador y ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels.

La izquierda debe reorganizarse, no contra este movimiento extremista internacional, sino ante la extrema derecha: no como fuerza que use las mismas armas violentas del fascismo sino como alternativa, veraz, contundente y prometedora, con sus defectos, que los tiene, pero también con sus grandes virtudes y aspiraciones de cambio. Las sociedades han progresado en derechos sociales y económicos no gracias a las propuestas del fascismo o las fuerzas de la reacción sino por los movimientos de cambio promovidos desde la izquierda. Es en el convencimiento y no en la violencia o el enfrentamiento directo y violento donde está la clave de la victoria.

De caer en la provocación se perderá la batalla de una forma tan terrible como la perdieron socialistas, comunistas y la izquierda en general (también el centro derecha y la derecha moderada) frente al partido nazi alemán. Y ya sabemos cómo acabó aquella historia.

Convencer, hacer entender las propuestas de cambio, esa debe ser la apuesta de la izquierda progresista, que no debe ceder en su ideología ni dejarse amedrentar por la extrema derecha. La otra alternativa, la del enfrentamiento ideológico con los mismos medios y maneras que utiliza el movimiento fascista internacional, supondrá la derrota porque se habrán utilizado idénticos métodos que el enemigo al que se enfrenta, y no olvidemos aquella famosa frase de Nietzsche que decía: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo” (en Más allá del bien y del mal). No se transforme, pues, la izquierda en aquello que ha de combatir y vencer.

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