Ni dios ni amo

Sostenible Del trabajo esclavo o de la explotación infantil, mejor ni hablamos. Con lo de “sostenible”, sobra y basta

Benito Rabal 14/03/2021

Vengo observando, de un tiempo a esta parte, que a una gran mayoría de anuncios de alimentos se les ha incorporado el adjetivo “sostenible” como muestra no sólo de su calidad, sino, sobre todo, haciendo alarde de la bondad de su cultivo. El mundo, el rico quiero decir, que es, al fin y al cabo, quien consume masivamente los productos elaborados, anda cada día más preocupado por la salud, tanto de la Tierra como de su propio cuerpo, y el sello de “sostenible” parece darle ciertas garantías.

A parte de significar algo que puede sostenerse, el término tiene otras acepciones relativas a la economía y a la ecología, refiriéndose a que es compatible con los recursos de que dispone una región, una sociedad, etc. O, según la R.A.E. que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente. Incluso las Naciones Unidas llevan tiempo abogando por un crecimiento económico sostenible, que no ponga en peligro la supervivencia del planeta. Hasta aquí nada que objetar.

Sin embargo, dado que esas campañas de publicidad están promovidas precisamente por las compañías multinacionales que desde hace años vienen arrasando no sólo la Naturaleza, sino, fundamentalmente, la vida, no puede dejar de asaltarme la sospecha de que éstas no sean sino una estrategia de marketing con la que limpiar, de manera burda, las conciencias de los insaciables consumidores. Nestlé, Ferrero, Cadbury, Lindt o Mars, por citar algunas de las dulces transnacionales, llevan tiempo en el punto de mira de los tribunales internacionales de justicia, acusadas de promover el trabajo esclavo e infantil en países productores de cacao, como Ghana o Costa de Marfil. Lo mismo sucede con los productores de café, en ocasiones relacionados incluso con el asesinato de líderes campesinos o sindicales.

Pero también, y eso es lo que parece preocupar tanto a directivos como a consumidores de nuestro entorno, devotos ambos de la eco-jardinería, muchas de esas compañías han sido acusadas de comprar el producto cultivado ilegalmente en espacios protegidos y reservas naturales. Esto es, infringiendo la legislación conservacionista. Para remediarlo, los capitanes de empresa declararon que se comprometían a supervisar el origen de su producción, aunque reconocían que era muy difícil afirmar que, en las partidas compradas, no se colarían otras de cacao o café ilegal, lo cual viene a querer decir que ellos cuidarían del planeta, pero cuando se trata con pobres nunca se puede estar seguro del todo. What else?
Así que ahora, gracias a la etiqueta de “cultivo sostenible”, podemos saborear un delicioso café o deleitarnos con una tableta de chocolate sin preocuparnos de causar daño a la Tierra y todos tan contentos; la conciencia limpia, como una patena.

Sin embargo, da que pensar que ese sello de “sostenible” se refiera sólo al cultivo, dejando de lado a quienes lo hacen posible, en qué condiciones y a cambio de qué. Tal vez sea que la humanidad, la parte invisible de ésta, la que habita los países más al sur del sur del mundo, la misma que a pesar de recolectar cacao desde su más tierna infancia nunca ha probado el chocolate, no entre dentro de lo sostenible. Tal vez se la considere un recurso en abundancia y, por tanto, no sea digna de ser protegida.
Debe de ser por eso que un alto directivo de Nestlé, al hablar sobre el entorno laboral de los cultivadores de cacao, ha afirmado, sin ruborizarse, que “¿para qué mejorarlo, si los pobres van a seguir siendo pobres?”. En fin, que del trabajo esclavo o de la explotación infantil, mejor ni hablamos. Con lo de “sostenible”, sobra y basta. Really, George?

Publicado en el Nº 343 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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