Caldo de pollo

Fotografías de soldados La supuesta nueva imagen del Pentágono es la del general que culminó la destrucción de Iraq

Higinio Polo 21/03/2021

En las semanas previas a la invasión de Iraq, con George W. Bush, la televisión y los grandes medios de comunicación mostraron con mucha frecuencia fotografías de soldados estadounidenses que se despedían de sus esposas, de sus hijos, de sus familiares. Casi todos aparecían con rostros tensos, compungidos, soportando el dolor de la separación y las lágrimas, como si fueran víctimas y no militares y mercenarios que iban a pisotear y destruir un país maltratado, agonizante, con la población abrumada por la penuria y sus niños muriendo por las sanciones.

A veces eran fotografías de soldados con rostros serios, rezando en el desierto de Kuwait, agarrando con sus manos limpias la Biblia (In God We Trust) del Dios justiciero en quien confiaban estampado en sus dólares. O imágenes de algún general norteamericano pasando revista a las tropas en Turquía. O graves semblantes observando un buque hospital, soldados de infantería avanzando en maniobras, silenciosos y herméticos, mirando la arena en el desierto. Todas eran similares.

Bush aparecía con la seguridad de que debía liberar al mundo de un dictador sanguinario, de que las armas de destrucción masiva que supuestamente escondía Saddam Hussein podían acabar en manos de peligrosas organizaciones terroristas que odian la democracia y cuyos propósitos criminales estaban esperando el momento oportuno para asestar demoledores golpes como el del 11 de septiembre. Hace mucho tiempo que sabemos que todo eran mentiras. Era un burdo discurso que escondía el gran garrote imperial de Estados Unidos, el deseo de controlar las fuentes del petróleo, el propósito de dominar Oriente Medio para crear regímenes títeres que no discutieran el predominio estadounidense.

Llegaron a hablar del chantaje de Hitler sobre las potencias democráticas, sin reparar en que aquella extorsión la imponía Bush: coacción sobre Europa, sobre el futuro del petróleo, sobre la función de los inspectores internacionales, sobre la conciencia democrática universal. Bush y sus hombres no tuvieron la menor vergüenza en mostrar al mundo sus planes de ocupación militar, su deseo de crear un gobierno de facto dirigido por un general norteamericano o por un civil iraquí que se prestase a la comedia, con la misión de crear un protectorado. Bush quiso después pagar la campaña militar con el petróleo iraquí, apoderándose de sus yacimientos y forzando el pago de indemnizaciones de guerra, de una guerra que Bagdad no deseaba, como sabía el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Aquel Bush, convertido en el ladrón de Bagdad, hoy casi olvidado, pretendía trazar un nuevo mapa en Oriente Medio.

El general católico que sembró la muerte en Iraq

Una fotografía de la Associated Press, agencia muy activa en la propaganda de guerra, mostraba a un soldado besando a su mujer, sosteniendo una banderita con las barras y estrellas, justo bajo los rostros de ambos, mientras al lado una niña lloraba por el desgarro de la separación. Todo sugería que era la hija de ambos, que no podía soportar el llanto ante la despedida: mostraba al mundo el sacrificio de los valientes soldados que iban a arriesgar su vida, tal vez a perderla, luchando por la libertad, combatiendo a un peligroso tirano para que el mundo fuera más seguro, más libre. Uno de ellos era el general Lloyd Austin, el último comandante en jefe de las tropas estadounidenses en Iraq que culminó la destrucción del país y que ahora ha sido nombrado jefe del Pentágono.

Después llegaron más invasiones, más guerras, más bombardeos, más lágrimas. Llegó Obama que incendió Siria y Libia y avaló que Arabia bombardease Yemen. Después Trump y ahora Biden. Sus soldados siguen acantonados en muchos países de Oriente Medio y sus drones y grupos de operaciones especiales no han dejado de matar. Solo hay que recordar la cara de satisfacción de Trump cuando se culminó con éxito su orden de asesinar al general iraní Qasem Soleimani bombardeando su coche en el aeropuerto de Bagdad con los misiles del letal Predator.

Biden ha nombrado a Lloyd Austin para dirigir el Pentágono, enseñando así al mundo la fotografía de un soldado, de un general negro, para iniciar una nueva etapa más civilizada. Como si el mundo pudiera olvidar que ese militar católico mandó las fuerzas estadounidenses que sembraron la muerte en Iraq; que, tras Daesh, Austin destruyó Mosul, que sigue en ruinas, y que dirigió después el Mando Central, el siniestro USCENTCOM para las operaciones militares en Afganistán, Iraq y Siria.


Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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