Documentos para un centenario PCE 1921-2021Comunicado del Buró Político del Partido Comunista de España. 15 de septiembre de 1937

Fernando Hernández Sánchez 21/03/2021

Introducción al documento nº 19

Cuando el año 1937 entraba en su segunda mitad y tras catorce meses de combates, entre las fuerzas que sostenían a la República comenzaban a vislumbrarse los primeros atisbos de cansancio por la duración y destino incierto de la guerra. La caída del Norte estaba a punto de consumarse. Territorios anclados en la memoria genética del movimiento obrero, como Bilbao y Asturias, estaban en manos del enemigo. Las operaciones para aligerar la presión sobre Madrid se habían estancado tras los primeros movimientos exitosos, una vez más, por falta de reservas. Brunete había sido un destello pronto extinguido. En el exterior, el Comité de No Intervención animado por Reino Unido y Francia seguía estrangulando a la República española obstaculizando su maniobrabilidad para allegar legítimamente medios de defensa, mientras hacía la vista gorda a la creciente implicación del Eje en favor de Franco.

Por añadidura, las relaciones entre las organizaciones del Frente Popular y las que no perteneciendo a él, contribuían a la lucha antifascista, no atravesaban su mejor momento. En Barcelona todavía humeaba el recuerdo de los hechos de mayo. En el Bajo Aragón, la XI División de Líster, por orden del gobierno, acababa de poner fin al Consejo residenciado en Caspe y liquidado las experiencias colectivistas. En Madrid y Valencia, la salida de Largo Caballero de la presidencia del gobierno y su sustitución por el doctor Negrín el 18 de mayo fue juzgada por una parte del PSOE como una sumisión al dictado de los comunistas, crecidos por el prestigio ganado merced al apoyo soviético. En aplicación de la lucha contra el trotskismo, el PCE llevó a cabo una intensa campaña de debelación del POUM, al que señalaba como su agente en España. Los comunistas consiguieron su disolución y el enjuiciamiento de su cúpula dirigente, aunque no lograron que su proceso adquiriera la notoriedad y, sobre todo, acarreara para los reos las mismas consecuencias que los procesos celebrados en Moscú contra la vieja guardia bolchevique.

Fue en este periodo cuando los comunistas españoles tocaron el techo de su expansión: en octubre de 1937 reportaban casi 340.000 afiliados. Algunos sectores del partido, sobre todo en Madrid, en continua tensión enervante por la proximidad al frente de guerra, creyeron llegado el momento de un salto cualitativo en la consideración de la revolución, pasando de la democrático-popular a la socialista. Fue necesario un esfuerzo de reconducción por parte del nuevo delegado de la Komintern, Palmiro Togliatti, que recomendó perseverar en la línea de fidelidad al Frente Popular y de defensa de la República democrática.

Togliatti, que calificó la situación que encontró como un ejercicio de “tacto de codos”- concepto con el que hacía referencia tanto a la habilidad de cada organización para abrirse espacio como al empleo de la fuerza para conservar el adquirido-, orientó al PCE hacia la recomposición de puentes con socialistas y anarcosindicalistas. Con los primeros, avanzando en la línea de una fusión orgánica en un Partido Único del Proletariado (PUP) del que solo hubo un Comité de Enlace y un proyecto de emblema que mezclaba el yunque, el libro, la hoz y el martillo. Los intentos de ir más allá fracasarían por la resistente defensa de un espacio propio por parte de la corriente de Largo Caballero, atrincherada tras el cese de su líder en la Agrupación Socialista de Madrid y temerosa, como en los casos del PSUC y de la JSU, de que el proceso encubriese una mera absorción por parte de la matriz comunista. Los caballeristas dieron la batalla en el seno de la UGT donde, desde su control de la Comisión Ejecutiva, dieron de baja a treinta y dos federaciones a las que se suponía afines al PCE, incluidas algunas tan emblemáticas como las de Minería o Enseñanza. Las diferencias, desde entonces no harían sino ahondarse.

Con la CNT se intentaron limar asperezas aparcando el enfrentamiento acerca de las distintas concepciones sobre la naturaleza de la guerra. Tampoco aquí se avanzó mucho más. Tras la crisis de mayo, los anarquistas habían dejado el gobierno y las pugnas hegemónicas se desplazaron al interior del Ejército Popular, girando sobre la disputa por el control de comisariado, pelea en la que los anarquistas contaron con el apoyo de los simpatizantes caballeristas. El sector nucleado en torno a la FAI constituyó un Comité de Defensa para, llegado el caso, organizar el enfrentamiento con los comunistas.

A pesar de lo sostenido con posterioridad por buena parte de la memorialística de postguerra, los comunistas no pudieron imponer su hegemonía en la República en guerra. Tampoco hubo nada parecido al decreto de unificación que, en la zona rebelde, impuso desde arriba la fusión de todas las fuerzas políticas en un solo y fantasmal partido único. En al España leal, el fracaso en la consecución de la unidad de acción se materializaría dramáticamente en las jornadas posteriores al golpe del coronel Casado, en marzo de 1939.

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