Sin cadena

30 años sin Gabriel CelayaEn la casa de Gabriel y Amparitxu Con la seguridad de que Simón no hablaría

Miguel Usabiaga 02/04/2021

El 18 de abril se cumplen treinta años del fallecimiento de Gabriel Celaya. Un poeta de partido en un partido que fue de poetas, el PCE. Celaya, un poeta muy cantado, símbolo de la lucha contra el franquismo, pero insuficientemente leído y aún por descubrir en toda su riqueza. Sin embargo, no voy a emplear este espacio para profundizar en su poesía sino para recordar un pasaje de su vida que demuestra hasta qué punto eran verdad sus palabras. Es una de nuestras historias ejemplares, construidas con el heroísmo anónimo en la entrega por la causa de la libertad. Y por ello me parece que es el mejor homenaje. Los personajes principales son Gabriel Celaya, Jorge Semprún y Amparitxu Gastón. Los secundarios, Simón Sánchez Montero y Francisco Romero Marín. Ocurrió entre San Sebastián y Madrid.

Semprún y Celaya se conocieron en San Sebastián en junio de 1953, en un rincón de la Parte Vieja donostiarra donde Amparitxu y el poeta tenían la oficina de su editorial Norte. Semprún lo visitó en uno de sus viajes clandestinos desde París. Celaya le cayó bien a Semprún. Se tejió de inmediato la red para una buena amistad. Fue fácil: ambos amaban la poesía, la literatura, ambos deseaban acabar con la tiranía franquista y ambos eran comunistas.

Cuando Semprún buscaba escondites, refugios para camaradas en Madrid, no dudó en pedir a Celaya su apoyo. Y el poeta puso su piso de la calle Nieremberg 23, en el barrio de Prosperidad, a su disposición. Y en ese domicilio se escondió provisionalmente Simón.

Simón Sánchez Montero, alias Ángel en la vida clandestina, junto a Jorge Semprún y Francisco Romero Marín, alias Aurelio, eran los tres miembros de la dirección clandestina del PCE en Madrid, los tres del Buró Político, la más alta instancia de dirección del partido. Tres personas que llevaban una vida secreta, dedicada por entero a encontrar las alianzas para socavar al régimen. A veces, desobedeciendo las normas de seguridad para la vida clandestina, Semprún se acercaba al piso de Celaya y tomaba con ellos, con Simón, un aperitivo, una cerveza, comían o cenaban.

Simón no hablaría

En la víspera de la HNP, la Huelga Nacional Pacifica prevista para el 18 de junio de 1959, Semprún tenía una cita con Simón. Tenía que encontrarse con él en la calle, para, mientras caminaban con disimulo, calibrar los preparativos. Se jugaban mucho, pues la HNP era la piedra angular de la táctica del partido para derribar a Franco. Pero Simón no apareció. Mala señal. Las normas indicaban en esos casos que había que irse y volver a pasar al cabo de media hora pero observando y vigilando la escena del lugar con sumo cuidado por si había polis. Es lo que hizo Semprún pero Simón tampoco apareció. Semprún, dominando el pánico, no alteró el plan previsto y acudió al encuentro con Aurelio, la siguiente cita para pulsar las perspectivas huelguistas del día siguiente. Le confesó sus temores por la detención de Simón. Aurelio le recomendó irse a otro piso, porque el suyo ya estaba quemado. Si habían detenido a Simón, y Simón conocía su domicilio, debía irse cuanto antes, no volverlo a pisar más.

Semprún llamó a casa de Celaya, por si acaso estuviera allí Simón. Amparitxu le dijo que le estaban esperando. Semprún le preguntó a Amparitxu si podía pasar por casa. Ella le contestó que sí. Y tomarían unos vinos, mientras esperaban juntos a Simón. Semprún se acercó. Quería prevenirlos. Tomaron unos vasos de vino pero Simón no apareció. Semprún les recomendó que se fueran a dormir a otra casa. Era lo que había que hacer. Aunque Simón no hablaría, añadió. Él no pensaba moverse de su casa. Simón no hablaría. Abrazó a Amparitxu y a Gabriel y se fue.

Sentía que, aunque Simón hubiera sido detenido, aunque le torturaran, y lo harían sin piedad, Simón no hablaría. Y en lugar de buscar un piso seguro, otro piso que no conociera Simón, ni Celaya ni Amparitxu, decidió irse a dormir a su domicilio. Pensó que de esa manera le daría fuerza a Simón para resistir las torturas. Que si él no huía, Simón aguantaba. Que si se metía en la misma cama de cada noche, Simón no se sentiría solo en manos de la policía. Se acostó, cerró los ojos y es lo que hizo, pensar en Simón, en todo lo que le estarían haciendo. Simón no hablaría.

Semprún, acostado en su cama, en el piso donde había estado Simón muchas veces, veló sin dormir la resistencia de su camarada y no ocurrió nada. Tampoco les pasó nada a Celaya y Amparitxu porque, como el pensamiento mágico de Semprún había imaginado, Simón no habló. Y el piso de Nieremberg 23 siguió siendo un oasis seguro, un piso libre. Años después, Celaya escribió su famoso poema: “Maldigo la poesía de quien no toma partido/ partido hasta mancharse”. Y en su caso no se trataba sólo de bellas e imaginadas palabras sino que nacían de su propia experiencia, de su vida terrenal, de carne y hueso.

Publicado en el Nº 343 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2021

En esta sección

Prólogo para el libro de Carlos Guzmán Pérez '¿Por qué no te callas? El descenso a los infiernos de los Borbones'Las mujeres cubanas: una Revolución dentro de la RevoluciónMaría Zambrano. 'Delirio y destino'Fidel, padre e inspirador del sistema científico cubanoVertedero

Del autor/a

En la casa de Gabriel y AmparitxuLa memoria abiertaUn héroe griego