Crónicas del Madrid oscuro

Vertedero

Juan Madrid 05/04/2021

-Me llamo Adelita, pero siempre me ha gustado que me llamen Delia. De pequeña vi una película que trajo un señor al pueblo en un camión, era una película muy bonita, de las que ya no hacen ahora y trabajaba una artista que se llamaba Delia Santa Cruz. Me llevó mi madre, fíjese usted los años que hace de eso, pero todavía me acuerdo. Bueno, pues me fijé en el nombre y ya siempre quise llamarme Delia. Esta artista ya no la he visto nunca más pero, claro, hace mucho que no he ido al cine, en realidad iba al cine cuando era pequeña, cuando en las fiestas venía el señor con el camión. No me perdía una película. Si no me podía llevar mi madre, iba con las amigas. Después, cuando me vine a servir a Madrid, pues iba menos al cine. Ahora veo la televisión, pero no es lo mismo.

-¿Entonces, le dejaban ver la televisión?

-Sí, señor, todo el día, nos enchufaban el aparato por la mañana y no lo quitaban nunca. Algunas veces hasta nos dormíamos en el comedor, en las mismas sillas, viendo que te ve la tele. El señor Venancio, que era muy simpático, un señor de Sotillo de la Adrada, siempre contando chistes, apareció muertecito, el pobre, sentadito en la silla, y doña Mariadelcarmen se enfadó mucho, como si él hubiera tenido la culpa, el pobre.

-¿Y la comida? ¿Era buena?

-Nosotros comemos poco, señor. Somos como pajaritos en eso de la comida. Mire, al principio nos daban de desayuno una poca de leche con pan migado y los domingos, magdalena o donuts de ésos, ¿no?, esas rosquillas, siempre una… Y luego, para comer, pues sopa clara, de sobre, eso sí, calentita, pan y una tortillita o dos rodajas de mortadela o de chopen de ése y una naranja. Antes siempre era así. Y por la noche, tres galletitas de esas María y una tacita de manzanilla o de leche condensada bien aguada. Eso al principio, el primer mes o así. Después empezaron a no darnos de cenar y a quitarnos el donuts ése de los domingos y a darnos pan. Si alguien decía que tenía hambre, pues doña Mariadelcarmen o su marido, el señor Joseluís nos daban pan con un poquito de margarina o pan solo, ya ve usted.

-¿Y cuánto pagaban ustedes?

-¡Uy! Cada uno lo que tenía. ¿Ve usted allí sentadito a ese señor? Pues es don Senén, el pobre ya casi no habla y se lo hace todo encima. Le tengo que limpiar yo… Bueno, pues don Senén sólo puede darle lo de la cartilla, veintisiete mil pesetas; como no tiene familia, pues ya ve usted. Otros damos lo que podemos, yo doy la cartilla, que son treinta y dos y otras veintiocho que dan entre mis hijos. Yo, por suerte, pues tengo dos hijos. Los demás dan parecido, entre cincuenta y sesenta, ya le digo.

-Son…, espere, cuatrocientas cincuenta mil como mínimo al mes. ¿Dormían todos en la misma habitación?

-¡Huy, no, señor, no, eso sí que no! Las mujeres en un cuarto, los hombres en otro. Lo que pasa es que como algunos se dormían viendo la tele, pues parecíamos menos… Las cinco mujeres en el cuarto del fondo y los cuatro…, bueno, ahora los hombres eran cuatro, antes eran seis y estaban bien apretaditos en su cuarto, que era peor que el nuestro. El nuestro tenía ventanas, por lo menos, que ya es algo.

-¿Han llegado a ser once?

-Y doce, señor, pero nos vamos muriendo, ¿sabe? Nosotros no aguantamos mucho, con más de un año no hay nadie, sólo yo. ¿Y sabe qué es lo más triste?

-No, ¿qué es?

-Que no podemos hacer amigos, enseguida nos morimos. Eso es lo más triste.

-¿Y los doce cabían aquí?

-¡Huy, si señor! Cabíamos, ya lo creo. Nos repartíamos entre los dos cuartos y el comedorcito, nosotros somos poca cosa y sabemos que nos vamos a morir enseguida, no estamos para lujos. Lo malo era el baño, eso sí que era malo, porque servidora está acostumbrada a ser limpia, ya de pequeña. Con eso de un solo cuarto de baño pues no había manera, siempre discusiones y peleas para ver quién entraba y quién salía. Algunos se lo hacían encima, fíjese usted, porque no les daba tiempo. Y de bañarse…, ¡huy!, con agua fría… y, además, era imposible bañarse porque siempre, pero siempre, había cola para entrar, discusiones…

-¿Sus hijos no sabían en qué condiciones estaba usted?

-Ya sabe usted cómo son los hijos… Están a lo suyo, tienen sus hijos… Vinieron una vez a verme y me trajeron a los nietos para verlos, pero ni siquiera entraron. Me fui con ellos al Parque de Atracciones y lo pasé fatal, me dolió la cabeza… La verdad es que aquí ha habido muy pocas visitas, casi ninguna… Servidora tiene la suerte de tener dos hijos, pero la mayoría no tiene ninguno o están lejos… Muchos son solteros, ¿sabe? Nunca han tenido familia y aquí… Bueno, ya ve usted en qué condiciones vivíamos, pero al menos era gente, era como una familia, nos teníamos a nosotros mismos, que, aunque parezca mentira, para gente que siempre ha estado sola, pues ya es algo. O sea, que no era malo del todo.

-¿Malo del todo? Estaban ustedes viviendo peor que animales, sucios, sin cuidados médicos, sin higiene, durmiendo hacinados, pasando hambre… Y dice usted que no era malo del todo.

-Don Joseluís y doña Mariadelcarmen nos estafaban, se quedaban con nuestro dinero y nos mataban de hambre… ¿Usted cree que por ser viejos somos tontos? Claro que servidora sabe todo eso, ya lo creo. Lo mismo que los otros, puede usted preguntarles a los demás y escribir en su periódico lo que le decimos, pero también escriba que todo esto, con todo lo malo que es, es mejor que estar solo en la vida. ¿Usted sabe lo que es estar solo? ¿Solo en una casa sin hablar con nadie, con miedo a morirse en cada instante? Por eso venimos aquí, a estos basureros, venimos a morirnos con alguien.

Publicado en el Nº 343 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2021

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