Actualmente ningún partido político puede sustraerse ya al debate ambiental ni mirarlo con sospechaLa política y el medio ambiente Entre una ciudadanía cómoda y un perfil ambiental sombrío

Federico Velázquez de Castro González. Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental 06/04/2021

Parece haber acuerdo entre los ambientalistas en que uno de nuestros principales referentes se encuentra en H. D. Thoreau, que aunó la conciencia social (“en un sistema injusto el lugar apropiado para las personas honestas es la cárcel”) y ambiental (“vine a los bosques para comprobar que había vivido”), por lo que no debieran resultar extrañas las vinculaciones del ecologismo con la política. Tanto en Thoreau como en Emerson encontramos a los precursores e inspiradores de la conservación de los espacios naturales. Así nació Sierra Club, una organización creada por John Muir (California 1892), todavía hoy en activo, traspasando a Europa los principios de su filosofía con la creación del Instituto para la Conservación de las Aves en 1917 (precursor de SEO/ Birdlife), la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (1948) o el Fondo Mundial de Protección de la Naturaleza (WWF, ADENA en España) en 1961.

Nótese que todas estas organizaciones están consideradas como conservacionistas, enfocadas a la protección de un patrimonio natural valioso pero desvinculadas de posiciones políticas, más allá de las regulaciones gubernamentales para garantizar su integridad. Es a partir de la segunda mitad del siglo XX, acentuándose en mayo de 1968, cuando los movimientos ambientales adquieren mayor protagonismo y no por capricho sino como respuesta a las incipientes amenazas. Su discurso, más allá de la protección, incorpora elementos políticos y económicos, generando una primea escisión entre los que pretendían seguir considerando la naturaleza como una entidad aislada y los movimientos de ecología social. Esta división todavía continúa, aunque las posiciones puramente naturalistas han quedado muy reducidas.

El movimiento ecologista emerge con un fuerte carácter contracultural. Era visto con recelo por los partidos políticos pero también por organizaciones humanistas y religiosas para las que “primero había que ocuparse de las personas”. Sin embargo, la evolución de los hechos llevó a que las preocupaciones ambientales fueran incorporadas a la reflexión científica, desde la cual los medios de comunicación la transmitían a la población. Los problemas no versaban ya sólo sobre la protección del alimoche o la contaminación de los ríos (sin ser menores) sino que comenzaba a adquirir proporciones globales (la reducción de la capa de ozono, el cambio climático, el declive de la biodiversidad) y con una velocidad tal que, si realmente la conociéramos, no dejaría a nadie indiferente.

En consecuencia, los gobiernos comenzaron a actuar, tanto a nivel de cumbres internacionales (CITES, Ramsar, Montreal, Kioto/París) como en las legislaciones regionales o nacionales, con más de doscientas normativas ambientales en la Unión Europea.

El movimiento ecologista fue ganando fuerza y respeto, estando sus opiniones entre las más valoradas. Organizaciones internacionales como Greenpeace (con 120.000 miembros en España) o Amigos de la Tierra, se implantan en casi todos los países y las organizaciones locales, como Ecologistas en Acción o la Asociación Española de Educación Ambiental, experimentaron un gran desarrollo, debido tanto a las necesidades ambientales crecientes como al perfil científico de sus plantillas. Los partidos políticos iban dejando atrás las reticencias iniciales e incorporaban tímidamente propuestas ambientales en sus programas.

Cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pregunta periódicamente a los españoles sobre sus preocupaciones, suelen citarse en los primeros lugares el paro, la corrupción o la economía pero no apreciamos inquietudes ambientales. En otras palabras, los ciudadanos no perciben ningún riesgo cercano que proceda del medio aunque 30.000 personas mueran prematuramente en España como consecuencia de la contaminación atmosférica. Al ser la política muy cortoplacista, los partidos, en línea con las respuestas escuchadas, no suelen dar protagonismo al discurso ambiental, relegado sólo al papel escrito que casi nadie lee y manteniéndolo ausente de mítines y debates en los que se suele apelar a las vísceras más que a la inteligencia y la razón. Diferente es el caso de Unidas Podemos, y previamente de Izquierda Unida-Los Verdes, donde el medio ambiente sí ocupa un papel relevante.

Los movimientos sociales han tomado la iniciativa

Existe además otro motivo que explica este bajo perfil ambiental en el debate político. Muchas propuesta suponen esfuerzo y a la mayoría no le agrada que le limiten la velocidad o que aparezcan nuevas tasas ambientales. Curiosamente, no ha prendido en España un partido verde con suficiente fuerza como en Suecia, Alemania o Francia. Haber llegado tarde a la democracia o no sufrir una industrialización tan fuerte como en Centroeuropa, son algunas de las razones aunque se han dado intentos voluntaristas, a veces tan desafortunados como pintorescos, encontrando en las papeletas electorales hasta cuatro candidaturas verdes, algunas absolutamente desconocidas o de dudosa procedencia. EQUO, en la actualidad, ha representado la primera alternativa seria, habiendo alcanzando sus candidatos el Parlamento europeo y nacional gracias a su incorporación a la coalición liderada por Podemos aunque hoy se encuentren divididos.

Actualmente ningún partido político puede sustraerse ya al debate ambiental ni mirarlo con sospecha. Añádase el interés creciente de la sociedad por el bienestar animal que cuestiona seriamente algunas prácticas tradicionales como los espectáculos crueles, la caza o la ganadería intensiva, reivindicaciones que en general comparte el movimiento ecologista. El feminismo incorpora también la ecología, señalando al patriarcado como causante de los daños a la Madre Tierra, acuñando el término de ecofeminismo, frecuente también en el debate ambiental.

Los partidos situados en la derecha política intentarán no plantear nada que vaya a alterar la comodidad del ciudadano. De hecho, algunas de las primeras propuestas del Partido Popular en Madrid hablan de mejorar la calidad del aire sin restricciones automovilísticas (?). Fieles a sus criterios sobre bajadas de impuestos, rechazarán la fiscalidad ambiental. Nada debe restringir el libre mercado y, desde luego, nunca cuestionarán el modelo capitalista (causante en última instancia de los daños ambientales) al que se deben y defienden. Apoyarán la caza y espectáculos de maltrato para conectar con los sectores rurales y los más atrasados de la sociedad.

En cuanto al bloque de izquierdas, lo ambiental aparece con mucha más nitidez y algunas realidades, como el cambio climático, están con nombre propio. Aquí no hay apenas negacionistas (más bien los encontramos en el bloque anterior) y los programas contienen propuestas más avanzadas sobre energías renovables, ahorro y eficiencia, movilidad, residuos, gestión del agua y fiscalidad. Se apunta hacia un nuevo modelo de desarrollo sostenible, e incluso decrecimiento, con diferentes grados de compromiso.

Nos encontramos en una encrucijada entre una ciudadanía cómoda, acostumbrada a los habituales niveles de bienestar, y un perfil ambiental sombrío. El cambio climático, cuya velocidad supera en treinta veces la de la última glaciación, requiere doce años (según el panel de expertos) como tiempo límite para conseguir que el incremento de temperatura no exceda de 1,5ºC. Ante la pasividad y/o tibieza de las fuerzas políticas en el apremio que el clima requiere, la sociedad civil ha tomado la iniciativa con nuevos e inesperados movimientos como Fridays for Future, con sus movilizaciones semanales estudiantiles en cientos de ciudades europeas, o Extinction Rebellion, apoyado por importantes científicos, a través de acciones directas no violentas. En España contamos con diversas iniciativas de mesas y alianzas por el clima que reúnen a decenas de organizaciones sociales.

Se debe estar atento a estos nuevos movimientos que pueden zarandear la adormilada sociedad civil y sus partidos políticos con nuevas fórmulas de acción. Siempre hemos defendido que el medio ambiente es un potente indicador del modelo económico que hay detrás y del que reclama su cambio. La naturaleza, con sus signos, es una gran aliada en la búsqueda de nuevos horizontes. Y si los partidos que dicen estar con la gente no lo asumen (los otros ya sabemos que lo harán muy a disgusto), muchas viejas estructuras pueden trastocarse. Y siempre es mejor anticiparse que esperar a los momentos de emergencia.

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