Cuba es el único país de América Latina y el Caribe que está desarrollando sus propias vacunas contra la pandemia. Los que no conocen la isla de Martí y de Fidel no pueden comprender cómo una pequeña nación, atacada, vilipendiada, agredida y bloqueada por el imperio más poderoso de la historia de la humanidad, haya sido capaz de semejante hazaña. Deberían saber que las raíces de esta proeza están en los mismos orígenes de la revolución cuando, en el juicio que se le siguió a Fidel y sus compañeros tras el asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953, el joven abogado en su alegato de defensa ante el tribunal -que posteriormente se diera a conocer como La historia me absolverá- señalara con nitidez el derecho de los cubanos al desarrollo endógeno de la industria y la tecnología.

Tras el triunfo de la revolución, Fidel se volcó a hacer realidad el Programa del Moncada. En fecha tan temprana como enero de 1960 señaló que el futuro de Cuba tenía que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia y de pensamiento porque eso es lo que la revolución sembraría: “oportunidades a la inteligencia”. Pensando en el porvenir, aseguraba que los científicos y los investigadores tendrían todas las oportunidades para servir a su pueblo y a su patria, porque en los próximos años crecerían las instituciones científicas a las que esperaba se sumaran muchos cubanos que no solo deberían aumentar sus conocimientos sino que, lo más importante, deberían ser puestos al servicio de la justicia y de la patria. Planteó una tarea estratégica para los jóvenes, instándolos a la investigación, el pensamiento y el conocimiento.

Como en todas las acciones cristalizadas por Fidel, el discurso siempre estuvo acompañado con los hechos. En 1962 se creó la Academia de Ciencias de Cuba, se organizaron centros de investigación en diferentes instituciones vinculadas a la economía y los servicios y en julio de 1965, con su decisiva orientación, se inauguró el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC), dando inicio a la creación de instituciones que habrían de constituir la columna vertebral del sistema científico cubano.

El 13 de marzo de 1969, durante un discurso pronunciado en la Universidad de la Habana, establecía la necesidad de producir un encadenamiento entre las universidades y la investigación: “Las universidades deben ser centros de investigación para la formación de los futuros técnicos y los dirigentes con responsabilidad pública deben disponer del conocimiento para poder evaluar lo que los científicos, los técnicos y los especialistas puedan indicar en un sentido u otro”.

Proyectaba para los científicos el sentimiento y el imperativo propios de la revolución cubana de servir a la sociedad y al internacionalismo: “Para tener acceso a la producción moderna y dominar las tecnologías avanzadas, es imprescindible instruir a los hombres y mujeres que las van a manejar, formarlos para el mayor conocimiento de sus especialidades y dotarlos de una conciencia social, patriótica e internacionalista que permita realizar tanto los proyectos económicos y sociales propios como contribuir al desarrollo de la parte de la humanidad más urgida y que sufre en peor grado las consecuencias del pasado colonial”.

El Polo Científico del Oeste de La Habana

Bajo su sabia orientación, Cuba, un pequeño país de escasos recursos, atacado incesantemente por Estados Unidos, desarrolló una comunidad científica propia del primer mundo. En 1976 se estableció el Comité Estatal de Ciencia y Tecnología y en 1981 se fundó el denominado Frente Biológico en el que se conjugó el trabajo de todos los científicos e instituciones afines a partir de la cooperación, la integración y la generalización de los procesos.

En 1982 comenzó su funcionamiento el Centro de Estudios Biológicos (CIB) y cuatro años después nace el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), institución de primer nivel y centro emblemático como la institución que vinculara investigación y producción. Con nuevos centros de investigación se dio un impulso especial a la biotecnología. El Centro Nacional de Biopreparados, el Instituto de Medicina Tropical, la Biblioteca Nacional de Ciencia y Técnica, el Instituto Carlos J. Finlay destinado al desarrollo de vacunas, el Centro de Inmunología Molecular (CIM) especializado en la obtención de anticuerpos monoclonales, el Centro de Química Molecular (CQM), dedicado a la elaboración de antígenos sintéticos, y el Centro de Inmuno Ensayos (CIE).

En 1992, en la tribuna de la primera Cumbre de la Tierra, realizada en Río de Janeiro, Fidel hizo un llamado premonitorio a fin de evitar el desastre que veía venir: “Utilícese toda la ciencia necesaria para un desarrollo sostenido sin contaminación”.

La desaparición del campo socialista en 1990 significó un duro golpe para Cuba y su economía. El desarrollo científico no estuvo ajeno a la difícil impronta que se imponía a partir del cambio radical de la estructura política del planeta. Para adaptarse a la nueva situación fue creado en 1992 el Polo Científico del Oeste de La Habana, con la intención de producir un salto adelante desde el punto de vista estructural que permitiera dar una respuesta positiva a las difíciles condiciones de trabajo que habían surgido.

A partir de entonces, el desarrollo de la ciencia y de la tecnología se ha tenido que ir adaptando en Cuba a los vertiginosos cambios que se han desatado en los últimos treinta años. Nunca se detuvo el trabajo, ni siquiera durante los espinosos momentos del Período Especial que la isla sufrió al desmoronarse la base fundamental de su sustento internacional al mismo tiempo que se incrementaba la agresividad imperialista. Ahora Cuba ha adoptado el concepto inclusivo del Sistema de Ciencia e Innovación Tecnológica (SCIT).

En particular, el SCIT para la Salud, organizado en 37 entidades de ciencia e innovación, la nueva estructura que modernamente ha asumido el hoy ya poderoso sistema cubano de ciencia y tecnología.

En 2012 se creó BioCubaFarma, organización superior de dirección empresarial que integró los centros de investigación, desarrollo y producción de biotecnología, la industria farmacéutica y los equipos médicos de alta tecnología.

Continuador de la obra y del pensamiento de Fidel y para dar seguimiento de la manera más efectiva a la gesta del Comandante en Jefe, el presidente de Cuba Miguel Díaz-Canel defendió exitosamente su tesis Sistema de gestión de gobierno basado en ciencia e innovación para el desarrollo sostenible en Cuba a fin de optar al título de Doctor en Ciencias por la Universidad Central de las Villas.

Cuando todos los cubanos y cubanas y millones de hombres y mujeres en muchos lugares del planeta sean inmunizados con las vacunas cubanas, deben saber que ha sido posible porque aquel hacedor de revoluciones, el que superó la muerte porque “morir por la patria es vivir”, el que hizo que una pequeña isla del Caribe se transformara en un gigante exportador de vida y de salud, lo soñó y lo hizo.

(*) Agradezco el aporte invaluable de mi entrañable amigo Luis Rojas Núñez, sin cuya ayuda hubiera sido imposible realizar este trabajo.

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