Cincuenta años de la literatura policial cubana Cuándo, cómo y por qué conquistó al gran público. El policiaco de la Revolución, la novela negra a lo cubano, supo situar la acción y los personajes en un contexto social para conseguir una extraordinaria dimensión política y literaria

Luis Adrián Betancourt. Periodista, escritor e historiador (*) 23/04/2021

Durante mucho tiempo el tema detectivesco ha contado con numerosos simpatizantes en el mundo entero, también en Cuba. Pero antes de que en enero de 1959 el jefe guerrillero Fidel Castro llegara al poder y comenzara un proceso de profundos cambios en la sociedad, el acceso a la cultura en general y al género literario en particular había sido muy limitado. Apenas circulaban unas pocas traducciones del hard-boiled estadounidense y novelitas sobre supuestos casos del FBI y otras historias tontas que llenaban los estanquillos y las librerías en forma de bolsilibros. En los comics, un célebre detective de quijada cuadrada, Dick Tracy, se hacía costumbre. Y la radio, que tenía tradición de emitir radioseries y había hecho época con Héroes de la justicia, también tenía una factura foránea.

Algunos intelectuales consideraban inconfesable la lectura del género pero otros apostaban a que sus detractores estaban equivocados.

En 1926 once destacados intelectuales cubanos publicaron en la revista Social la novela policial colectiva Fantoches que contó con autores de la talla de Carlos Loveira, Guillermo Martínez Márquez, Alberto Lamar, Jorge Mañach, Federico de Ibarzábal, Alfonso Hernández Catá, Arturo Alfonso Roselló, Rubén Martínez Villena, Enrique Serpa, Máx Henriquez Ureña y Emilio Roig de Leuchsenring.

Entre 1948 y 1952 la popular revista Bohemia publicó los cuentos detectivescos de Lino Novás Calvo, con el estilo del hard-boiled estadounidense pero llevados al ambiente cubano.

A partir de 1959 el tema criminal estuvo frecuentado por títulos que no tenían pretensiones de adoptar el estilo de novela problema. Muchas tenían que ver con los desmanes de la dictadura de Fulgencio Batista.

En 1966 salió un volumen de relatos policíacos: Asesinato por anticipado de Arnaldo Correa.

En 1969 el ingeniero Ignacio Cárdenas Acuña ganó la mención de novela en el Concurso Cirilo Villaverde de la Union de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) con Enigma para un domingo, novela policiaca que fue publicada en 1971.

Con el estilo de un thriller de la novela dura estadounidense, tuvo sin embargo el mérito de haber colocado sobre el tapete la idea de que se podía seguir adelante con el género policial en Cuba.

EL CONCURSO DEL MININT

Ya estaban dadas las condiciones propicias para que se produjera el surgimiento y desarrollo de la literatura policial cubana:

- Se había elevado la escolaridad en todos sus niveles, desde la alfabetización hasta la expansión universitaria.

- La creación de una Imprenta Nacional que publicaba libros muy baratos llenó los estantes de las librerías y las bibliotecas con títulos seleccionados. El primero en divulgarse fue Don Quijote.

- Se estimulaba el hábito de la lectura.

- Novelas policiales extranjeras se publicaban por la editorial Arte y Literatura.

- Los talleres literarios cubrieron toda la geografía nacional.

- Se convocaron concursos que incluían en el premio la publicación de la obra.

- Se incrementaba un interés público por los asuntos relacionados con el Ministerio del Interior y su relevante protagonismo en la defensa del país, enfrentando infiltraciones, actos terroristas, planes de atentados, salidas ilegales, mercenarismo y bandidismo.

La idea de organizar un concurso policiaco surgió a partir de que Jorge Boullòn, responsable del trabajo cultural en el Ministerio del Interior (MININT), llegó al convencimiento de que a través de la literatura se podría divulgar el trabajo de los órganos de lucha contra el crimen. También consideraba a la narrativa policiaca como un arma ideológica. Una manera de hacer conciencia.

En esas circunstancias, en 1972, casi inmediatamente después de haber salido de la imprenta Enigma para un domingo, el Ministerio del Interior dio a conocer la primera convocatoria del Concurso Aniversario de la Revolución.

La noticia creó gran expectativa, recibió elogios y críticas.

A su favor se consideraba no solo la posibilidad de incentivar el hábito de lectura sino además darle al concurso una dimensión política y literaria con un contenido didáctico y una alerta acerca del proceder del enemigo.

En contra se manifestó el menosprecio por el género, considerado como subliteratura, y la suposición de que las historias sobre el trabajo interno de la policía podrían favorecer la impunidad de la delincuencia.

La convocatoria del concurso en 1972 solo admitió a miembros del Ministerio del Interior. Se dijo que con el fin de comprobar si el certamen funcionaba antes de lanzarlo al público en general. El premio fue para Armando Cristobal Pérez con la novela Explosión en Tallapiedra, basada en hechos reales.

Uno de los miembros del jurado, el poeta Félix Pita Rodríguez, significó un decisivo aval de reconocimiento para la literatura policial cubana. Félix defendió el género con vehemencia y se convirtió en consejero de los que nos iniciábamos en esa aventura.

Explosión en Tallapiedra no se publicó hasta 1980 porque los organizadores del concurso consideraron que revelaba métodos investigativos de la policía revolucionaria.

AQUÍ LAS ARENAS SON MÁS LIMPIAS

La convocatoria del concurso dejó de ser exclusiva en 1973 y se abrió a todos los escritores del género. Armando Cristóbal Pérez volvió a ser el ganador con la novela La ronda de los rubíes. Esta vez se trataba de una historia completamente ficticia. Una periodista del diario Trabajadores, Nancy Robinson Calvet, obtuvo el premio de cuento con su libro Colmillo de Jabalí. Ese año otro intelectual de renombre, José Antonio Portuondo, intervino como jurado junto a Félix Pita Rodríguez. Pita y Portuondo se convirtieron en los ángeles guardianes de la nueva literatura policial cubana.

En 1974 el premio de novela de la tercera convocatoria del concurso lo ganó Rodolfo Pérez Valero, que hacía teatro para niños y era asistente de dirección del Grupo Rita Montaner. Un profesional de la dramaturgia. Su novela premiada, No es tiempo de ceremonias, demoró poco en los estantes de las librerías.

En esta convocatoria de 1974 ganó mención en novela un conocido humorista, Juan Ángel Cardi. Otros escritores de renombre, Ángel Augier y José Martínez Matos, formaron parte del jurado. Alentado por Armando Cristóbal Pérez, Jorge Boullón, que era uno de los principales organizadores del concurso, y por otros amigos, decidí participar.

En 1975 escribí por primera vez para el concurso. Los hombres color del silencio, de Alberto Molina, ganó el premio y resultó ser un éxito editorial. Yo recibí una mención por mi novela El otoño no es casual, que nunca fue publicada por su contenido inoportuno. En las dos siguientes ediciones recibí menciones por Huracán y Expediente almirante que sí se publicaron. Y en los años venideros recibí premios en las tres categorías del concurso, con la coleccion de cuentos A la luz pública en 1978, la novela de 1979 y el testimonio en 1981, que contaba el caso de un cubano asesinado en Puerto Rico por dirigir una agencia de viajes turísticos a nuestro país.

La novela policial cubana de entonces era beneficiada no solamente por grandes ediciones que se agotaban pronto sino que también estaba siendo promovida por autores importantes que le añadían prestigio al concurso. En 1976 el premio de novela correspondió a El cuarto círculo, escrita a cuatro manos por dos poetas de renombre: Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera. Y en 1977 lo ganó un profesor universitario uruguayo radicado en Cuba, Daniel Chavarría, con la novela Joy.

Daniel ganaría otras dos veces en la categoría de novela, en 1982 y 1983, con Completo Camagüey y Primero muerto, ambas escritas a cuatro manos con Justo Vasco. La obra policíaca de Chavarría mereció otros importantes premios con Allá ellos, escrita en 1980 pero que no fue publicada en Cuba hasta 1992 al entenderse que la novela concedía una importancia excesiva a la indagación en la psicología de personajes negativos. Recibió el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policíaca en lengua española de 1991. Adios muchachos, de 1992, mereció el Premio Edgar Allan Poe, otorgado por la Mystery Writers of America a la mejor novela policíaca publicada en Estados Unidos en 2001.

En junio de 1979 la Unión de Escritores y Artistas de Cuba celebró el Primer Coloquio de Literatura Policíaca. Ahí estábamos todos los policíacos, apasionados por el tema y orgullosos de formar parte de un movimiento literario masivo que considerábamos importante y necesario y que contaba con el privilegio del éxito.

Descontando los encantos de la popularidad, nos dábamos cuenta de que asumíamos una gran responsabilidad al ejercer influencia sobre tanta gente y que iba más allá de la literatura y el arte.

Eso justifica el sentido profiláctico y educativo del policiaco cubano, algo que unos consideraron meritorio y oportuno y otros lo identificaron como la pérdida del verdadero sentido literario.

Hacíamos lo que creíamos correcto entonces, que era combatir las ilegalidades y defender el proceso revolucionario y no tuvimos a menos utilizar la literatura con esos fines y con las mejores intenciones, aunque a veces hayamos pensado primero en la justicia y luego en el arte.

A casi medio siglo de su creación, el certamen sobrevivía. Aunque había perdido su atractivo y masividad. Un doctor en Ciencias Pedagógicas, el teniente coronel Leonelo Abello Mesa, ha sido el autor con más novelas premiadas, cinco en total.

La Editorial Capitán San Luis fue creada en 1989 y entre sus preferencias estaba la de publicar las obras premiadas en el concurso del MININT. La difusión de esta literatura estaría auspiciada por dos colecciones de la Editorial Letras Cubanas: Radar y Dragón.

TAMBIÉN EN LA RADIO Y LA TELEVISIÓN

El tema policial también ha estado presente en la radio y la televisión. Seriales de televisión como Sector 40, Móvil 8, Día y noche y Tras la huella y los espacios radiales concedidos al género, especialmente en Radio Progreso, han mantenido una alta audiencia.

La primera serie policial cubana que inició la temática del espionaje fue Sector 40 (1969-1976), basada en expedientes reales. El guión estaba a cargo de Nilda Rodríguez y la versión radial era de Gerardo Fernández. Como directores se destacaron Fernando Loredo y el maestro del policiaco Jesús ‘Chucho’ Cabrera.

En silencio ha tenido que ser (1979-1981) era la historia de un espía cubano infiltrado en la CIA. Fue impresionante la alegría colectiva que estremeció a los hogares cubanos durante la escena de su regreso a la patria. La banda sonora de los hermanos Vitier se convirtió en un clásico.

En 1980 una mujer fue por primera vez el personaje principal de una trama de espionaje. La frontera del deber, en 1986, comenzaba con una investigación de asesinato y terminaba en un caso de espionaje. Sus guionistas fueron Daniel Chavarría y Guillermo Rodríguez Rivera. En 1989 mi novela Bien vale la pena se presentó en televisión en tres capítulos. Dirigió Jesús Cabrera. Tras la huella empezó en 2004. Ha alternado casos de espionaje y de delitos comunes. Empezó siendo un medio de enseñanza y terminó exponiéndose al público en general.

PARA EL GRAN PÚBLICO POR SU DIMENSIÓN POLÍTICA Y LITERARIA

De la narrativa policíaca cubana surgida en los 70 se ha dicho y escrito mucho. Hay quien no se explica cómo siendo tenida por subliteratura, considerada esquemática por excelencia, llena de lugares comunes y personajes manidos y promovida por intereses políticos y propósitos didácticos ha logrado, a pesar de todo, conquistar al gran público.

Debe ser porque la agradable ancianita que le brinda una taza de café y una pista al policía en el Comité de Defensa de la Revolución, el sospechoso que resulta inocente, el indicio descubierto casualmente, la pista que resulta ser falsa y otras peculiaridades de nuestra novela, son las imprescindibles referencias de la realidad del relato.

Cuando el Ministerio del Interior convocó su concurso policial, tal vez la idea de introducir un proyecto de novela problema ocupó algún espacio. La necesidad de que novelar un enfrentamiento entre el bien y el mal se sometiera a ciertas normas básicas. Algunas propuestas aparecieron en la revista Moncada y entre el material de promoción de la segunda edición del concurso.

Pero resultó que el policíaco de la Revolución, la novela negra a lo cubano, supo situar la acción y los personajes en un contexto social y así el género policial adquirió una dimensión política y literaria que fue apreciada por el gran público.
En 1985 se creó una subsección de literatura policíaca en la UNEAC y en 1986 se fundó, por iniciativa cubana, la Asociación Internacional de Escritores Policíacos, al frente de la cual se nombró al escritor soviético Yulián Semionov, autor de varias novelas y de la teleserie 17 instantes de una primavera que tuvo mucho éxito en Cuba. Semionov consideraba que su obra estaba enmarcada, más que en lo policial, en las aventuras políticas.

Dos revistas cumplieron un papel importante en el desarrollo de la literatura policial. Moncada era el órgano oficial del MININT y su contenido constituía una fuente importante de información e inspiración. Aunque se concibió para ser distribuída internamente, el resto de la población se esforzaba por conseguirla. Felo, un tipo duro en La Habana hizo época y fue un clásico de la literatura policial.

La revista Enigma (1986-1988) se anunció como el órgano de la subsección de literatura policíaca de la UNEAC. Se mantuvo trimestral hasta su noveno y último número de julio-diciembre de 1988. Se mencionaron muchos nombres vinculados al Consejo Editorial pero en realidad Alberto Molina y Rodolfo Pérez Valero lo hacían todo. Cúlpese al Período Especial, a la caída del campo socialista o al fatalismo geográfico, el resultado fue que Enigma se quedó sin papel y sin tinta y no volvió a salir.

¿VOLVER A EMPEZAR?

La presencia del escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II como invitado al Encuentro de Escritores Policíacos de La Habana en 1986 tuvo trascendencia entre los autores cubanos. Los tiempos cambian, los escenarios también, la gente actúa en consecuencia, todo se va renovando, incluído el arte y la literatura. Desde este punto de vista podría decirse que siempre hay una novela nueva. Algunos la llaman el neopolicial. Paco Ignacio Taibo II se refiría ya en 1990 a la novela neopolicial latinoamericana.

En 1990 Leonardo Padura, que había sido un persistente crítico de los policiacos cubanos, decidió escribir una novela, Pasado perfecto, la primera de su tetralogía de las cuatro estaciones, que le dio vida al personaje de Mario Conde. Y la envió al concurso Aniversario de la Revolución sabiendo que no sería premiada. Contaba la historia de un viceministro que cometía delitos. El jurado dejó desierto el premio. La novela se publicó primero en México y luego en Cuba, donde ganó el Premio de la Crítica.

Lo mismo que Leonardo Padura, Amir Valle y Lorenzo Lunar han sido considerados dentro de la neopolicíaca cubana.

En tiempos de pandemia todo resulta más difícil. Cada febrero se sigue realizando en La Habana la Feria del Libro, donde el género policial ha sido de los más solicitados pero de los menos publicados.

Está por ver si el coronavirus permitirá que se celebre este año y cual será la literatura policial que podamos encontrar.

Los tiempos del Covid y sus consecuencias podrían sugerirnos la existencia de una neopolicial pandémica, donde la cultura sobrevive en cautiverio. Valdría la pena intentarlo de nuevo.

(*) Periodista, escritor e historiador. Uno de los más leídos de la novela policial cubana. Autor de Aquí las arenas son más limpias (premiada en el concurso del MININT de 1979), Esa mujer no existe, Quinta y Catorce, Las honras del náufrago, Huracán, Expediente almirante y Maceta.

Publicado en el Nº 341 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2021

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