Ni dios ni amo

Defensa Algo se está haciendo mal. La verdad, aparte de serlo, tiene que ser comprensible. Y si para ello hay que utilizar el lenguaje propio de la barra de un bar, de momento, habrá que hacerlo

Benito Rabal 23/04/2021

“Sabéis cómo se le llama ahora a las manitas de cerdo?”, comenta el hombre sentado a mi lado en la terraza del bar. Ya ha mediado la cuarentena y hace un par de años, con el gobierno anterior, vio peligrar la pensión por enfermedad que le mantiene. “¿Cómo?”, pregunta la mujer que le acompaña, confiada en la risa que provocará el chiste. “¡Manos de presidente!”, concluye entre chanzas el pensionado.

Algo en mi interior me dice que no debo intervenir, que será mejor tomarme mi cerveza tranquilamente en vez de enzarzarme en la discusión estéril que ocurrirá si lo hago. Pero callarse en los tiempos que corren es difícil. “Te refieres al presidente Aznar, supongo”, digo. Y ya está liada.

“Hay que ver, tú siempre defendiendo al Pedro Sánchez. Claro, ¡cómo es de los tuyos!”, salta la mujer accionada por el invisible resorte de la desinformación. “No, no es de los míos”, la corrijo. “¡Pues no lo parece!”, insiste peleona. Es de esas personas que cuando surge en la conversación un tema de actualidad, siempre empieza su discurso con el consabido “yodepolíticanoentiendopero”, así que a ver cómo la explico que los míos no se inclinan ante el rey, la banca o la Iglesia. Intento aclararle que lo que defiendo es que, con todo lo que está pasando, menos mal que tenemos este gobierno y no el anterior, pero la mujer estalla en una sonora carcajada coreada por sus vecinos de mesa. “¿Lo dices de verdad? ¿Te parece serio tener a una cajera de ministra?”. No deja de tener gracia que la hija de la mujer también trabaje de cajera en un supermercado para ayudarse con los estudios. Será que, o el trabajo le parece deshonroso, o no le parece bien que su hija, gracias a sus propios méritos y no a su linaje, pueda llegar el día de mañana a ocupar un cargo de importancia. Aunque tal vez lo único que hace es repetir lo que cada día escucha en los libelos televisados sin parase a pensar en la ponzoña con la que le envenenan la mente.

“Y el Coletas, qué?”, interviene otro de los comensales. Me resulta curioso que a alguien cuyo único logro haya sido nacer de un real útero gracias a un real polvo, se le trate de majestad, mientras que, a quién habla unos cuantos idiomas y tiene varias carreras universitarias calificadas cum laude, se le identifique despectivamente por la forma de peinarse. Pero aún me sorprende más que quien habla, tras haber perdido su trabajo en la crisis anterior, sobreviva ahora gracias al Ingreso Mínimo Vital, impulsado, entre otros, por aquel a quien denosta alegremente. “¡Un sinvergüenza, como todos!”, exclama desde la barra el dueño del bar que ha conseguido salvar su negocio gracias al E.R.T.E. y las ayudas creadas por cese de actividad. Sentado en otra de las mesas, el jornalero que, tras la intervención de la inspección de trabajo en su empresa, ahora cobra un salario digno, asiente conforme. Y lo mismo hace el autónomo que por primera vez en su vida laboral se ha visto apoyado por las instituciones, aunque a lo mejor no tanto como él hubiera deseado.

Son conversaciones que uno escucha a diario. ¿Seré solo yo quién lo hace? ¿Cómo es posible que tan pronto haya caído en el olvido el trato que recibimos en la crisis de hace poco más de una década, los desahucios, suicidios, ruinas, despidos y desesperación que sufrimos mientras se entregaban nuestras vidas al beneficio de la banca y las grandes corporaciones?

Algo se está haciendo mal y no me vale culpar solamente a la nefasta labor de los medios de domesticación de masas, siempre al servicio de sus amos. Tal vez haya que salir a la calle, bajar a la tierra, escuchar no solo a quien esté convencido de lo que de bueno se pueda estar haciendo, sino al disconforme o al manipulado. Exponer la realidad de los hechos, aún con todas sus mermas y errores, de forma clara y contundente, con palabras que se alejen de las que construyen bellos discursos.

La verdad, aparte de serlo, tiene que ser comprensible. Y si para ello hay que utilizar el lenguaje propio de la barra de un bar, de momento, habrá que hacerlo.

Publicado en el Nº 343 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2021

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