Es el falso centro burgués el que muy a menudo se toca con el fascismoLos extremos no se tocan

Francisco José Segovia Ramos. Escritor y funcionario granadino 26/04/2021

No, por mucho que se empeñen en lanzarnos tal afirmación una y otra vez, los extremos no se tocan. El mensaje falsea la realidad y pretende ser una máxima o referencia de aquellos que se autodefinen como centristas. Los polos opuestos se atraen, vienen a decir también, como si la ideología o la forma de pensar fueran equiparables al magnetismo.

Una falacia que sirve para justificar o, como mucho, mantener a quien la esgrime al margen de luchas entre posturas incompatibles. Una huida hacia adelante, un acto de cobardía que se parece bastante a ese otro personaje (abundante por desgracia) que se define apolítico o centrado. Mentiras para excusarse y no tomar partido por una opción clara o, al menos, distanciarse de aquellas posturas que deberían ser intolerables en democracia, aunque tras muchas de esas manifestaciones se esconden simpatías inconfesables.

Que este tipo de comentarios lo hagan o prediquen ciudadanos corrientes no tiene mayor importancia, forma parte de la esencia del ser humano mantenerse en el centro de la corriente histórica para que las aguas revueltas no lo arrastren. Eso conlleva también que jamás avanzará porque nunca combatirá contras esas turbulentas aguas y será arrastrado por ellas.

Sin embargo, que sean los medios de comunicación de masas los que se erijan en entes “centrados” y “apolíticos” conlleva que justifiquen, por acción u omisión, determinadas expresiones, actitudes o programas políticos que atentan contra lo más esencial del ser humano: sus derechos básicos.

No, los extremos no se tocan. No son lo mismo los movimientos y partidos fascistas (dejémonos de llamarlos de “extrema derecha”) que los partidos progresistas. No es lo mismo atacar a menores, tener actitudes racistas, machistas, xenófobas u homófobas que defender la igualdad de derechos de todas las personas, sean quienes sean y procedan de donde procedan. Y son extremos opuestos, sin posibilidad de diálogo, porque no se puede, ni se debe, debatir contra quien lleva la tolerancia como bandera. Ante el fascismo, la izquierda progresista ha de plantarse, sin más palabras, porque argumentos se tienen de sobra para desmontar el odio programático de los neofascistas, que no son sino los fascistas de hace cien años con otras caretas.

La complicidad de la equidistancia

Quienes ponen en la misma balanza a fascistas y a partidos cuyos dirigentes están siendo amenazados de muerte y sus sedes electorales quemadas son iguales que esos que no condenan. Quienes miran para otro lado o ríen las gracias de los líderes fascistas a los que entrevistan, son tan culpables del odio que engendran como sus promotores. Quizá estén condicionados por las cúpulas económicas que pagan sus salarios o sus programas, con lo que a un pecado de mentira suman la vergüenza de la sumisión al poderoso.

Estar en el “centro” cuando se produce una confrontación en la que nos va la democracia es engañar y engañarse. No se puede estar equidistante entre los herederos intelectuales de quienes exterminaron a judíos, gitanos o comunistas en los campos de concentración y los que se les enfrentaron y vencieron, igual que no se puede estar equidistante entre el maltratador y la víctima, entre Himmler y Ana Frank, entre la banca que desahucia y las personas que no tienen vivienda, entre el empresario que explota y los trabajadores explotados. No, los extremos no se tocan. Es el falso centro burgués, mediáticamente controlado por los poderosos de ideología conservadora, el que se toca, muy a menudo, con la derecha, con el fascismo.

Ese mismo “centro” que hace poco menos de cien años apoyó a partidos fascistas como el alemán o el italiano, aportándoles capitales y recibiendo a sus dirigentes en sus fincas, mansiones o medios de comunicación. El enemigo eran entonces los partidos izquierdistas, socialistas y comunistas: eliminar al adversario político que ponía en peligro el status quo capitalista del momento.

No olvidemos que la democracia burguesa, cuando ha visto peligrar el sistema económico de explotación en el que se basa, ha recurrido al fascismo para perpetuarse. Así lo hizo en Alemania e Italia en el siglo pasado, o en España, Argentina, Chile, Paraguay y tantos otros países a lo largo y ancho del mundo.

No, los extremos no se tocan. Fascismo y democracia, fascismo e izquierda son incompatibles, no como polos opuestos sino como energías contrarias: el fascismo es la energía oscura, que si dejamos entrar en nuestro mundo terminará por destruirlo. Ya estuvo a punto de conseguirlo en los nefastos años treinta del siglo XX. No dejemos que vuelva a intentarlo siquiera.

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