De las derrotas

Francisco José Segovia Ramos. Escritor granadino y funcionario 08/05/2021

Los resultados de las elecciones en la Comunidad de Madrid deben calificarse, sin paliativos, de derrota de la izquierda. Hay que asumir que la derecha liderada por Ayuso, pese a que nos pese, ha obtenido una contundente victoria que, si no va a servir para descabezar al gobierno central, puede ser un aliciente y acicate para que el PP a nivel estatal levante cabeza y se erija en el partido dominante en cuestión de poco tiempo.

Cierto es que Más Madrid y Unidas Podemos han aumentado su representación parlamentaria pero el descalabro del PSOE, encabezado por un Gabilondo cuyo perfil político es, cuanto menos, de un nivel medio bajo y que bien podría representar a cualquier otro partido de centro derecha e incluso de derecha, ha lastrado el posible triunfo de la izquierda.

Por otro lado, la alta participación a la que siempre alude la izquierda para sumar el voto progresista que queda muchas veces al margen, escondido en la abstención o el voto nulo, no ha significado ningún cambio significativo en los resultados. Al contrario, parece que la alta participación ha beneficiado a los grupos de derecha o, por ser más concisos, al PP de Ayuso.

Un PP que se ha beneficiado de la debacle de Ciudadanos (cuyo final se nos antoja inminente una vez que su etapa de “marca blanca” de los populares ha dejado de cumplir su función mediática) y de un partido fascista que no ha obtenido un resultado demasiado bueno en la comunidad, lo que supone que podrán gobernar sin los apoyos de la extrema derecha que seguramente se limitará a abstenerse en la investidura porque nunca votará en contra ni se alineará con esos a los que llama “socialcomunistas”.

La derecha triunfadora se ha llenado la boca de anunciar que habían conseguido dos objetivos: la victoria electoral y la desaparición de la escena política de Pablo Iglesias que fiel a sus principios ha renunciado a sus cargos y comunicado que se marchaba, que su etapa había finalizado. Los mismos que criticaban su apego a los cargos ahora hacen lo propio con su renuncia. Hipocresía política a la que, desgraciadamente, ya nos hemos acostumbrado.

La izquierda, tras este varapalo, no puede ni debe esconderse en excusas que la vuelvan inoperante o poco creíble. Asumiendo el resultado electoral, dado que se han aceptado sin más crítica los criterios de participación de la democracia burguesa (con todas las cortapisas mediáticas y de poder que la limitan en beneficio de los poderosos), los partidos de izquierda no deberían criticar al electorado que ha votado derecha sino estudiar muy a fondo las fallas y los errores que se hayan podido cometer tanto en la campaña electoral como en las semanas o meses anteriores.

Decíamos, en un artículo anterior, La batalla por Madrid, que la apuesta de Pablo Iglesias era arriesgadísima y le ha salido, por desgracia, mal. Ha logrado más votos y escaños que en anteriores ocasiones pero ha sido incapaz de movilizar suficientes apoyos para desbancar a la derecha. Ahora toca recapacitar, lamerse las heridas recibidas y reestructurar el mensaje y la forma en la que se envía. Quizá entrando menos en batallas “campales” en las que se mueve mejor los adalides de la derecha y más en debates intelectuales y de programa, el famoso “programa, programa, programa” de Julio Anguita.

Las derrotas son siempre duras y no hay derrota que pueda considerarse una victoria si no hay a continuación un resurgimiento sobre las cenizas, cual ave Fénix, y una victoria contundente que le dé la vuelta a la tortilla. Hay que asumir la derrota, la de Madrid, recoger las desarboladas velas ideológicas y avituallarse de fe, convicción y decisión firme. Y volver, con las mismas ideas, renovadas donde haga falta, pero modulando el lenguaje con el afán de convencer a los que hace unos días dieron la espalda al cambio y prefirieron la continuidad de unas políticas que han supuesto recortes sociales, muertes en los geriátricos y corruptelas institucionalizadas.

Sí, ha sido una dura derrota la de Madrid. De las más duras, dadas las circunstancias actuales y las expectativas que se tenían de desalojar del poder a la derecha. Pero Madrid no es España, ni siquiera la mayor parte de España. Y lo que ayer fue una derrota en la capital de España debería servir como lección y aprendizaje para la victoria en el resto del Estado en las próximas convocatorias electorales.

Pero todo pasa, eso sí, como siempre, por la unidad de la izquierda.

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