Reinventando los hechos. Reescribiendo la historiaLa gran falsificación Se empeñaron en un bombardeo ideológico para equiparar nazismo y comunismo. Contaron para ello con el grueso de la industria cultural centrada en resaltar los aspectos negativos, reales o inventados, del comunismo y minimizar o silenciar los positivos

Manuel González González 09/05/2021

Durante los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos de EE UU y Reino Unido llevaron a efecto una campaña sistemática de adoctrinamiento que ha tenido como resultado que una amplia mayoría de los ciudadanos europeos consideren que Estados Unidos derrotó a la Alemania nazi de Hitler. Nada más lejos de los hechos.

(Este artículo que hoy reproducimos fue publicado en la edición impresa de Mundo Obrero Nº335 junio 2020 en el 75 aniversario de la derrota nazifascista)

El 8 de mayo de 1945 el Alto Mando alemán firmaba la rendición ante representantes de la Unión Soviética, Estados Unidos y Gran Bretaña, que ponía fin a la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Ese día, el primer ministro británico, Winston Churchill mandaba el siguiente telegrama a Stalin: “Las generaciones futuras reconocerán su deuda con el Ejército Rojo en una forma tan franca como lo hacemos nosotros que hemos vivido para presenciar estas pujantes hazañas”.

Setenta y cinco años más tarde, casi tres generaciones después, cabe preguntarse sobre el fundamento de las palabras de Churchill. La respuesta a esta pregunta debería ser muy sencilla: 26 millones de soviéticos perdieron la vida y 30 más resultaron heridos. En Europa fueron 250.000 los estadounidenses que perdieron la vida. La cifra de muertos de Gran Bretaña no superó los 500.000.

Una encuesta realizada en Francia en 2004 mostraba que el 58% pensaba que Estados Unidos era el país que más había contribuido a la derrota de Alemania. El 20% respondía que la Unión Soviética y el 16% le atribuía el mérito a Gran Bretaña. Esta información difundida por la web de Público explicaba que estos valores eran los contrarios de una encuesta similar realizada en 1945, nada más terminar la contienda. No hay razones para pensar que esa percepción histórica haya mejorado desde 2004 hasta hoy. Todo lo contrario.

Las palabras de Churchill no eran excepcionales. Las declaraciones de reconocimiento al Ejército Rojo, al pueblo soviético y a Stalin realizadas durante la guerra por altos dignatarios diplomáticos y militares de Estados Unidos, incluido el presidente Roosevelt, fueron la norma. Las revistas Time y Life dedicaron a Stalin sendos números laudatorios en 1943. El documental La batalla de Rusia, de Frank Capra, producido por el propio Departamento de Guerra de Estados Unidos; el libro y la película Misión en Moscú, del que fuera embajador en la URSS en los años previos a la guerra, Joseph E. Davies, o el libro La Gran Conspiración contra Rusia de los investigadores estadounidenses Michael Sayers y Albert E. Khan, son una buena muestra del estado de opinión de aquellos años, a la par que unos documentos muy recomendables para todo aquel que quiera tener una visión un poco más amplia de la dirigida por los Trump de turno.

LA GUERRA

La mañana del 22 de junio de 1941, Goebbels anunciaba por la radio la invasión de la Unión Soviética con el honorable objetivo de salvar Europa. Italia, Rumanía, Hungría y Finlandia se unieron formalmente a la invasión. La Francia de Pétain y la España de Franco la aplaudieron y ayudaron con el envío de divisiones militares.

La inmensa mayoría de los líderes del “mundo libre” pensaba que la URSS caería en unas semanas, unos meses a lo sumo. Así lo creían también Hitler y Goebbels, según se desprende de las anotaciones de este último en su diario. Churchill y Roosevelt compartían este vaticinio y temían una Alemania dueña de Europa y gran parte de Asia. Este miedo, unido a la política expansionista de Japón que ya dominaba China y Corea y que amenazaba el poder tanto de Inglaterra como de Estados Unidos en el Pacífico, llevó a Roosevelt a aprobar una ayuda militar y financiera a la URSS, utilizando el mismo subterfugio legal que había usado unos meses atrás para acudir en auxilio de Gran Bretaña. Esta decisión provocó el rechazo abierto de importantes sectores políticos, económicos y mediáticos de Estados Unidos, encabezados por el anterior presidente, Herbert Hoover, el industrial Henry Ford o el dueño del imperio mediático William Randolph Hearst, entre otros. Para muestra de cómo se las gastaban, veamos lo que declaraba, en la sesión del Senado el que cuatro años después iba a convertirse en el 33 presidente de Estados Unidos, Harry Truman: “Si vemos que Alemania está ganando, deberíamos ayudar a Rusia; y si Rusia está ganando, deberíamos ayudar a Alemania, y de esta forma dejarlos que se maten entre ellos todo lo que puedan”.

A la vista de los muertos, podría decirse que esto fue lo que ocurrió. Esta declaración, realizada con el ejército alemán dentro de la Unión Soviética dice más sobre la verdadera naturaleza y objetivos de la política exterior de Estados Unidos tras la II Guerra Mundial que toda la ingente propaganda con que se nos ha inundado sin reparar en gastos en los últimos 80 años.

En su declaración al Congreso el 15 de diciembre de 1941, una semana después del ataque japonés a Pearl Harbour, Roosevelt dice lo siguiente: “En 1936, el Gobierno de Japón se asoció abiertamente con Alemania para integrar el Pacto Anti-Comintern que, como sabemos, estaba en apariencia dirigido contra la Unión Soviética, pero cuyo verdadero propósito era formar una liga fascista contra el mundo libre, particularmente contra Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos”. Como primero iban a ir a por los comunistas…

El ataque japonés creó una situación de aliados de facto entre la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos. Estos últimos, apoyaron con material el esfuerzo bélico de la URSS, si bien ignoraron la petición insistente de Stalin de que abriesen un frente en Europa que obligase a Hitler a dividir sus fuerzas y de esta forma aliviar la presión militar que sufrían en Leningrado, Moscú y Stalingrado. Este frente no se abrió, pese a la promesa de Roosevelt, hasta 1944, cuando el Ejército Rojo estaba ya a las puertas de Polonia. Hasta ese momento, Gran Bretaña había priorizado el apoyo americano para reforzar su maltrecha posición en el norte de África y, de esta manera, mantener abierto el canal de Suez que le permitía el transporte y la defensa de sus colonias. Mientras la URSS despanzurraba la maquinaria bélica nazi al precio de desangrarse literalmente, sus aliados tenían como prioridad la defensa de sus posesiones coloniales. La guerra en Europa no le impidió a Churchill disponer en esos años de aviones con los que ametrallar y aplastar una revuelta independentista hindú. No es de extrañar que Gandhi llegase a comparar a Churchill con Hitler.

Tras las derrotas del ejército alemán en Stalingrado y Kursk en febrero y junio de 1943, el ejército rojo inició un rápido avance que le llevó hasta el río Óder tras liberar Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría, Polonia y Austria. Por su parte, el ejército aliado (británicos, estadounidenses y franceses) liberaron Francia, Italia, los países bajos y Alemania hasta el río Óder, en el que se encontrarían con el Ejército Rojo.

LA BOMBA Y EL CAMBIO DE ENEMIGO

A Churchill, el valor de sus palabras apenas le duró un mes. El 16 de junio, se cayó del caballo. Invitado por el recién estrenado presidente de Estados Unidos, Harry Truman, asistió en Nevada a la primera prueba secreta de una nueva arma, desconocida hasta entonces: la bomba atómica. Tal fue el impacto que le causó, que, según cuenta Andrei Gromyko en sus memorias, la calificó de “segunda venida de Cristo a la Tierra”. Aquello lo cambiaba todo. Las divisiones del Ejército Rojo podían dejar de ser respetadas. Y sus sacrificios, olvidados. Ni Truman ni Churchill informaron a su aliado Stalin hasta la cumbre de Potsdam (17 de julio al 2 de agosto), en la que empezaron a cuestionar los acuerdos que habían alcanzado en Yalta. El juego había vuelto a cambiar. Y por si Stalin no se había hecho una idea cabal de lo que se le estaba diciendo, Truman ordenó arrojar sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto, masacrando a sabiendas cientos de miles de japoneses, civiles en su inmensa mayoría. Un crimen de guerra horrendo, probablemente el segundo más terrible después de los campos de exterminio nazi, solo comparable a los bombardeos masivos con napalm que en los años 60 arrasarían Vietnam, Laos y Camboya, provocando el asesinato de millones de civiles.

En Estados Unidos, la muerte de Roosevelt el 12 de abril de 1945 había convertido en presidente a Harry Truman, quien, con la ayuda de los militaristas antisoviéticos había desplazado a Henry Wallace de la candidatura a vicepresidente. Y con Truman, regresaron al primer plano los actores que en los años anteriores a la guerra habían defendido la política de colaboración con Hitler y de hostigamiento hacia los comunistas.

En agosto de 1938, se formó en Estados Unidos un Comité Especial del Congreso para investigar actividades contrarias a las instituciones americanas, el comité que se haría tristemente famoso después de la Segunda Guerra Mundial por sus prácticas fascistas. Su presidente era el congresista Martin Dies.

En 1940, Dies dio a conocer los hallazgos del Comité en un libro titulado El caballo troyano en América: Informe a la nación. Decía, en síntesis, que “los agentes de Moscú” ya habían iniciado la “invasión soviética en los Estados Unidos”. En octubre de 1941, tras la decisión de Roosevelt de anunciar que la defensa de la URSS era vital para Estados Unidos, Dies le escribe para anunciarle que pretende “aprovechar todas las oportunidades que se me presenten para dar a conocer al pueblo americano las similitudes que existen entre Stalin y Hitler, las cuales son mucho más sorprendentes que sus diferencias”. Si lo pensamos bien, habría que hacerle un monumento a su visión de futuro. No solo se adelantó al macartismo, sino que previó de una forma increíble la propaganda anticomunista de los siguientes ochenta años. Y sin tener un solo dato en que fundarse.

Con la bomba atómica y la ilusión de poder enterrar definitivamente el comunismo (hubo planes de ataques nucleares contra varias ciudades de la URSS) el discurso de Dies se convierte en la piedra angular de la propaganda antisoviética. Había que justificar el cambio de enemigo ante una población que veía mayoritariamente a la URSS como un aliado y no como un enemigo. Junto con la teoría de las similitudes también se recuperó un viejo talismán de la derecha extrema de Estados Unidos: el totalitarismo. Esta etiqueta sirvió de pócima milagrosa para asimilar al nazismo y al comunismo, a Hitler y a Stalin. Una palabra talismán. Sirve para cualquier cosa que se pretenda desacreditar, excepto para designar a los que poseen todo: los verdaderos totalitarios del mundo. En 1941, acusaron de “totalitario” a Roosevelt cuando se oponían a la política de alianza con la URSS. No fue la primera vez. Ya le habían acusado de totalitario en 1933, con motivo de la puesta en marcha de la política del New Deal (intervención del Estado e incremento del gasto público) con la que Estados Unidos empezó a salir de la crisis del 29. Pero no le acusaron de totalitario cuando invadió Nicaragua o cuando defendió a Somoza, “nuestro hijo de puta”, según su expresión.

Pero para darle la vuelta a la realidad y que 80 años después la mayoría de los europeos piensen que los norteamericanos derrotaron a Hitler hizo falta mucho más. Además del apoyo de los grandes grupos de comunicación, contaron con los resortes del poder, el dinero de los presupuestos para financiar la nueva verdad y el aparato policial y judicial para acallar y amedrentar a los disidentes.

Pusieron en marcha un plan sistemático de adoctrinamiento secreto que ha estado funcionando como mínimo hasta los años setenta. En la construcción de “la Gran Mentira”, por usar las palabras del activista negro norteamericano Paul Robeson, movilizaron la práctica totalidad de la poderosísima industria cultural: cine, medios de comunicación, universidades, teatro, música culta y popular. Contaron con dinero a espuertas: “No éramos capaces de gastarlo”, decía uno de sus cabecillas. Desviaron cientos de millones del plan Marshall y utilizaron hasta 164 fundaciones para canalizar los fondos reservados, algunas creadas por la CIA y otras tan conocidas como la Fundación Rockefeller, la Carnegie o la Ford. Tiene su gracia macabra que la Fundación Ford estuviese propagando la afinidad entre Hitler y Stalin, cuando era conocida la mutua admiración que se profesaban Henry Ford y Adolf Hitler: El único cuadro que adornaba la oficina nazi del Führer en Viena era un retrato de Ford. Entre 1963 y 1966, casi la mitad de las donaciones que recibieron esas 164 fundaciones procedían de fondos de la CIA.

El libro La CIA y la guerra fría cultural, de Frances Stonor Saunders, editado por Akal y reeditado por Debate, lo documenta de forma sistemática: “Durante los momentos culminantes de la guerra fría, el Gobierno de Estados Unidos invirtió enormes recursos en un programa secreto de propaganda cultural en Europa occidental. Un rasgo fundamental era que no se supiese de su existencia. Fue llevado a cabo con gran secreto por la organización de espionaje de Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia”. Son seiscientas páginas repletas de documentación.

Promocionaron películas, actores y directores, pintores y exposiciones, conciertos de música, orquestas y cantantes. Organizaban las giras europeas de cantantes negros mientras en su país rechazaban acabar con las leyes de la supremacía blanca, alabadas por Hitler en su Mein Kampf. Publicaron y promocionaron las obras de escritores fundamentalmente antisoviéticos como George Orwell (delató a 35 intelectuales sospechosos de simpatizar con los comunistas) o Arthur Koestler. Financiaron a dirigentes de sindicatos y partidos de la que llamaron Izquierda No Comunista. Crearon revistas de debate intelectual como Der Monat y apoyaron otras como Encounter o la emblemática, por supuestamente izquierdista, Partisan Review. Apoyaron los trabajos de ideólogos afines, como Arthur Schlesinger, o las publicaciones pseudohistóricas de Robert Conquest o Hannah Arendt.

“PROGRAMA DOCTRINAL”

Este plan quedó fijado en el documento PSB D-33/2 ( https://cutt.ly/buPtqvy) que se ha mantenido secreto hasta 2005. El anexo “B” del plan ( https://cutt.ly/ZuPtf06), que trata de los trabajos de la CIA, no se desclasificó hasta 2012. Ambos documentos pueden consultarse en la página web de Mundo Obrero. No nos consta que los haya difundido ningún medio de comunicación en España. El documento ordenaba a los principales centros de poder del Gobierno que pusiesen sus recursos de forma prioritaria al servicio de este plan. “Este programa doctrinal de los EE UU”, puede leerse en su primer párrafo, “es un esfuerzo tardío -35 años tarde- de enfrentar las influencias soviéticas en el terreno doctrinal. Se ha asumido que el comunismo tiene su mayor llamada entre los no privilegiados y las masas hambrientas. Sin embargo, el comunismo se reproduce peor en una barriga vacía que en una mente vacía. (…)”.

Un programa secreto y sistemático para llenar las mentes. ¿Cuántas empresas editoriales, de divulgación y entretenimiento, intelectuales y medios de comunicación y cuantos de sus productos con los que se ha influido la mente de los ciudadanos han sido fruto de ese programa doctrinal?

El primer objetivo que fija el plan es el de “crear confusión, dudas y pérdida de confianza en los modelos de pensamiento aceptado de los comunistas convencidos, arribistas cautivos, incluyendo militares y otras personas bajo influencia comunista”. Y la primera tarea que establece es la de “desarrollar materiales que serán aceptables para el mercado mundial y que, enteros o con modificaciones menores, se pueden distribuir ampliamente con expectativas de que tengan impacto doctrinal”. Para ello, programan que “un cuadro continuo de expertos doctrinales” produzcan “estudios objetivos académicos que enfaticen las contradicciones, las inconsistencias y las vulnerabilidades del comunismo”. Estos expertos deberán “publicar refutaciones documentales devastadoras” con rapidez. También proponen la creación de un “centro de servicio doctrinal donde los académicos extranjeros puedan ser educados de tal manera que después puedan producir materiales doctrinales cuando regresen a sus países de origen”. Todo ello lo deben hacer en secreto.

Esta fue la base de un bombardeo ideológico empeñado en equiparar nazismo y comunismo como fórmula magistral para rellenar las mentes. A priori no era fácil. ¿Cómo igualar una ideología que predicaba la igualdad radical de los seres humanos con otra que defendía la supremacía de unas razas sobre otras? ¿Cómo equiparar a quienes defendían el reparto de la riqueza frente a quienes apelaban al derecho de los más fuertes a acapararla? ¿Como poner en el mismo plano a quienes habían planificado y creado los campos de exterminio a quienes los habían liberado? Desgraciadamente, hay que reconocer que lo consiguieron. Contaron para ello con el grueso de la industria cultural centrada en resaltar los aspectos negativos, reales o inventados, del comunismo y minimizar o silenciar los positivos. Una estrategia tan sencilla como eficaz. Goebbels podría estar orgulloso.
Se supone que el programa de adoctrinamiento del que trata este artículo ya ha terminado. Lo que no sabemos es si tendrán que pasar otros sesenta u ochenta años para saber si actualmente hay en marcha algún programa de adoctrinamiento similar, probablemente a través de las grandes empresas que controlan las redes sociales. El día del 75 aniversario de la derrota nazi, varios usuarios denunciaron que Facebook les había censurado la foto del soldado ondeando la bandera soviética en Berlín en 1945.

----

ALTA PRIORIDAD

Este es el contenido íntegro del Anexo “B” que detalla los quehaceres de la CIA, desclasificado en 2012:

(1) La Agencia dará prioridad alta y continuada a las actividades en el exterior que apoyen los objetivos del programa, por ejemplo:

(a) Mediante medios no atribuibles, alentar y ayudar a la publicación, promoción y / o distribución de ese tipo de materiales doctrinales que serían valiosos para este programa, pero que serían sustancialmente menos valiosos si fueran claramente atribuibles al Gobierno de los Estados Unidos.

(b) Infiltrar individuos en organizaciones extranjeras y organizaciones con potencial doctrinal (periódicos, universidades etc.) para influenciar sus acciones y producciones.

(c) Cuando sea apropiado, estimular a través de medios no atribuibles, conferencias y foros públicos en asuntos de naturaleza doctrinal.

(d) Interferir con la promoción y distribución de material doctrinal hostil.

e) Crear cuando sea aconsejable movimientos desviacionistas diseñados para romper organizaciones que promulguen ideologías hostiles, siempre y cuando no supongan una amenaza a los Estados Unidos.

(f) Explotar las divergencias, disidencias o desacuerdos políticos dentro de los sistemas opositores locales.

REINVENTANDO LOS HECHOS

El pasado 8 de mayo, 75 años después de la rendición nazi, Donald Trump declaró que Estados Unidos y Gran Bretaña habían derrotado a Hitler. Nada más lejos de la verdad y, sin embargo, una idea arraigada en la conciencia de millones de ciudadanos norteamericanos y europeos. En su interés por recrear la historia, Trump llegó a equiparar a la Unión Soviética y a la Alemania nazi en la responsabilidad de la Segunda Guerra Mundial.
Si el señor Trump hubiese acudido a las fuentes históricas se habría encontrado con que su país no declaró la guerra a Hitler hasta el 11 de diciembre de 1941, horas después de que Hitler se la hubiese declarado a Estados Unidos. En ese instante, la Unión Soviética llevaba ya más víctimas que las que tuvieron Estados Unidos y Gran Bretaña juntos en toda la Guerra. Si el señor Trump hubiese acudido a las fuentes históricas, se habría encontrado con que la declaración de Roosevelt al pueblo americano del 9 de diciembre de 1941, dos días después del ataque a Pearl Harbour, desmiente de forma categórica la actual propaganda:

• “El camino que ha seguido Japón en Asia durante los últimos diez años es paralelo al que han seguido Hitler y Mussolini en Europa y África. Actualmente se ha vuelto más que paralelo: su colaboración está tan perfectamente calculada que los estrategas del Eje consideran a los continentes y los océanos de la Tierra como un gigantesco campo de batalla:

• En 1931, Japón invadió Manchuria, sin advertencia.
• En 1935, Italia invadió Etiopía, sin advertencia.
• En 1938, Hitler ocupó Austria, sin advertencia.
• En 1939, Hitler invadió Checoslovaquia, sin advertencia.
• A finales de 1939, Hitler invadió Polonia, sin advertencia.
• En 1940, Hitler invadió Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, sin advertencia.
• En 1940, Italia atacó a Francia y más tarde a Grecia, sin advertencia.
• En 1941, Hitler invadió Rusia, sin advertencia.
• Y ahora, Japón ha atacado Malaya y Hawai y a los Estados Unidos, sin advertencia.
• Todo está calculado por el mismo patrón.”

Como puede observarse, las palabras de Roosevelt no tienen nada que ver con el relato de la historia que pretende establecer Trump. No es el primero en trabajar en intentar reescribir la Segunda Guerra Mundial. A Trump hay que agradecerle que su imagen sea un vivo reflejo de sus intereses e intenciones.

Publicado en el Nº 335 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2020

En esta sección

Keyonokierosoluciones!La crueldad del machismoPresentación del libro 'El Guti. L'optimisme de la voluntat', de Txema CastiellaUn mundo corrompidoInauguración de la exposición ARTE DE IDA Y VUELTA: DE CÓRDOBA A LA HABANA

Del autor/a

La gran falsificaciónEl neoliberalismo, al desnudoPAUL ROBESON, artista y revolucionarioEn el principio fueron las preguntasWe charge genocide (acusamos de genocidio)