Nos encontramos en la antesala del verano que cada vez más suele adelantarse. En efecto, en años anteriores desde finales de mayo, y particularmente en junio, la temperatura ha llegado a alcanzar hasta 7ºC más de los habituales en estas fechas.

Los efectos molestos del calor y su dificultad para conciliarlo con el trabajo, el estudio o el sueño, entre otros aspectos de la vida diaria, son bien conocidos. Pero más allá de las molestias, estos nuevos cambios deben preocuparnos tanto por sus potenciales efectos sobre la salud como por la posibilidad de que aparezcan con más frecuencia como consecuencia del cambio climático.

Una de las consecuencias que más directamente puede afectar al ciudadano es precisamente la referente a las olas de calor. Con la crisis climática pueden ser más intensas y prolongadas y presentarse fuera de estación. Es bien sabido que las olas de calor disparan la mortalidad, encontrándose en los modelos matemáticos que las estudian una relación muy estrecha entre ellas sobre todo en los primeros días. No todas las personas son afectadas por igual, pues existen grupos de población más vulnerable, como los niños, los mayores y las personas con enfermedades crónicas o laboralmente expuestas por desarrollar su trabajo en el exterior. Las olas de calor pueden también aumentar la acción de los contaminantes atmosféricos (a mayor temperatura mayor reactividad química), añadiéndoles un sesgo más peligroso, como se ha observado en los estudios realizados en diferentes puntos de la geografía española.

En estos casos, la información y la educación son muy importantes. Una estrategia puede ser la siguiente:

• En primer lugar, aviso, mediante los medios de comunicación y los paneles informativos, de la proximidad de las olas de calor y las subidas bruscas de la temperatura.

• Información de los niveles de contaminantes urbanos, especialmente del ozono, cuando éstos alcancen niveles preocupantes, lo que suele ser frecuente a lo largo del final de la primavera y el verano. La actual normativa establece niveles de protección y riesgo que deben aplicarse. La información debe ser clara y explícita y en lo posible anticipada, según se vaya disponiendo de pronósticos.

• Tras la información, las recomendaciones preventivas: permanecer en lugares frescos entre las 12 y las 17 horas, evitar el ejercicio físico, beber abundante agua, tomar comidas ligeras y descansar adecuadamente. Con una información adecuada no sólo se puede ayudar a hacer más llevadera una situación meteorológica adversa sino también salvar vidas.

Instemos a nuestras autoridades locales a que cumplan este cometido (tanto en la información como en la toma de medidas más enérgicas en relación a la pacificación del tráfico), sobre todo si se considera que estos episodios de calor y contaminación serán cada vez más frecuentes. Y a los ciudadanos a que sepan velar por el derecho a la salud que tan directamente les concierne, no sólo siguiendo las recomendaciones que en su momento se indiquen sino también reflexionando cobre las causas de estos cambios que se van produciendo en nuestro entorno para que nuestro estilo de vida (consumo más prudente, menor uso del automóvil) no contribuya a incrementarlos.

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