Perú: elegir entre el pueblo y sus verdugos

Jacobin América Latina . Katherine Sarmiento (*) 11/05/2021

Las elecciones en Perú están dejando en evidencia lo que es nuestra élite limeña que ha sacado a relucir sus más hondos temores.

El programa de Pedro Castillo dista bastante de ser comunista. Sin embargo, su sola existencia como opción en las urnas parece generarle una embolia a las élites. La limeña es una élite acostumbrada a que los candidatos desfilen por sus instalaciones en búsqueda de aportes a cambio de facilidades y contactos en el nuevo gobierno. Acostumbrada a que sea el candidato quien se acomode a sus maneras, a sus formas y sus reglas. Acostumbrada a tener la sartén por el mango, independientemente de la decisión final del pueblo en las urnas. A nuestra elite le asusta que el pueblo tenga cada vez menos miedo de metérsele a la sala, a su espacio de confort.

Históricamente, nuestra élite ha sido tremendamente conservadora. Mientras las corrientes liberales avanzaban por toda América Latina, nuestra élite se resistió a dejar de ser colonia hasta que no le quedó otra que acomodarse. Aún así, muchas dinámicas sociales, culturales, económicas y políticas se siguieron manejando desde el molde colonial.

En momentos críticos las contiendas en su interior se pueden poner a un costado para defender lo que realmente importa. Mario Vargas Llosa es capaz de tragarse el sapo de apoyar a su histórico rival, el fujimorismo, para no tocar lo que en el fondo siempre defendió: una estructura donde hay dominantes y dominados. Donde el crecimiento, la democracia y el progresismo liberal están bien mientras sean para los que tienen la sartén por el mango.

Ahora no le importa apoyar a la candidata del partido enemigo de la democracia, que encabezó una abierta dictadura, que cerró el Congreso, que pudrió a punta de corrupción las débiles instituciones, que desapareció opositores, que controló medios de comunicación y que hoy, lejos de distanciarse, se muestra como continuidad de lo mismo.

La fachada liberal se derrumba y queda lo que realmente importa: defender el orden como sea. Incluso cuando ese orden ya es insoportable para las grandes mayorías y estas lo expresan dentro de las propias reglas de la democracia liberal.

Hace tiempo que la ciudadanía desconfía de los medios de comunicación. Y no es para menos: la cobertura que le suelen dar a ciertas noticias, las lavadas de cara a los políticos que les son afines (y el ametrallamiento contra los que no lo son), los silencios en momentos clave… Todo eso pasa factura. Ya lo sabíamos, no es nuevo.

La novedad es constatar que siempre pueden caer más bajo. Desde hace semanas, la jugada de los principales medios de comunicación viene siendo evidente. En la primera vuelta contra Verónika Mendoza. Se le criticaba cada milímetro del plan de gobierno, cada segundo de sus declaraciones, cada gesto en cámara.

Uno de los indicios más ilustrativos ha ocurrido en el grupo de El Comercio. El despido de Clara Elvira Ospina de la dirección de Canal N y América Noticias. Con este despido y los cambios en la cobertura periodística, los temas que se abordan, el modo de encuadrarlos y las opiniones que se muestran, viene quedando clara cuál es la línea del medio con Keiko Fujimori. Pero, sobre todo, dan la pauta de lo que están dispuestos a hacer los dueños de los canales por proteger sus intereses.

No es que antes tuviésemos una prensa realmente libre. Lo que llama la atención es lo burdo de la situación. Este tipo de decisiones dan cuenta de que, en momentos críticos, a la élite no le importa hacer a un lado lo poquito que tengamos de pluralidad en pos de salir a defender abiertamente sus intereses cuando ve que pueden estar en peligro. Pocas veces más claro que ahora.

Tener a un profesor de una escuela rural a punto de llegar a la presidencia, golpeando a la candidata de los ricos con las demandas de los de abajo, es esperanzador. Hay una élite que se creía intocable y que hoy ve con temor la posibilidad de que levanten la cabeza aquellos a los que considera como siervos. Nos toca elegir, como dijo Castillo, entre el pueblo y su verdugo.

(*) Socióloga y militante del movimiento socialista Emancipación.

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