Votar a los que nos excitan al incumplimiento es un signo de impotencia ante la incapacidad frustrante de cambiar el mundoOda a la vida confinada

Gregorio Benito Batres. Analista sindical 12/05/2021

Y mientras miserablemente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

Fray Luis de León


El retiro en soledad, para el ser humano, mejor voluntario que obligado, tiene sus beneficios siempre que sea bien afrontado. A primera vista no es fácil de entender en la sociedad urbana actual. Las grandes ciudades actuales se caracterizan precisamente por el bullicio intenso y permanente. La ciudad no duerme. No hay apenas descanso para sus ciudadanos. Más, si están sometidos por sus actividades profesionales a cumplir con objetivos, espacios y tiempos.

La vida se nos pasa a una velocidad excesiva y, mal acostumbrados, sentimos terror hacia la soledad. Acabamos protegiéndonos de la soledad con un activismo, muchas veces vacío, en una huída ciega.

El aumento en la frecuencia de enfermedades psicosomáticas, en el consumo de psicofármacos, de visitas a psicólogos y psiquiatras y de conflictos relacionales que desencadenan violencias diversas, son una muestra de desequilibrios de las conductas. Sin embargo, y por el contrario, a la vez se incrementa el número de personas que viven y mueren solas en las grandes ciudades y el número anual de suicidios en España supera en muertes violentas desde hace años a los fallecidos por accidentes de tráfico.

La escuela clásica de medicina nos propondría un reequilibrio de los humores. Y sí, parece que nos encontremos en una sociedad desequilibrada, con individuos sometidos a conflictos. Desempleo vs. trabajo excesivo, amor intenso vs. desamor, riqueza exagerada vs. pobreza exagerada, esperanza vs. desesperación, alegría excesiva vs. tristeza aguda. Todas falsamente superadas en las síntesis: soledad en compañía.

La fiesta tiene una esencia y un origen pagano y mitológico, de celebración frente a algún mal para expulsarlo del cuerpo en comunión expresiva con los demás. Huimos aterrorizados y nos unimos a los demás para perder nuestros miedos. Las sociedades primitivas así lo entendieron. El baile, el alcohol, los psicotrópicos, el sexo eran el complemento onírico que, junto con el bullicio de un acompañamiento de masas, nos protegía de los malos espíritus, de las enfermedades, de la soledad, del vacío. Es pues, una forma de reconciliación con la comunidad e integración en la misma. Los comportamientos en manada, estudiados por la psicología de grupos, pueden darnos algunas claves de lo que está sucediendo los fines de semana en nuestro país bajo el estado de alarma

Porque también huimos de un miedo de nosotros mismos, porque nos desconocemos en profundidad y pensamos que solos somos incapaces de hacer frente a los males y retos que nos rodean. El negacionismo actual tiene mucho de miedo y debilidad ante los peligros, de huida en estampida de masas más que de afrontamiento.

Es el miedo a la muerte, al vacío del fluir entre dos nadas del ser humano, lo que nos acongoja. Parémonos en el tiempo y sin caer en meditaciones trascendentales mercantilizadas de culturas para nosotros ajenas, reflexionemos en la soledad, voluntaria o forzada, como lo han hecho Mandela, Múgica, Camacho y otros como Teresa de Ávila, Fray Luis o Juan de la Cruz, que encontraron su equilibrio personal frente a entornos mucho más hostiles de los que a nosotros nos acechan. Y lo encontraron en la fuerza que les dio pararse a entender su mundo, reflexionar y después afrontarlo con valentía. Aparquemos por un momento la fiesta, el móvil, la televisión y pensemos un rato largo sobre nosotros y nuestro futuro.

Salir a la calle en barahunda explosiva, negando la realidad del riesgo de las condiciones actuales es un acto de cobardía, de huída. Es un acto antisocial, pero reconfortante, de una evidencia no asumida. Al igual que votar a los que nos excitan al incumplimiento es un signo de impotencia ante la incapacidad frustrante de cambiar el mundo. De cambiar nuestras condiciones de trabajo, nuestras formas de vida, nuestras relaciones. Ese error acaba explotándonos en la cara.

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