Para unos la transición ecológica puede ser el camino correcto para los problemas medioambientales, para otros el enésimo desmontaje de nuestro sector industrial Verde sí, pero ¿transición o transacción?

Martín Otero. Militante del núcleo comunista de Pontevedra 12/05/2021

En estos tiempos de pandemia, ha vuelto a saltar a la palestra el asunto de por qué Galicia en particular y España en general carecen de un tejido industrial importante.

En un país que presume de ser la cuarta potencia económica de la zona euro, el peso de la industria no alcanza ni el 15% de nuestro PIB. Cifra a la que se llegó una vez se consumó la explosión de nuestra burbuja inmobiliaria, dejándonos fuera del top ten de la zona euro.

Y digo que ha vuelto a la palestra porque esta misma pregunta se la hacían los ciudadanos confinados en sus hogares y viendo la incapacidad de suministro de bienes tan sencillos como mascarillas o respiradores artificiales, artículos tan simples como imprescindibles en una pandemia.

Asistimos incrédulos a operaciones de mercadeo, a cancelaciones de pedidos en el último momento porque había algún país que pagaba más, a desapariciones insólitas de cargamentos y a alguna que otra estafa que nos recordaba a los memes de Aliexpress tan comunes en nuestros días. Podríamos remontarnos a los años 80 y recordar a Felipe González, entonces adalid de la izquierda española, que siguió metódicamente las directrices de la entonces conocida como CEE, la cual le impuso que, si queríamos sus marcos y francos, teníamos que reemplazar las palancas de nuestra industria pesada por tiradores de cerveza y así poder hacer parques, autopistas y vías férreas para trenes de alta velocidad.

Así se iniciaron una serie de ventas irrisorias que acabaron con nuestras empresas públicas, incluida la industria, con promesas de mayor competitividad, mejora de servicios y reducción de costes que conllevarían mayor ahorro y eficiencia.

El proceso fue finiquitado por Aznar y esa flamante derecha española que dejó al país en Maastricht pero con un Estado diminuto sin más vía de ingresos que la impositiva, con unos oligopolios que sonrojan y con unos cuantos cientos de políticos en consejos de administración.

Si nos centramos en Galicia, zona deficitaria en cuanto a tejido industrial, nos encontramos con una realidad más aterradora. Industria pesquera arrollada y pasando de ser la primera flota del mundo a ser el líder del desguace naval. De un sector de construcción naval referente a montarse en el carrusel de crisis económicas, competencias desleales e incertidumbre, golpes de los que el sector jamás se recuperaría. De aquellos polvos estos lodos, como reza el dicho, esta fue la agonía de la industria hasta nuestros días.

Aun así, en Galicia aguantaron estoicamente sectores como el energético, el metal o la automoción, siendo referentes en cuanto a movimiento obrero, cuadros sindicales y acción social y de protesta, liderada por la conciencia de clase, fuese o no de militancia en el partido.

Y en este tira y afloja llegó la crisis financiera de 2008 que aceleró un proceso que en realidad nunca se había detenido. La deslocalización, diseñada para un mundo globalizado donde expoliar y masacrar a un tercer mundo y precarizar y desmontar a la clase obrera del primer mundo era un todo para el capital.

La clase obrera en la transición ecológica

En una situación ya bastante enrevesada y compleja surgió además una confrontación interna en el seno de la clase obrera de la cual el capital ha sabido sacar partido: la transición ecológica.

Pero, ¿qué es la transición ecológica? Para algunos, muy sensatamente puede ser el camino correcto en aras de resolver los problemas medioambientales que acechan a nuestro planeta. Para otros es el enésimo desmontaje y despiece de nuestro sector industrial, llevándose por delante condiciones laborales dignas y la organización fabril de la clase obrera, todo ello regado con millones de dinero público.

Ejemplos hay en nuestra comarca. Como el de ENCE, fundada como empresa pública y después privatizada en un proceso iniciado en 1998. A pesar de los ingentes ingresos que la pastera proporcionaba al Estado, y aunque no se cerraba el ciclo de producción (el papel y no solo la pasta), la privatización culminó en 2001. Asociaciones de vecinos, de defensa de la ría, organizaciones verdes y el BNG como sujeto político se han opuesto siempre a la localización de la pastera, clamando contra los desmanes en lo relativo a vertidos que la ría soportaba, las consecuencias para la salud de la población cercana, el nauseabundo olor y un largo etcétera. Primero clamando para la retirada sin condiciones de la pastera y después exigiendo un emplazamiento más adecuado.

Enfrente siempre ha estado la plantilla de la fábrica, replicando que los desmanes ecológicos eran cosa del pasado y que los puestos de trabajo, además de no ser precarios, debían ser preservados a falta de una alternativa viable que no fuese algún proyecto turístico para unos terrenos que debían ser fuente de riqueza industrial.

Y ahí nos las tenemos, con nuestra clase enfrentada en dos bandos, los pijoprogres alejándose de las preocupaciones de la clase obrera y abrazando ideologías burguesas y la izquierda tricornio arrojándose en brazos de la derecha y sintiéndose abandonados por la izquierda.

Mientras tanto, la ultraderecha avanza, extendiendo sus negros tentáculos y entrando en los centros de trabajo y prometiendo al obrero la felicidad bajo el manto del nacional-catolicismo.

Aunque sea complejo, debemos afrontar desde la organización este debate, sopesando los riesgos pero afrontando con sinceridad y honestidad que la industria, las fábricas y el obrerismo son imprescindibles, pues será ahí y solo ahí donde la organización podrá crecer, formar cuadros combativos y construir masa social para poder dar respuesta a las problemáticas que nos arroja el sistema capitalista.

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