Desde muy joven, decidió no aceptar el papel que la sociedad le había asignado por ser mujer y luchó por ejercer su libertad y sus derechosEmilia Pardo Bazán, una feminista ilustrada del siglo XIX Le cerraron las puertas de la Academia de la Lengua Española y la tacharon de inmoral por ser mujer y defender la libertad de las mujeres

Ana Moreno Soriano 12/05/2021

El centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán, el 8 de mayo de 2021, es una buena ocasión para acercarnos desde una mirada feminista a la escritora que, a lo largo de su vida, defendió los derechos de las mujeres en un momento histórico en el que la contradicción de género tenía sus propias características. Siempre es bueno recordar, como dice Ana de Miguel, que en todas las épocas ha habido mujeres que se han preguntado por qué estaban discriminadas y han luchado por superar esa discriminación y que consideramos referencias de lo que sería más tarde el movimiento feminista organizado. Podemos citar, a modo de ejemplo, a Teresa de Jesús en el siglo XVI, a María de Zayas Sotomayor en el siglo XVII, a María Rosa Gálvez en el siglo XVIII o a Rosalía de Castro en el siglo XIX.

Emilia Pardo Bazán nace en el año 1851, en el reinado de Isabel II y, aunque joven, es una mujer casada, preparada intelectualmente y abierta a otras culturas cuando triunfa la Revolución del 68, una causa de la que en principio no se siente partícipe y que representa el triunfo de la burguesía progresista frente a la burguesía conservadora y da paso al Sexenio Revolucionario (1968-1974).

Según José Luis Abellán, la Revolución del 68 supone, desde el punto de vista de la ideología, el triunfo del krausismo cuya aportación, en el campo de la educación, llega a todos los ámbitos e impregna en gran medida el mundo intelectual de la época. Los cambios políticos reflejados en la Constitución de 1869 -sufragio universal, libertad de cultos, descentralización administrativa, derecho de asociación, etc.- van por delante de los cambios en la estructura económica y social, dadas las características de la burguesía en España, pero aun así, la nueva clase se va consolidando en lo económico y social -industrialización y concentración urbana- y en el terreno ideológico y se empieza a organizar el movimiento obrero ligado a la Primera Internacional.

La literatura española del siglo XIX expresa las contradicciones históricas del momento: los residuos del Antiguo Régimen frente a la burguesía ascendente y, dentro de ésta, burguesía liberal frente a burguesía conservadora; el proletariado, que va tomando conciencia de clase frente a la burguesía; la razón y la fe; el campo y la ciudad; y, por supuesto, la contradicción por razón de género. Después de la Revolución Francesa, y tras el intento de algunas mujeres de proclamar una Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana -que condujo a Olimpia de Gouges al patíbulo-, éstas seguían discriminadas y apartadas de la vida pública, situación debía ser explicada desde la racionalidad del Siglo de las Luces sin escatimar argumentos científicos o filosóficos.

LA ILUSTRACIÓN DEJÓ A LA MUJER COMO “MADRE NUTRICIA”

En el siglo XVIII, la Ilustración defendía la idea de que todos los hombres, término que incluía hombres y mujeres, son iguales, pero al mismo tiempo, en esta época se promovió el papel de las mujeres como esposas y madres. En el campo de la ciencia, Linneo optó -en la décima edición de su Sistema naturae de 1758-, por el término “mamíferos” para denominar el grupo de animales que comparten un número determinado de características, al tiempo que introduce el término “homo sapiens” para nombrar a la especie humana y diferenciarla de los animales inferiores.

Según la interesante interpretación feminista de la historiadora de la ciencia Londa Schiebinger, se reconstruye, de esa forma, la historia del pecho femenino como icono de la cultura occidental, representación tanto de lo sublime como de lo animal en la naturaleza humana. Linneo escoge el término “mamíferos” para justificar la clasificación de los seres humanos como una especie más del reino animal; elige una característica femenina y ligada a la reproducción, para señalar lo que une a la especie humana con otras especies animales. Por otra parte, el amamantamiento de las mujeres, además de profundas raíces en la tradición occidental, tenía también un significado especial en el siglo XVIII: por un lado, proporcionaba la salud física y moral de la madre y del hijo en un momento en que la mortalidad infantil amenazaba el crecimiento de la población y, por otro lado, restituía las leyes de la naturaleza y colocaban a la mujer como “madre nutricia”. De este modo, la Revolución Francesa dejaba sobre las mujeres la responsabilidad de regenerar la sociedad, pero confinándolas a su papel de madres y, de paso, las apartaban de sus derechos de ciudadanas.

Desde la filosofía, también hay argumentos para justificar la discriminación de las mujeres: Rousseau aporta la teoría de la complementariedad sexual, según la cual hombres y mujeres no son física ni moralmente iguales, sino complementariamente opuestos y, por lo tanto, no es posible que disfruten los mismos derechos: no cuestiona que las mujeres y los hombres tienen derechos, pero dentro del ámbito que les corresponde. En su tratado sobre la educación, conocido como Emilio (1762), la preparación del niño es para la vida pública mientras que la mujer debe prepararse para acompañar al marido, organizar el ámbito doméstico y educar a los hijos.

El objetivo que se persigue desde la filosofía es el mismo que desde la ciencia: mantener a la mujer alejada de la esfera pública, lejos del ámbito de decisión, lejos del poder, en definitiva, y preservar a la familia dentro del Estado. Esta idea se extendió por toda Europa impregnando las leyes e impidiendo la igualdad de las mujeres, que quedaban así excluidas de la capacidad de obrar y decidir.

EL IMPULSO DEL SEXENIO REVOLUCIONARIO Y LA INFLUENCIA
DEL KRAUSISMO EN LA EDUCACIÓN


A diferencia de países como Estados Unidos con la Convención de Seneca Falls en 1848 o el movimiento sufragista en Inglaterra, en el siglo XIX no había en España un movimiento feminista organizado, pero sí había precedentes, entre otros, en las mujeres que hemos citado; en obras de autores de la Ilustración como Benito Feijoo -tan admirado por Emilia Pardo Bazán y autor, en 1796, de Defensa de la mujer-; o en autoras contemporáneas como Concepción Arenal, que publicó en el año 1869 La mujer del porvenir.

Como decíamos, el krausismo inspira cambios en la ideología de la época que tienen su realización práctica en la educación. Para los krausistas, la educación de las mujeres es una necesidad a la que tratan de responder con cursos para que completen su formación y unas conferencias dominicales que inaugura solemnemente Fernando de Castro en el Paraninfo de la Universidad Central, el 21 de febrero de 1869.

Para el krausismo, la Humanidad está formada por hombres y mujeres en pie de igualdad y la educación es un derecho para todas las personas sin distinción de sexo. Pero también, como había hecho Rousseau, distingue entre las funciones que deben desempeñar los hombres y las mujeres para el destino común de la familia. La mujer tiene encomendada la función de ser madre -no solo del hogar doméstico sino de toda la sociedad-, digna compañera de su esposo en el plano intelectual, moral, social, político y sexual y educadora de sus hijos.

UNA FEMINISTA ILUSTRADA QUE SE REBELÓ ANTE EL PAPEL ASIGNADO A LAS MUJERES

Ésta es la época en la que vive Emilia Pardo Bazán. Nació en La Coruña, en el año 1851, hija única de una familia acomodada y liberal al menos en lo referente a la educación que podían recibir las mujeres. De este modo, y a diferencia de otras jóvenes de la época, nuestra autora se encontró desde niña con una biblioteca y con la posibilidad de estudiar literatura, filosofía e idiomas, y de acercarse a autores italianos, alemanes, rusos y franceses, que influirían en su obra posterior. Se casó muy joven, a los dieciséis años, y ocho años después nació su primer hijo al que siguieron dos hijas. Muy unida a sus padres, su marido y ella viajaron con ellos por Europa después de casarse. Ella continuó sus estudios, al tiempo que empezaba a publicar sus primeras obras: memorias de viajes, artículos en periódicos y revistas y su primera novela, Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina, editada en 1879.

Desde muy joven, había decidido no aceptar el papel que la sociedad le había asignado por ser mujer: era madre y esposa y había recibido una buena educación, pero sabía que podía acometer otras empresas y luchó por superar los obstáculos que se le presentaban y por ejercer su libertad y sus derechos.

Tras la Revolución de 1868 y el Sexenio Revolucionario que es el momento de la burguesía progresista, la Restauración supone el triunfo de la burguesía conservadora, pero persisten planteamientos de los años anteriores, sobre todo en la educación, con las ideas de racionalidad, tolerancia y libertad que tienen su expresión no solo en la educación, sino en todos los aspectos políticos y sociales.

La Literatura, especialmente la novela, trata de reflejar, en ambientes y personajes, los planteamientos ideológicos de la época. España no puede sustraerse a la influencia del naturalismo que tiene su magisterio indiscutible en Émile Zola, pero la novela española es más realista que naturalista y la misma Pardo Bazán lo explica en una de sus obras más representativas, La cuestión palpitante: “El realismo en el arte nos ofrece una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo. Comprende y abarca lo natural y lo espiritual, el cuerpo y el alma, y concilia y reduce a unidad la oposición del naturalismo y del idealismo racional. En el realismo cabe todo, menos las exageraciones y desvaríos de dos escuelas extremas, y por precisa consecuencia, exclusivistas”. Está claro que Emilia Pardo Bazán marca una distancia con respecto a Zola pero, aun así, sus novelas revelan los conflictos de su época y, de manera singular, la contradicción de género por el protagonismo que da a los personajes femeninos y por los asuntos que trata.

Veamos dos ejemplos: La tribuna es una novela publicada en 1883, pero se desarrolla en el Sexenio Revolucionario, en una ciudad ficticia, y la protagonista es una joven de la clase obrera, que trabaja en una fábrica y es conocida por sus intervenciones en defensa de los trabajadores y de los derechos de las mujeres. A través de Amparo, conocemos las contradicciones de clase entre la burguesía y el proletariado -su forma de vivir, de trabajar, de hablar, los asuntos tan distintos que les ocupan…- y las reivindicaciones de las mujeres: trabajo y salario para ser independientes, libertad para elegir, participación en la vida política y social…

La otra novela es Insolación, publicada en 1889, en plena madurez personal e intelectual de nuestra autora. La menor de sus hijas había nacido en 1891 y, tres años más tarde, se había separado de su esposo y había iniciado una relación sentimental con Benito Pérez Galdós. Había publicado varias novelas y artículos en periódicos y revistas; formaba parte de la vida intelectual del país y era muy conocida por su participación en el Congreso Pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, donde criticó la educación que recibían las mujeres y reclamó el derecho a acceder a todos los niveles educativos y a ejercer cualquier profesión. Mantuvo correspondencia y relación de amistad y literaria con los intelectuales de su generación; impartió conferencias en el Ateneo de Madrid; visitó en 1888 la Exposición Universal de Barcelona… Pero cuando publica Insolación, la novela fue recibida como un escándalo, en parte porque podía tener un fondo autobiográfico -la dedicatoria a José Lázaro Galdiano, en prueba de amistad, puede ser una disculpa o una confirmación- pero, sobre todo, por el tema que trata: la libertad de las mujeres para sentir y expresar deseo sexual, la hipocresía de la época, los injustos convencionalismos, la eterna minoría de edad de las mujeres no emancipadas, la vergüenza que arrastran por un desliz frente a la vanidad de los hombres que presumen de sus conquistas.

Tal y como expresa un personaje de la novela: “Una mujer de instintos nobles se juzga manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida a consecuencia de un minuto de extravío, y, de no poder casarse con aquel a quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los siglos de los siglos, amén… […] A nosotros nos enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras, y hasta queda humillado si las rehúye… De modo que, lo mismo que a nosotros nos pone muy huecos, a ustedes las envilece”. Está clara la doble moral y frente a esto, la autora afirma su derecho a ser y a sentir.

Tanto La Tribuna como Insolación han sido consideradas, por una parte de la crítica literaria, como novelas naturalistas, en las que prima el determinismo del medio -el sol aparece como un factor decisivo en la segunda-, pero la misma autora expresa, en la primera, sus diferencias con otras obras del naturalismo francés. En cuanto a Insolación, buena parte de la crítica la considera una novela de amor, de amor en igualdad, como quiere la autora: los dos protagonistas -a pesar de las dudas de ella- participan en el juego de la seducción y no está claro quién de los dos propone el matrimonio, pero, antes de casarse, se muestran al mundo juntos, libres y felices. Lo que ocurriera después, no lo sabemos, aunque la escritora no era muy partidaria del matrimonio.

Emilia Pardo Bazán, en su lucha por los derechos de las mujeres frente a la misoginia y la discriminación de sus contemporáneos, defendió un sillón en la Academia de la Lengua para Gertrudis Gómez de Avellaneda y la entrada en la Academia de Ciencias Políticas y Morales de Concepción Arenal y de la Duquesa de Alba en la Academia de la Historia. Ella misma quiso entrar en la Academia de la Lengua, pero no lo consiguió, a pesar de su reconocimiento intelectual: llegó a presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid, en 1906; obtuvo una cátedra de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central, en 1916; participó, como sabemos, en las ponencias y debates del Congreso Pedagógico de 1882 y, también, en el Congreso Pedagógico Hispano-Luso-Americano, de 1892.

Entre 1891 y 1894, Emilia Pardo Bazán edita la revista Nuevo Teatro Crítico que, ya en el nombre, recuerda el Teatro Crítico de su admirado Benito Feijoo. La publicación recoge artículos de opinión -desde crítica literaria a cuestiones sociales-, reseñas de libros y debates sobre distintos asuntos, y, en muchas ocasiones, encontramos la voz feminista de la autora. Señalemos solo dos grandes temas que le preocupan especialmente: el destino de la mujer y la educación que recibe, considerando que la segunda es la premisa imprescindible para conseguir lo primero. Piensa que no es la biología, sino la distinta educación la que causa diferencias y separa a hombres y mujeres, cuya consecuencia es que a las mujeres se les niega un destino propio: los hombres están destinados a la vida y las mujeres, a los hombres. Considera, con injustificado optimismo, que la cuestión femenina se resolverá en un futuro por el propio peso de la razón, dado que los hombres y las mujeres son iguales en cuanto a la atracción sexual y al instinto de reproducción; también defiende que las mujeres han demostrado que, si las dejan, pueden ejercer los mismos trabajos que los hombres y que la base de la inferioridad femenina no es más que una tradición absurda.

Cuando se cumple un siglo de su muerte y ha pasado más de siglo y medio de movimiento feminista organizado, sabemos que la educación sigue siendo imprescindible para acceder a la igualdad de género, pero el patriarcado es un entramado de intereses que, con distintas piruetas ideológicas y en alianza con el poder económico y político, pretende que las mujeres sigamos ocupando el espacio subalterno que ya denunció Emilia Pardo Bazán, una feminista ilustrada del siglo XIX, en cuyos textos encontramos expresiones del feminismo de la igualdad.

Pasaría un tiempo hasta que las feministas marxistas uniéramos, en la teoría y en la praxis, la contradicción de género y la contradicción de clase, para superar el modelo capitalista y patriarcal, para ejercer todos los derechos sin explotación y sin dominio. Estamos en esa lucha, con avances sin duda y siempre alerta para que no haya retrocesos. Y en la larga historia de lucha por la igualdad, recordamos que a Emilia Pardo Bazán, una mujer de la burguesía del siglo XIX y con un título nobiliario, con una exquisita educación y un gran reconocimiento intelectual, le cerraron las puertas de la Academia de la Lengua Española y la tacharon de inmoral por ser mujer y defender la libertad de las mujeres.

Publicado en el Nº 344 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2021

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