En defensa de las tabernas, las ferias y las verbenas de la limonada, el chato y la sencilla tapaBares, ¡qué lugares!

Gregorio Benito Batres. Analista sindical 14/05/2021

En la vida en común [1] el pueblo llano siempre ha creado sus propios espacios y tiempos públicos, lógicamente. El ocio, la conversación, el jolgorio, la fiesta, el desahogo tenían su momento y su lugar. Acompañado de bebida y comida, de convivialismos, de cante de garganta con arena, de crítica a los poderosos, de conspiración clandestina, de tertulia política, ha sido corriente en democracias y en dictaduras. Como en España han ocupado mucho más tiempo estas últimas, las tascas, tabernas, colmaos, mesones y cafés tienen una más larga tradición que en otros países para la actividad social y política y una connotación más singular. Hemos de tener en cuenta que el derecho de reunión en nuestro país ha regido un tiempo escaso y las reuniones, especialmente las políticas y obreras, han sido perseguidas con dureza [2].

Por otra parte el café siempre ha tenido otro nivel. Las tertulias de escritores, políticos en activo, hombres de ciencia, intelectuales y “pegados” transcurrían más en los cafés[3]. El café de Pombo, el Suizo de Cajal, el de Levante. Pongamos que hablo de Madrid. Las tascas y tabernas se instalaban más en los barrios populares. El pueblo bajo era el alma de la cultura del bar. Los cafés cantantes, más nocturnos, mezclaban clientela y a ellos se acercaba la gente de copete, al flamenco y la picardía sicalíptica.

Los nuevos taberneros han ido ocupando espacios de las capas medias y sustituyendo a los cafés antiguos, como un lugar más de paso y de la tapa chic de moda. Me parece bien la innovación pero no la confusión y desde luego no la colonización. Antiguas tabernas de los barrios populares han sido “tomadas” por nuevos clientes y van desalojando a los antiguos.

También irrumpen los muy jóvenes, pero en otros espacios y momentos y con otros consumos. Las terrazas opulentas de los barrios ricos, crecidas al calor de la prohibición de fumar, se han convertido en grandes negocios. Han ampliado de forma impresionante sus espacios y servicios a costa de las vías públicas que deben servir para otras actividades de los ciudadanos que son sus verdaderos propietarios. Suponen cuantiosos beneficios para sus propietarios y para los ayuntamientos. Negocios y espacios que se han revalorizado de forma espectacular. Pero sus propietarios promueven la algarabía del río revuelto.

Los pijos sin historia

No hablo de oídas. Nací y viví largos años en el barrio popular más antiguo de Madrid. Lleno de tascas que frecuenté y de taberneros que conocí. De vecinos y amigos con los que chateé (Chato: vaso de cristal pequeño de vino). En Madrid tinto de La Mancha, de Cadalso, de Navalcarnero. De cafés oscuros de mesas de mármol y pies de hierro fundido, en los que conspiramos contra el franquismo. Mesones en dónde cantamos el Asturias patria querida con sidra en botellas anónimas, escanciadas en un cuarto de culo de barril.

En Revuelta de Puerta Cerrada, Antonio Sánchez de Mesón de Paredes, en Casa Montes de Lavapiés, Casa Pepe, en el 29 de la misma calle, en Humanes del Cuartelillo, en la plazoleta, en el Boquerón de la calle de Valencia frente al edificio de las FET y de las JONS. Con mostradores dignos de exponerse en el MOMA, cual retablos de otros oficiantes de vinos y panes. En las bodegas en las que se vendía y se servía vino de barril a granel.

En los cafés cantantes de La Latina, Mercado de La Cebada y alrededores, con banquetas de tres patas, mesas rezumantes en noches de farra y vino peleón derramado. Divirtiéndose en tablaos con flamencos y gitanas de aquella España negra de azabache.

No me encontré nunca con los padres de estos advenedizos, de estos pijos, tipejos sin historia, que pretenden ahora robarnos la nuestra. Estarían en la terraza del Círculo de Bellas Artes, leyendo las páginas de la Bolsa o en el Casino de la calle de Alcalá con las prostitutas que metían escondidas por la calle de la Aduana. En la coctelería Chicote de Gran Vía, vendiendo penicilina de estraperlo. O sencillamente, mirando. O peor, estarían a la puerta de los casinos provincianos, como tránsfugas de clase, soñando con El Dorado.

NOTAS:

1. E.P. THOMPSON. Costumbres en Común. Crítica.

2. MANUEL BALLBÉ MALLOL. Orden público y militarismo en la España constitucional (1812-1983).Thompson Reuters ARANZADI.

3. ANTONIO BONET CORREA. Los Cafés históricos. Cátedra. 2014.

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