Las fronteras del hambre

Francisco José Segovia Ramos 23/05/2021

No ha sido ni es una invasión. Por mucho que la extrema derecha y algunos medios de comunicación afines hablen de “invasión” cuando se refieren a la entrada ilegal de miles de personas en Ceuta (y en menor medida en Melilla), lo que se ha producido en esta ciudad no es otra Marcha Verde ni se pretendía tomar la ciudad de la misma manera que se ocupó el Sahara Español.

No ha sido, ni es, ni será una invasión, pero sí es el fiel reflejo de que el hambre no entiende de fronteras ni hay muros, ya sean en Estados Unidos, Turquía o España, terrestres o marinos, que frenen a los que la sufren. A los que sufren el hambre y las guerras y las dictaduras de sus países de origen…

El sur de Europa se está viendo sometido a esta presión migratoria que no se va a detener fácilmente. Se ha demostrado que no bastan ingentes cantidades de dinero para “ayudar” a los países de origen, entre otras cosas porque, como sucede en el caso de Marruecos, la mayor parte de esos ingresos europeos se dedican a la compra de armamento o a llenar las arcas particulares de Mohamed VI, uno de los hombres más ricos de África. Y esto mientras el pueblo marroquí está sumido en una pobreza extrema, agravada por la pandemia y la ausencia de turismo.

El gobierno español ha actuado tarde, mal y de manera bastante laxa. La ministra de Exteriores, que ha demostrado con creces su incapacidad diplomática a la hora de manifestarse contundente (salvo que se trate de algún país señalado por Estados Unidos como enemigo), se limita a quejarse en voz baja, casi como si rezase el rosario. Algo parecido a lo que hizo cuando el gobierno marroquí decidió ampliar su zona económica exclusiva de forma unilateral hacia las aguas de las Islas Canarias. Por otro lado, el presidente hace un viaje relámpago a las ciudades de Ceuta y Melilla y se limita a hablar de las “buenas relaciones” que existen con Marruecos, obviando la mayor: que su monarca es un déspota sin escrúpulos que utiliza a su propio pueblo como arma política. Al otro lado, la oposición del PP hace flaco favor a las políticas exteriores del gobierno, con dirigentes que se reúnen con partidos políticos marroquíes que tienen en sus programas la incorporación de Ceuta y Melilla a la soberanía de Marruecos.

Pero, insistamos, esto es lo que hay que tener claro: el pueblo marroquí no es nuestro enemigo. El adversario a batir es la corruptela estatal de la monarquía alauita, encabezada por un monarca que utiliza los fines europeos para seguir enriqueciéndose. Sin embargo, Europa, y España también, abogan por mantener las ayudas económicas e, incluso, aumentarlas. Y recordemos que Francia (y Estados Unidos en la lejanía) apoyan al gobierno de Marruecos por motivos geoestratégicos por lo que nada harán o no permitirán que la UE tome medidas contra Mohamed VI para que cambie sus políticas y dedique el dinero recibido a los objetivos que debería: promover políticas internas para mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos y combatir las mafias que trabajan con la migración para que a un medio o largo plazo esta lacra social disminuya e incluso desaparezca.

Y volvemos al principio. No es una invasión en absoluto. Y así lo han entendido, no los fascistas de turno o los medios de comunicación manipuladores y anclados en pasados añejos, sino el voluntariado de la Cruz Roja, las fuerzas de seguridad y el ejército, a los que hemos visto no solo en sus funciones de detener o controlar el flujo incontrolado de migrantes sino en labores de socorro, ayuda y consuelo. Esas imágenes que hemos visto deberían conmover las conciencias y hacernos ver que los que cruzan las fronteras no son bereberes armados hasta los dientes con ganas de violentar nuestra “apacible” sociedad sino jóvenes desesperados porque en su país o países de origen no tienen ninguna posibilidad de mejorar.

Todo este dolor y esta solidaridad no nos ha de hacer olvidar que, de nuevo, el gobierno español ha procedido a realizar innumerables “devoluciones en caliente”, práctica que, aunque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, muy torticeramente, ha declarado correcta, es muy criticada y considerada ilegal por muchas ONGs porque vulnera derechos fundamentales.

La normalidad, empero, ha vuelto a la frontera. Una normalidad tensa, cargada de dudas sobre el futuro de las relaciones entre Marruecos y España, dado que el origen de esta avalancha humana hay que buscarlo en el conflicto del Sahara Occidental y la acogida en España de uno de sus líderes por razones humanitarias, algo que Mohamed VI y su gobierno no aceptan de buen grado y no se esconden en manifestarlo.

La UE deberá reconsiderar la manera en la que se gestionan unas cantidades económicas que no están dando los frutos esperados: la migración no solo no se frena ni disminuye sino que aumenta de una manera exponencial, mientras los responsables del lamentable estado de sus ciudadanos se enriquecen cada vez más y vulneran los derechos humanos sin que una voz clara y contundente europea diga algo al respecto.

Demasiados intereses enfrentados entre países que defienden diferentes objetivos geoestratégicos. Pero, insistamos, el enemigo no es el pueblo marroquí ni los hombres, mujeres y niños que huyen de la miseria sino sus gobiernos corruptos, amparados por un sistema económico que considera la subvención sin control como solución a todos los males.

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