Los moros que trajo Franco y un carabinero Del libro Relatos franquistas/Vivencias personales de Paquita López Arroyo

Paquita López Arroyo 05/06/2021

“Los moros que trajo Franco En Madrid quieren entrar Mientras quede un miliciano Los moros no pasarán”

Así decía una canción muy popular en el bando republicano durante la Guerra Civil y, años después, la actriz Celia Gámez, bien afecta al régimen franquista, cantaba en una de sus revistas: “Ya hemos pasao, ya hemos pasao”.

Ésa y otras tonadas, aprendidas de pequeños durante la República, las cantábamos después, ya en el franquismo, y me decía mi madre “hija, eso no se canta”.

— ¿Por qué?

— Porque lo ha prohibido Franco.

Y así empezamos, sin entenderlo, a aprender que a Franco había que temerle.
Fui testigo, con menos de seis años, de la entrada en Madrid de los moros a caballo desde Moncloa, donde había estado uno de los frentes, por la calle Fernández de los Ríos. Corría hacia casa con mi madre y mi hermano Vicente, mientras los madrileños iban cerrando todos los portales. Pudimos alcanzar nuestra vivienda y cerrar el portal a tiempo. Ya habían corrido rumores de las tropelías que las tropas africanas cometían impunemente.

Por toda la zona quedaban huellas de las batallas. El Hospital Clínico era un amasijo de hierros retorcidos y paredes medio derruidas, con marcas de las bombas y las balas, al igual que muchos otros edificios del barrio. Paseando un día con mi abuelo, me señaló lo que él identificó como restos de cartucheras. En la esquina de Vallehermoso y Fernández de los Ríos, aún quedaba una trinchera, construida con adoquines, en la que jugábamos.

Aún guardo memoria —recuerdos borrosos de infancia, pero muy grabados— que en plena guerra, meses atrás, era frecuente que sonaran las sirenas en mitad de la noche, mientras se oía el ruido de motores de aviones, alemanes según decían, y los reflectores de la defensa antiaérea iluminaban el cielo. No había en nuestra zona refugios contra los bombardeos, porque la boca de metro más cercana estaba a unos kilómetros, en Quevedo. Un obús cayó en la puerta de nuestra casa de Fernández de los Ríos y quedó clavado en el suelo sin explotar, justo en el espacio donde mi abuelo acostumbraba a sentarse ante el portal.

El abuelo Eduardo se sentaba en su silla, al lado de un árbol, según la costumbre del barrio de salir por la noche al fresco. Él tenía muchas historias que contar, recogidas en gran parte de las obras de teatro, a las que era muy aficionado de joven. Y mis amigas y amigos acudían conmigo, a su alrededor, para escucharle y pedirle “señor Eduardo, cuéntenos otra”. Hasta que la abuela María salía a decirnos “venga, ya está bien”, y nos teníamos que recoger. La abuela María lo vigilaba de cerca para que no fumara, pues se lo tenía prohibido. Pero él, cuando podía, le pedía un cigarrillo a escondidas a algún vecino advirtiéndole “pero no se lo digas a la María”.

El abuelo ya estaba jubilado. Trabajó en la funeraria, de cochero de carruajes. Pero su dolencia de estómago lo forzó a retirarse. Fue entonces cuan- do don Carlos Barreda, dueño de la finca de Fernández de los Ríos 38, le ofreció quedarse de conserje y administrador del inmueble, con derecho a vivienda, y allí nos mudamos desde nuestra casa de Blasco de Garay.

Aún vivía con nosotros el tío Eduardo, al que habían puesto el mismo nombre que el abuelo, y que, según me contaban, me adoraba, pero cayó en el frente cuando venía de maniobras entre Toledo y Madrid: un obús de los sublevados le voló la cabeza. Era el único hermano que le quedaba a mi padre, de los once que habían sido. La abuela María supo de su muerte por un frío mensaje que trajeron de su regimiento, informándole que el cuerpo de su hijo estaba en el depósito del Cementerio del Este, de Madrid. En la corona de flores que le ofrendaron sus compañeros, rodeada por una cinta con los colores de la bandera nacional republicana, que aún conservo, decían “La 2ª Compañía Octubre nº 11 a nuestro camarada Eduardo López”. (En su memoria, su sobrino, su sobrino nieto y su sobrino bisnieto se llamarán Eduardo). Para mi abuela el golpe fue brutal. Destrozada, se encaminó con toda la familia al cementerio. Una pequeña lápida vertical identificaba la tumba, con el texto “Al hijo querido y hermano amantísimo que todo lo dio en defensa de la patria, Eduardo López de la Asunción, 16 octubre 1936”, adornado por una estrella de cinco puntas. Ya bajo el dominio franquista, hubo que raspar aquella estrella, pues por orden de Franco “cualquier signo que se identifique con el gobierno republicano debe desaparecer”, según nos comunicaron. La abuela comenzó a ahorrar para poner una lápida completa, en la que, en lugar de la estrella, aparecería la cruz. Durante mucho tiempo la abuela me llevó cada semana, junto con la señora Concha y su hija Conchita, a visitar la tumba de sus hijos. La abuela se conocía todo el cementerio y me hacía ir de una a otra tumba de amigos o conocidos que habían muerto en el frente republicano. A veces me preguntaba “¿hija, qué pone aquí?” porque era analfabeta.

Lo de colocar la cruz en la lápida de su hijo Eduardo “por orden de Franco” no le molestó, porque era creyente. Ella me enseñó a rezar y, cuando dormíamos juntas, mi padre nos oía desde la puerta y en tono jocoso nos decía “ya están las carcucias”, porque él no era creyente, pero no se oponía a nada. De hecho, mi último colegio, ya de adolescente, era católico, aunque no de monjas.

En esta sección

La crueldad del machismoPresentación del libro 'El Guti. L'optimisme de la voluntat', de Txema CastiellaUn mundo corrompidoInauguración de la exposición ARTE DE IDA Y VUELTA: DE CÓRDOBA A LA HABANAExposición: dibujos por Palestina en 'Café Bombardino'

Del autor/a

Los moros que trajo Franco y un carabinero