Imperialismo cultural

Francisco José Segovia Ramos. Escritor granadino y funcionario 06/06/2021

No es nada nuevo decir que una de las formas más efectivas y a la vez menos delatadoras de la conquista e imposición de nuevas ideas o formas de pensar es el imperialismo cultural, la sumisión de las culturas de los pueblos que se quiere dominar a la cultura del país conquistador, que se convierte en dominante y termina por opacar, cuando no eliminar, la cultura, las tradiciones y la historia del pueblo o los pueblos sometidos.

Basta bucear en la historia de la humanidad para demostrar que no es solo la invasión de un territorio, la mera conquista militar. De hecho, de poco le valieron a Alejandro sus adquisiciones territoriales en Oriente porque no dejó apenas más que un poso que se diluyó con el tiempo y con invasiones posteriores, como fue la del Islam, que no solo dominó territorios sino que impuso unas costumbres y formas de pensar nuevas que aún perduran después de más de mil años.

Ejemplos de una dominación territorial y cultural efectiva y que ha perdurado en el tiempo es el Imperio Romano. Roma, en sus mayores años de expansión, que comenzaron no con las victorias en las guerras púnicas sino con la derrota de los galos a manos del César, impuso desde el primer momento su concepto de Estado, sus leyes, sus carreteras y, sobre todo, su idioma, el latín, que primero convivió con las lenguas locales y luego las aplastó e hizo desaparecer cuando dejaron de ser esenciales para la comunicación y el desarrollo social. Igual podemos hablar de la conquista y colonización española de América, aunque en menor medida dado que todavía persisten, aunque a duras penas, culturas y lenguas indígenas. Hay un movimiento, no obstante, por parte de muchos gobiernos iberoamericanos para fomentar esas lenguas discriminadas hasta hace muy poco.

Ese imperialismo cultural, no tan evidente como el militar o el económico, es hoy en día el que procede del mundo anglosajón en general y de Estados Unidos en particular y que se manifiesta en múltiples ámbitos de la vida económica, política, cultural e, inclusive, en el día a día del ciudadano corriente.

Que la Comunidad Europea, de la que no forma parte el Reino Unido, siga utilizando el inglés como idioma oficial que hablan casi todos sus representantes en las instituciones, ruedas de prensa o, incluso, en mensajes dirigidos a otros países, choca con la cruda realidad de que en esa misma Unión Europea es el francés, y en menor medida el alemán, el idioma que se habla como materno en más países y por más personas (Francia, Bélgica, Luxemburgo, Andorra, Suiza), aparte de que su uso serviría como una seña de identificación propia y diferencial a la del Reino Unido o Estados Unidos.

No es, sin embargo, este aspecto el más grave, dado que se podría justificar por utilizar una lengua que se habla a nivel mundial y puede facilitar las comunicaciones (tema que habría que debatir porque no es tan obvio como pueda parecer), sino lo que hemos dado en llamar Imperialismo cultural, que se nutre más de la ignorancia, del papanatismo o del complejo de inferioridad que de simples argumentaciones economicistas.

Un ejemplo claro es el uso abusivo de anglicismos, innecesarios la inmensa mayoría de las veces, tanto en los medios de comunicación escritos como en los televisivos, con programas cuyos títulos, para desprecio del idioma de Cervantes, aparecen en una lengua foránea, amén de la cantidad nada despreciable de tertulianos, presentadores o invitados de diferentes ámbitos que los utilizan sin mesura y repitiéndolos hasta la saciedad. Si a ello añadimos las continuas referencias a hechos o acontecimientos, por nimios que nos puedan parecer, que acontecen en países anglosajones comparados con las escasas del resto de culturas del mundo, nos encontramos un paraje desolador culturalmente hablando.

El cine, la música y las noticias absurdas o las modas nacidas allende de los mares que se imponen con naturalidad en el resto del mundo, abocan a un mundo globalizado, de un carácter capitalista, egoísta e insolidario, reflejo, no nos andemos con rodeos, de lo que es la propia sociedad de la que llegan esas ideas, costumbres y modelos. Un mundo, en definitiva, que se formará a imagen y reflejo del imperio dominante y de sus élites.

Por eso, tampoco nos extrañemos de ello, hay tanta inquina y manipulación por parte de esos mismos países colonizados económica y culturalmente contra otras naciones que se resisten a convertirse en meros receptores y transmisores de ideas y conceptos que les son ajenos. Tienen el derecho y el deber históricos de no dejarse invadir y de defender su cultura, su historia, su concepto del mundo y su propia identidad nacional, y más si son conocedores de que tras la invasión cultural vendrá el dominio político y económico. No se trata de nacionalismo versus internacionalismo sino de nacionalismo cultural versus imperialismo cultural.

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