El legado de Julio Me impresionaba su afán por explicarnos cuáles eran nuestros derechos y deberes; la raíz de nuestras miserias y de nuestras cadenas

Rosa Blanco Casares 10/06/2021

Recordando a Julio, un año después de su último viaje, siento que la pena brinca hacia la ilusión haciendo el camino, que tantas veces nos dibujó hacia la necesaria transformación social, para vivir mejor todas y todos, aunque de forma austera. Quiero rehuir de los adjetivos y los grandes titulares para hablar sencillamente del legado que Julio nos deja.

Nadie puede patrimonializar la figura de Julio Anguita porque, como dice mi amiga Carmen Ruiz, Julio era como un tronco que arde: pura energía. Las chispas, al arder, con el viento, saltan y prenden mecha en otros lugares de distinta manera y distinta fuerza, pero toda esa energía es importante y válida. Creo necesario conectarse a todas esas mechas y formar colaborativamente la red solidaria, comprometida, diversa y plural, que él demandó siempre, cuando hablaba de formar un “contrapoder”, alternativo a los poderes establecidos (gobierno, Ibex 35, iglesia, medios de comunicación, etc).

Como miembro del PC y de IU lo intentó muchas veces, ampliando fronteras en busca de la mayoría social. Y también lo hizo con el Frente Cívico en Sabadell, año 2012. Sufrimos el vértigo y, a la vez, nos embargaba la emoción de tan difícil tarea, que asumimos en el colectivo Prometeo, en el que Julio se apoyó a lo largo de estos veinte últimos años. Eso se tradujo en organización, investigación, elaboración colectiva, difusión de los temas trabajados, debates, conferencias, foros sociales, etc, buscando siempre la mayoría social organizada, de forma que las clases populares, fuertemente baqueteadas por la crisis del 2008, pudieran retomar su protagonismo político.

Julio quería dirigirse a la juventud, a las mujeres y a los hombres, porque en cada persona está la verdadera posibilidad de la transformación social. Y colaboró con la Universidad de Córdoba para interrogar a la juventud y debatir con ella sobre Derechos Humanos, sobre la Carta de la Tierra y todos los documentos derivados de ambas Declaraciones.

Me impresionaba su afán por explicarnos cuáles eran nuestros derechos y deberes; la raíz de nuestras miserias y de nuestras cadenas; la corrupción y la falta de ética en la política y en la ciudadanía; la invasión del capitalismo en nuestras venas.

En plena pandemia, cuando las personas fallecidas y los contagios nos quitaban la respiración, Julio volvía a escribir su último manifiesto, conocido por “El hoy y el mañana”; y en él nos convoca al gobierno de turno y a la sociedad entera, hombres y mujeres con nuestras luchas en solitario, o en colectivos, a asumir el reto de “optar entre un futuro para la inmensa mayoría o un desastre también para la inmensa mayoría”. Desde la ética y la moral pública, sobre la base de la igualdad, y “procesos de reflexión, debate, crítica, lucha y acuerdo” hemos de construir “el mañana”, que él resumía en “pleno empleo, democracia económica y calidad medioambiental”. Ese es su legado. Julio es ya un faro universal.

Publicado en el Nº 345 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2021

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