Esperando a los bárbaros

Postnormalidad Han convertido la política en un mercado electoral; los platós, en el campo de juego; y han conseguido naturalizar la existencia de doce millones de pobres

Felipe Alcaraz Masats 16/06/2021

Da la impresión de que se están operando cambios en el imaginario social del sistema, es decir, en el espacio de dominación simbólica y/o ideológica. La salida de la pandemia se ha bautizado, en no pocas ocasiones, como la “nueva normalidad”. Una denominación que sin duda da forma a un oxímoron preventivo (si es nueva no es normalidad). En todo caso lo que pretendían decirnos es que no iba a ser la misma normalidad, y a veces unían este enunciado a la consideración de que íbamos a salir mejores de la pandemia. Aunque también es preciso aclarar que estos términos tuvieron fuerza sobre todo durante los tres meses de confinamiento, en que vivíamos algo que nos ocurría a todos/as a la vez, algo inusual, y nos aprestábamos a resistir para salir todos juntos, no sin ciertos sones épicos, tras derrotar el asedio vírico. Se dijo nueva y no otra normalidad, si bien la gente más sensata (es decir, con más ganas de cambio) adujo que era necesario construir una normalidad que superara las penas y olvidos de la anterior.

Andando el tiempo, y visto lo visto, cuando la estrategia del sistema ha estado basada en la necesidad de compaginar pandemia y capitalismo (con éxitos electorales notorios, por ejemplo, en su versión de trumpismo cañí), las trompetas de la épica, así como los aplausos a los esenciales que estaban ocultos, han ido decayendo, hasta tal punto que ni siquiera los científicos han podido retener las ganas de libertad loca, en ocasiones simbolizada en el simple hecho de poder tomar una cervecita o de bailar desenfrenadamente poniéndose la mascarilla en el culo. El caso es que, a la hora de desentrañar la estructura ideológica del voto madrileño, por ejemplo, no nos encontramos con muchos más materiales, a excepción de la ausencia continuada de una oposición de izquierdas.

Es decir, el tiempo de la posnormalidad está ahí, y nos observa desde su espíritu flotante, capaz de estructurar una normalidad sin normalidad fija; capaz de crear vectores de representación que no teníamos previstos, y que no se reducen al aumento en toda Europa de las fuerzas prefascistas a la vez que desciende, y aun desaparece, la izquierda. Lo que ocurre es, a la vez, algo más y algo menos.

Lo único que sabemos por ahora (al menos yo) es que el nuevo espíritu de los tiempos, el de la posnormalidad, se va a instalar, con su capacidad disolvente, en un cierto estado de cosas. Y nos referimos, a riesgo de caer en la simplificación, a una serie de realidades posmodernas en su fase más etérea. Por ejemplo, las condiciones objetivas que estaban en la base de la emergencia del 15M, subsisten: el enorme paro juvenil y una crisis rampante de la representatividad. Pero nadie tiene en sus previsiones la comparecencia de otro 15M, que quizás esta vez sería algo más antifascista.

Por ejemplo, la pelea constante entre los periodistas, en todos los formatos, destacando el papel de los charlaterios o tertulias, ha adquirido, muchas veces a través de las fakes news, una categoría ciertamente política, quizás con la pretensión de convertir a la audiencia no sólo en espectadores sino también en representados, operándose una cierta sustitución de los políticos y también de la política institucional. La retirada de Iglesias da la impresión de que empoderará aún más esta tendencia.

Por ejemplo, han conseguido naturalizar la existencia de doce millones de pobres, tanto que ya ni siquiera se les ve por la calle, aunque te miren. En todo caso no son un tema obsesivo, esencial, en los programas. ¿Programas? ¿Qué programas?

Por ejemplo, han elevado al grado máximo las oportunidades electorales, convirtiendo, de hecho, la política, haya o no pandemia (pero es que hay pandemia, joder, ¿lo sabía Illa, lo sabía Ayuso?), en un auténtico mercado electoral.

Por ejemplo, han logrado apagar, en parte, a través de una cierta dispersión, uno de los factores, de los universos (filosófico, político, estratégico, poético) más completos frente al capitalismo, el patriarcado y hasta el fascismo: nos referimos al feminismo. Por ejemplo, han logrado teorizar que el terreno de juego es el plató, el juego político en el interior de los palacios, y que ahí, en la astucia y la nueva imagen del príncipe, está el origen de los cambios posibles, y no en las movilizaciones, en la organización.

¿Y ahora qué? ¿Y tú qué harías? Y no valen escapatorias, como responder: yo no hubiera llegado hasta aquí, yo ya lo dije, o se veía venir. No vale eso ni tampoco la esplendente novedad del atajo, o el invento mágico de la ilusión-bengala, esa que logra encenderse en la pupila de los espectadores, como una llamarada de esperanza, para apagarse de inmediato, una vez se produce el voto. No, no hay atajos. No hay bengalas. Construir la alternativa desde el imaginario republicano. Propagar la tensión constituyente (gracias, Chile). Teorizar y establecer pedagógicamente la mentalidad de un frente amplio, amplísimo, sin que nadie pierda ni el sentido de unidad ni su propia personalidad. Establecer participativamente un programa y dedicar tiempo y esfuerzo a organizarlo socialmente. Gritar, sí, programa-programa-programa, pero antes haber gritado: organización-organización-organización. (Cosas que Anguita sabía).

Publicado en el Nº 345 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2021

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