Clave de sol

Bandas, tribus y jefaturas IIILos pueblos originarios del noroeste: EL POTLACH Las competiciones entre diferentes jefes se saldaban invitándoles para demostrarles su generosidad y su prosperidad –y por tanto su Superioridad- a través de regalos de todo tipo: piezas de cobre, mantas, carnes, etc

Sol Sánchez Maroto 16/06/2021

En enero del pasado año publiqué una columna con vocación de serie de reflexiones que la actualidad y la pandemia hicieron ir posponiendo; Bandas, Tribus y Jefaturas. Allí escudriñaba en ese paso intermedio desde las últimas sociedades sin estado que caminaron hacía un estadio superior que las estructurase en otra forma de organización, y el porqué de los casos que se quedaron en intentos fallidos. Después de introducirla, y ese mismo marzo hablar de los grandes hombres de Melanesia, hoy me gustaría viajar (ahora que tanto lo echamos de menos) hasta el noroeste de América del Norte.

Hay cierto consenso en incluir en la categoría de Jefaturas a las tribus originarias de la costa noroeste a pesar de no reunir todas las características del modelo de Jefatura ideal. Los Tlingit, los Haida, los Tsimshian y los Kwakiutl son algunas de esas culturas que con algunas diferencias y muchos rasgos comunes ocuparon aquellos territorios. En todas ellas el tipo de liderazgo era el del Jefe carismático con poder limitado basado en la distribución de beneficio a sus partidarios. Los principales medios de integración social estaban basados en la lealtad al Jefe, en los linajes jerarquizados y las asociaciones voluntarias. La sucesión política no era hereditaria, pero si estaba reservada más formal o informalmente a individuos pertenecientes a los linajes con mayor rango. Y las principales formas de intercambio económico se basaban tanto en la redistribución a través de la figura del Jefe, como en la reciprocidad entre los estratos inferiores.

En nuestro imaginario son esas tribus de largas canoas y grandes tótems coloridos de hasta tres metros de altura que superponían animales y seres mitológicos y resultaban a los ojos foráneos entre amenazantes y absolutamente fascinantes.

Cuando los etnógrafos y antropólogos pudieron estudiar y observar de forma directa estas sociedades y sus culturas, ya llevaban mucho tiempo en contacto con los europeos. Pero desde Boas a Bendict, pasando por Mauss, todos ellos quedaron impactados por unas fiestas rituales llamadas Potlach en las que los diferentes Jefes en competición por el prestigio que les hacía mantener su estatus, invitaban a otros Jefes rivales y a sus seguidores y demostraban su generosidad y su prosperidad –y por tanto su superioridad- a través de regalos de todo tipo (piezas de cobre, mantas, carnes, etc) con los que demostraban que tenían tanto que se podían permitir distribuir sus bienes entre los invitados como forma de humillación ritual. Esto llevaba aparejado, además de la obligación de aceptar dichos bienes por parte de los invitados, el compromiso de celebrar otro Potlach en el que esos invitados fueran los anfitriones y compitieran por superar la generosidad y distribución de bienes compitiendo así también por el prestigio. Y así se celebraban fechas importantes, e incluso se pasaba casi todo el invierno.

La verdad es que la mayor parte de los antropólogos le dieron a estos exóticos fenómenos una explicación meramente cultural, pero los que como Marvin Harris tenían la costumbre de rascar con visión materialista bajo la primera apariencia de las manifestaciones culturales, se dieron cuenta de que aquellos rebuscados rituales, esos festines irracionales a priori, creaban una verdadera red de producción, consumo e intercambio a nivel regional. Incentivaba la productividad e incluso prevenía el desabastecimiento en casos de malas épocas o bajadas de producción como en las malas cosechas que se producían cíclicamente. Y también podía ser una válvula de seguridad para neutralizar la concentración de riqueza que causa la desigualdad y con ella los conflictos sociales. Y eso debió ser funcional durante mucho tiempo.

El problema es que cuando llegaron allí a mirar, hacía mucho tiempo que el comercio de pieles con los europeos había hecho mella en aquellas sociedades. La aculturación y la pérdida de la identidad también convirtieron en caricaturas de sí mismos a los potlach y de la redistribución subyacente a la ceremonia, se pasó a la destrucción. Se quemaban los bienes que antaño servían de regalos e intercambios, y a veces incluso las propias casas donde se celebraban los potlach. El aumento de riquezas procedentes de los intercambios comerciales con los nuevos pobladores de sus territorios, y la disminución de la población, transformó su funcionalidad en mera agonía, y las costumbres que habían servido durante tanto tiempo para cohesionar sus sociedades se convirtieron en el símbolo de su práctica desaparición.

Todo ritual, por exótico que parezca, tiene un objetivo más allá de lo aparente, si se pierde su funcionalidad se convierte en farsa.

Publicado en el Nº 343 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2021

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