Clave de sol

Bandas, tribus y jefaturas IVLos grandes jefes de Polinesia Al revisar las formas políticas primitivas, los fallos suelen estar más en las estructuras que en los hombres, y que por tanto los logros provienen más de las sociedades que de los individuos

Sol Sánchez Maroto 17/06/2021

La resaca electoral siempre es buena para cerrar ciclos, así que, utilizando la que todavía sentimos de las últimas autonómicas madrileñas, he aprovechado para coger una de esas sugerentes canoas polinesias a vela y contar desde los mares del sur algunas cosas del último escalón que separó a las sociedades con y sin estado. Las que se quedaron con un pie en la puerta, pero no llegaron a entrar, y así cerrar esta serie.

Si en las sociedades melanesias de los “grandes hombres” vimos entidades organizadas de forma estrictamente local y en las del noroeste americano otras que tímidamente tendían lazos a través de ceremonias como “el potlach” a una organización económica y proto-política más regional ¿qué condiciones se tuvieron que dar para qué se pasara de entidades políticas organizadas localmente a otras verdaderamente organizadas a nivel regional? Las más aceptadas respuestas a esta pregunta, explican como en las sociedades que dieron ese salto los medios naturales fueron transformados radicalmente mediante la intensificación del trabajo y la creación de infraestructuras artificiales, la densidad de sus poblaciones aumentó, la organización social de la producción se jerarquizó, y ciertos desarrollos locales y mercados regionales empezaron a depender de la administración y las finanzas de las élites regionales. Además, la guerra y la territorialidad cambiaron de objetivos, pasando de la competencia entre grupos locales a verdaderas conquistas para expandir la economía política mediante nuevas tierras y la captura de mano de obra que se puso al servicio de la élite dominante.

Por eso hemos viajado precisamente a la Polinesia, el lugar que conoció todas las formas de jefaturas, de las más simples a las más complejas, comunidades que iban desde unos pocos cientos de miembros a cientos de miles, donde el grado máximo de complejidad, a las puertas mismas de lo que ya llamaríamos “estado” se desarrolló en las grandes jefaturas de Hawai.

En 1778 (primer contacto con los europeos) las ocho islas de Hawai tenían una población de casi 300.000 personas, estaban divididas en cuatro grandes jefaturas hereditarias y rígidamente estratificadas que competían entre sí. La sociedad estaba radicalmente dividida en dos clases, los plebeyos y los jefes, los primeros podían ser artesanos, campesinos, pescadores y gentes del común sin mayores diferencias. Los jefes, sin embargo, se organizaban en diferentes grupos de ascendencia definidos por la cercanía o lejanía a la línea principal, existiendo una jerarquización interna que también producía jefes menores o baja nobleza, y luchas internas por el estatus.

Tanto el jefe supremo central, como los jefes menores que controlaban parte de una jefatura, eran verdaderos poseedores de cargos y títulos, es decir, en Polinesia emergieron estructuras de liderazgo y séquito supra-personales que continuaban existiendo independientemente de los hombres determinados que los ocuparan temporalmente, por tanto los jefes no construían sus posiciones en la sociedad, sino que estaban instalados en posiciones ya existentes, y ahí está el avance principal con respecto a órdenes anteriores.

Y entonces debemos preguntarnos ¿cuál fue la razón para que estas sociedades no llegaran a convertirse en estados?

La redistribución del fondo de poder del jefe polinesio, que era dueño y propietario de todos los recursos (tierras, trabajo, producción) del grupo y la expansión del mismo, llevaba inserta la contradicción de tener que dedicar más recursos al cuerpo administrativo que crecía con los límites de la propia jefatura y que además continuaba vinculado al jefe supremo por los lazos de parentesco, y esos recursos obviamente se detraían de los dedicados al bienestar general. Esto se ha definido como la paradoja de “almacenar rebelión al hacer acopio de autoridad”. Así, en las grandes jefaturas hawainas se producían cíclicamente rebeliones populares contra el despotismo de los jefes. Sin embargo, cuando las jefaturas eran derrocadas las estructuras permanecían intactas, siendo la nobleza dominante reemplazada por otra de idénticas características, en lo que podríamos calificar de una suerte de lampedusianismo primitivo; “cambiarlo todo para que nada cambie”.

Aunque la tendencia natural es buscar la responsabilidad de los límites de la evolución en reyes débiles o dictadores megalómanos, revisar las formas políticas primitivas de forma seria nos induce a pensar que los fallos suelen estar más en las estructuras que en los hombres, y que por tanto los logros provienen más de las sociedades que de los individuos.

Publicado en el Nº 345 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2021

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