La historia de don Raúl CarvajalYa no vivo pero voy en lo que andaba buscando

Jaime Cedano Roldán. (*) 19/06/2021

"Ya no vivo pero voy
en lo que andaba buscando
y otros que siguen peleando
verán nacer otras rosas
que en el nombre de esas cosas
todos me estarán nombrando".

Jorge Cafrune, "Milonga del Fusilado"


Quiero hablarles de Don Raúl. Don Raúl Carvajal, un campesino colombiano que en estos días murió de Covid, dejando tras de sí una historia que ha conmovido a miles, millones de personas. La historia de un padre que llegó a Bogotá con el cuerpo de su hijo muerto y lo colocó en el centro de la emblemática plaza de Bolívar para que el presidente, los ministros o los altos mandos militares le explicaran por qué su hijo estaba muerto y que le pidieran perdón al mundo por ese crimen.

Don Raúl vivía en Montería, una calurosa ciudad del caribe colombiano, y se ganaba la vida transportando verduras y haciendo acarreos en un viejo y destartalado camión del año 73. Tenía una vida modesta pero relativamente feliz. Su mayor preocupación era su hijo Raúl Antonio, un buen muchacho, muy juicioso y muy inteligente que soñaba desde niño con ser un profesional, pero que ante la falta de recursos no pudo ir a la universidad y entonces se metió al Ejercito a hacer la carrera militar, aunque sin estudios superiores era muy poco lo que podía aspirar a ascender, máximo a sargento, para lo cual tendría que asumir muchos riesgos estando Colombia en con una larga guerra interna. Don Raúl y la familia vivían cada día con zozobra y vivían pendientes de las noticias de los combates de cada día.

Un día de del año 2006 golpearon de improvisto a la puerta de su casa y al abrir el mundo se le vino encima. Era una comitiva de militares que traían un ataúd con el cadáver de su hijo. Lo dejaron sobre el piso de la sala y le entregaron su kepis y una bandera de Colombia. Le dijeron que su hijo era un héroe de la patria que había muerto heroicamente en un enfrentamiento con un grupo guerrillero en un pueblito cerca de la frontera con Venezuela.

Don Raúl duró muchas horas contemplando y llorando en silencio el cuerpo baleado de su hijo. Y pensando. Hacía muy pocos días habían hablado por teléfono y le había contado lleno de alegría que iba a ser padre, y que él, don Raúl, iba a ser abuelo. Pero también en esa charla su hijo le contó que en el batallón le tenían el ojo encima, que lo miraban mal y que hasta lo habían amenazado porque días antes se había negado a participar en un operativo especial donde iban a matar a dos civiles y tenían que montar el teatro de un supuesto combate con la guerrilla y mostrar a los civiles muertos como guerrilleros abatidos en combate. El se negó. No iba con los principios que tenía. Y se negó a pesar de que les prometieron recompensas, méritos para ascender y hasta un permiso para que visitara a su esposa y a su familia.

Don Raúl miraba las heridas de bala del cuerpo de su hijo y se dio cuenta que también tenía signos de haber estado amarrado y de haber sido golpeado, torturado. Hizo muchas llamadas para saber un poco más de ese combate con la guerrilla en que había muerto su hijo. Nadie sabía nada. Todo indicaba que no hubo el tal combate.

Don Raúl tuvo la convicción de que a su hijo lo habían matado en el mismo ejército. Y aunque sus colegas de milicia no querían hablar, algunas cosas dejaron entrever. Entonces cogió el cuerpo de su hijo y lo subió al viejo camión de las verduras y se fue para Bogotá para que el mismo presidente Álvaro Uribe le contara la verdad o que mandara a investigar bien esa muerte. Fueron 500 kilómetros de viaje, parando en todos los pueblos para contarle a la gente que a su hijo lo habían matado por negarse a matar civiles.

El país estaba empezando a estremecerse con la historia de los “falsos positivos”. Cada día se conocían más historias de jóvenes que eran asesinados y que los hacían pasar como guerrilleros dados de baja en combate, como parte de la estrategia de propaganda de Álvaro Uribe para mostrar que estaba ganando la guerra.

Don Raúl llegó a Bogotá y depositó el cadáver de su hijo en toda la mitad de la imponente plaza de Bolívar. A gritos pedía explicaciones. Las autoridades ordenaron una nueva autopsia pero dijeron que era difícil, imposible determinar si el sargento había muerto en un combate o si lo habían matado de cerca.

Entonces don Raúl se dedicó día y noche a buscar justicia. El viejo camión era una especie de altar. Un emblema de la crueldad de los falsos positivos, con fotos de su hijo y grandes letreros denunciando el crimen. Todos los días lo estacionaba en pleno centro de Bogotá para denunciar. Con lluvia o bajo el sol.

Fueron 15 años de denuncias en los cuales llego a muchos sitios con su viejo camión y con su reclamo. Habló con políticos, con periodistas, se encontró con las Madres de los muchachos de Soacha que habían sido víctimas de los falsos positivos. Y hasta tuvo la posibilidad de encararse un día con el mismísimo Álvaro Uribe y le gritó que era un indolente y un miserable y también con el presidente Juan Manuel Santos, que había sido el ministro de defensa cuando mataron en un cuartel a su hijo. Y a Santos también le gritó que era un asesino.

Cuando empezó el Paro Nacional don Raul se fue con su camión lleno de fotos de su hijo para el puesto de Resistencia de los héroes y la muchachada de la Primera Línea lo adoptó como padre, como abuelo, como parte de esa primerísima línea de dignidad y de coraje.

Don Raúl murió sin encontrar justicia para su hijo. Sin que se atrevieran a contarle la verdad.

Pero nos ha dejado un ejemplo inmenso, de amor, de terquedad, de berraquera y de constancia.

Su lucha no ha terminado y es germen de la Nueva Colombia que se está construyendo.

Don Raúl, compañero del alma, compañero.

Sevilla, Junio 17 de 2021

(*) Jaime Cedano Roldán es militante comunista, superviviente del genocidio contra la Unión Patriótica en Colombia. Escritor y conductor del programa radial"Suenan Timbres"

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