Crónicas del Madrid oscuro

Jodida ciudad

Juan Madrid 30/06/2021

Arriba están las luces y la suciedad no se ve. Debajo, Said agoniza con un cuchillo en las tripas. Se ha arrastrado hasta un portal y sueña con el patio de su casa de Alkazalquivir, donde hay gallinas y una luz blanca cegadora. En el sueño, su madre le limpia los mocos y le acaricia la cabeza.

Más allá, una muchacha enseña los muslos.

- Oye, gafitas, ¿echamos un polvito?

- ¿Cuánto?

- Dos quinientas.

- ¿Y el sida?

- También tengo boca, chato. Y vale lo mismo.

La muchacha tiene boca y pechos y muslos y allá en su aldea asturiana era la primera en reír y en bailar en las fiestas. Luego se enganchó al caballo en Gijón y más tarde se vino a Madrid a buscarse la vida. No tiene chulo, ni falta que le hace. Su chulo sigue siendo el caballo.

- ¿Me da usted para un vaso de leche, caballero?

- No.

- Se lo juro por mi madre que yo no me drogo, caballero, estoy enfermo y pido para no robar, yo no robo, caballero. Si quiere usted se viene conmigo a ese bar y me pide un vaso de leche o un bocata, caballero. Estoy en el paro.

El chico flaco se ha hecho hombre sin darse cuenta. Se llama Paco y está mal de los nervios. Está tan mal que ya no puede ni tirar de los bolsos. Antes sí que podía. Agarraba un bolso y echaba a correr. Luego hacía todo lo posible por no pensar en los gritos de las mujeres.

- Paquito.

- Diga usted, señor inspector.

- Como te vuelva a ver por aquí te suelto una patada que te reviento. ¿Te has enterado?

- Sí, señor inspector, me he enterado.

- Pues venga, aligerando que es gerundio.

Y Paco, Paquito, se marcha deprisa con los temblores de los nervios en todo el cuerpo y los zumbidos en la cabeza que no se le quitan ni con pastillas.

Paquito no lo sabe, claro, pero la va a palmar enseguida. Además de los nervios, le van a salir unos bultos en los sobacos y en el cuello.

Pero como hay que comer y tirar para adelante, Paquito pide una caridad y algunas veces se sienta en la sombra y se pone a llorar sin lágrimas. Se acuerda de cuando se subía a los árboles con su hermano Pascual y se ponían ciegos a fruta.

Antes, no hace mucho, Paquito corría como un gamo y soñaba con hacerse piloto de aviación. Pero Madrid es mucho Madrid y se le subió a la cabeza. Dos años en Madrid fueron suficientes. Paquito fue tan deprisa que ahora tiene que sentarse cada rato en los bancos de madera de la plaza o en la misma calle porque se cansa enseguida.

Los coches pasan y hay hombres bien trajeados que no sudan y parece que siempre hablan por teléfono. También hay señoritas muy guapas que hacen régimen y piensan que no tienen nada que ponerse, y gente que va para un lado y gente que va para el lado contrario que se cruzan sin rozarse. Parece que van con la mirada perdida, mirando sin ver nada. Si uno presta atención se pueden escuchar muchas cosas:

- ¡No aguanto más, no aguanto más, asqueroso, más que asqueroso, me estás matando!

- ¡Calla, puta, zorra de mierda.

- Papá.

- ¿Qué?

- ¿Puedo ir mañana de excursión con la pandilla?

- No.

- ¿Por qué, papá?

- Porque no me sale a mí de los cojones, ¿vale? Vete a tu cuarto a estudiar. Sólo piensas en el cachondeo, vas a acabar de puta.

Y luego hay otros que hablan solos. Van afilando argumentos y discusiones que empezaron hace mucho tiempo. Y que nunca pudieron acabar. Alguien, por ejemplo, esa mujer vieja, se detiene en medio de la calle y sonríe ante la frase que acaba de esgrimir, porque cuando habla sola es una tía importante, una tía a la que todo el mundo escucha.

Y, desde el portal, Said distingue apenas los bultos borrosos de la gente y grita.

- ¡Eh, eh…, socorro, socorro…, por favor!

Algunas veces la gente se detiene y mira, pero no ven nada o ven a un borracho tirado al fondo que mueve las manos. No ven la sangre porque está oscuro.

- Papá, ahí hay un señor que…

- Calla, niño, tú no te metas en nada.

- Papá, es que…

- ¡Cállate, coño!

Said ya no sueña con nada, no puede mover los brazos ni gritar. Tiene frío, un frío muy grande por todo el cuerpo, y ni siquiera siente el dolor por la cuchillada. Él tampoco lo sabe, pero le queda muy poco de vida. Apenas unos minutos. La muerte es como cuando uno se empieza a dormir.

Said muere en el portal recortado de luz y la muchacha que enseña los muslos baja por otra calle parecida a ésa, rumbo a otra esquina donde sabe que hay jubilados. Con ellos, su boca bien vale 1.000 o 1.500, según.

Con dos o tres que se haga ya tiene bastante para caballo y para el paquete de Winston de contrabando que le venderá el negro de la camisa a colores.

La muchacha que enseña los muslos sabe que los hombres la miran y la desean, pero no se deciden por el rollo ese del sida. Le gustaría llevar un cartel colgado del pecho que pusiera: “No tengáis miedo, tíos, yo la mamo”. Pero, claro, como no lleva nada, pues nadie lo sabe.

La muchacha que enseña los muslos sabe que dentro de un rato le va a empezar el monazo, van a empezar los tiritones y el dolor de cabeza, la mala leche y el miedo. Un miedo muy raro que le entra junto con el mono. El miedo consiste en creer que por todas partes hay pozos y que se va a caer. Mientras tanto, la chica va deprisa pensando que con dos o tres mamadas tendrá suficiente.

Y Paquito se come una barra de pan que se ha podido comprar hoy, un pan crujiente que sabe a gloria.

Hoy Paquito es feliz.

Publicado en el Nº 345 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2021

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