Un español en Alemania

La triste historia de las inmigrantes en Alemania

José Mateos Mariscal 09/08/2021

Una publicación recopila las duras condiciones de vida de las extranjeras en Alemania. No hay que viajar muy lejos para saludar de cerca a la infamia.
Los condenados de la tierra, como les llamó Frantz Fanon, no están a miles de kilómetros en el Tercer Mundo. Los tenemos aquí al lado. En España, Alemania, Holanda…

Quizás no se vean. O no queramos verlos. Pero han huído de la pobreza en sus países de origen y se han vuelto a encontrar con ella una y otra vez, como si fuera una sombra que les persigue allá donde vayan. El Centro de Información a Trabajadores Extranjeros de Europa ha publicado Buscar la vida: una ecografía de las mujeres inmigrantes en Alemania. Recopila historias terribles pero reales. Y nos recuerda que en las sociedades modernas y desarrolladas hay mucha miseria. No económica, claro, pero sí humana.

Un español en Alemania ha dado voz a varias inmigrantes. La lectura de sus testimonios es como volcar un cubo de agua fría en la cabeza de alguién que se ha quedado dormido. Un despertar amargo. Como el de Alicia, española de 31 años, que llegó a Alemania con su hija de cinco años en 2013. Escapó de España, de desahucio en desahucio, para proteger su dignidad y la de su pequeña. Y cambió una buena situación económica por un empleo de asistenta del hogar. Tuvo que buscar un piso con calefacción, dados los problemas respiratorios de su hija. Y cuando encontró uno, a buen precio, el casero le contestó: “Yo no trato con gitanas”. A Gloria, mulata cubana de unos 30 años, la señora de la casa la obligó a levantarse a las tres de la madrugada para limpiar la caca de su perro. Cuando se negó, la despidió. «Tuve que dormir esa noche debajo de un puente». Acabó trabajando en un club de alterne. «Jamás me había tocado pasar lo que sufrí en ese club. Había veces que salía con ganas de ir al baño porque ya no aguantaba más, la barriga ya no me daba más para aguantar la cochiniza tan grande que llevaban los hombres en el cuerpo. A veces tenía a la persona encima y las lágrimas se me salían porque era algo que... me... Y a base de eso empecé a beber mucho».

En la mayoría de los casos muchas de estas mujeres sufren la incomprensión de un marco normativo sobre extranjería que no garantiza siempre el respeto a los derechos fundamentales.

Helen, una mujer nigeriana que vino engañada por una mafia, padeció el racismo y tuvo que trabajar en la calle para poder pagar el falso viaje al paraíso. «Lo primero que tienes que hacer es saldar tus cuentas», le decían a Helen. Trabajó de prostituta durante un año y medio para pagar 40.000 dólares a una mafia.

Jóvenes españoles en Alemania

Era una noche de mayo de 2018. Me senté en la sala de espera de la estación de trenes de Wuppertal para viajar a Remscheid. A mi alrededor había un grupo de jóvenes españoles. Entre ellos Francisco, un ingeniero comercial recién graduado con el que entablé una amable conversación. Me contó que llegaban con contratos de trabajo para Alemania. Les habían prometido un sueldo de 2.000 euros y permiso de residencia. Francisco, ilusionado con el sueldazo que le iban a pagar por trabajar como cajero en una cadena de supermercados muy popular en Alemania, me dijo que permanecería cinco años en Alemania y después retornaría a España. Su proyecto era mandar dinero a sus jubilados padres, comprar una casa y montar un negocio que le permitiera cuidar de ellos.

Ya en el tren conocí a María, una atractiva madre soltera de 23 años que iba en el mismo grupo de los contratados por los supermercados. Su único deseo era casarse con un alemán y tener el dinero suficiente para vivir bien y ser feliz. Un año después nos encontramos por casualidad en Remscheid. Me explicó que trabajó junto a Francisco y los demás españoles en los supermercados, de lunes a sábado, diez horas al día, reponiendo la mercadería, atendiendo a la caja y limpiando el establecimiento. Cumplido el año de contrato, la empresa no se lo renovó. Desanimada, le hacía falta un compañero y lo buscó por las discotecas. Se casó por fin con su tan esperado alemán. No tenían trabajo estable. Para enviar el dinero del cuidado de su hijo en España, se dedicó a limpiar casas y restaurantes o a atender a ancianos, labores mal pagadas pero fáciles de encontrar. Viéndose en necesidad, su cónyuge la convenció para que se dedicara al oficio en el bar donde trabajaban. “Ahora me dedico a servir copas, ser cariñosa con los clientes y algo más… Gano lo suficiente”. No había encontrado amigos españoles que quisieran escucharla o ayudarla, ni siquiera podía confiar en su marido. “La gente tiene sus propios problemas y no tienen tiempo para aguantar letanías de los demás. La soledad es una gran compañera en la distancia y, aunque es difícil, aprendes a convivir con ella”.

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