Queridos camaradas

Edurne Visaira Vicandi . Crítica cinematográfica 10/08/2021

Konchalovsky, quien fuera coguionista junto con Andrei Tarkovski de La infancia de Iván y Andréi Rubliov, procede de una familia de artistas. Con un hermano también director de cine -Mijalkov- y un padre que compuso nada menos que la letra del himno de la URSS y de Rusia - Serguéi Mijalkov- en sus tres versiones (1943, 1977, 2000). Con seis décadas de carrera a sus espaldas, se puede decir que ha tenido una trayectoria, como mínimo, variada. Con obras de gran reconocimiento internacional como Siberiada (1979), que fue Gran Premio del Jurado en Cannes, o El Tío Vania (1971), que se alzó con la Concha de Plata en San Sebastián, pasó después a trabajar en Hollywood dirigiendo entre otras películas tan comerciales como Tango y Cash (1989). En la década de los 90 volvió a hacer un cine personal, siendo reconocido con el León de Plata de Venecia por sus películas Dom Durakov (2003) y Paraíso (2016).

Su última película, Queridos Camaradas, ha recibido el Gran Premio del Jurado de este mismo festival y no ha llegado exenta de polémica por el episodio que retrata. Se trata de un drama sobre la comúnmente conocida como masacre de Novocherkassk de 1962. El 2 de junio de 1962, tras dos días de huelga, varios miles de obreros de la Electromotivo Building Factory (NEBF) salieron a las calles a manifestarse. El motivo fue una subida del precio de los alimentos básicos, unida a una bajada de los sueldos. A pesar de que en otros lugares también hubo alguna protesta, aquí se vio agravada -como se refleja en la película- por un director de fábrica que, queriendo llegar a los cupos de productividad y a espaldas del comité industrial, fue especialmente duro en estas medidas mostrando además nula empatía con los obreros. La protesta terminó con oficialmente 26 muertos y 87 heridos. Es un hecho que se trató de ocultar hasta la caída de la URSS, con detenciones masivas de los trabajadores por desórdenes graves.

La película muestra a una protagonista, Lyuda, interpretada por la actriz Julia Vysotskaya, como responsable del comité industrial regional. Con unos ideales comunistas férreos, vemos cómo éstos entran en contradicción con su vida personal cuando es consciente de que una de las manifestantes es su propia hija. Pasa de pedir que se detenga a todos los manifestantes duramente a emprender una búsqueda encontrándose con el silencio de las autoridades y la única ayuda de un agente de la KGB. La protagonista inicia así una mirada nostálgica hacia el periodo de Stalin, en el que sabían “quién era enemigo y quién amigo y todo tenía sentido” según palabras de la protagonista, que critica abiertamente el cambio de políticas iniciado por Nikita Kruschev. A la vez, el padre de Lyuda añora tiempos anteriores a la URSS y aparece vestido con un uniforme de la época zarista en una escena cargada de simbolismo que funciona como un caleidoscopio de las diferentes ideologías en las tres generaciones de la familia.

A pesar de las críticas que se han hecho de la película, o interpretaciones sobre la intencionalidad u opinión del director, lo cierto es que la película trata más del conflicto personal de la protagonista que de hacer ningún tipo de propaganda en un sentido o en otro. Es una historia de crisis personal que además no utiliza maniqueísmos para tocar emocionalmente ni dirige al espectador juicios morales.

Técnicamente está rodada en blanco y negro, con una deliberada sencillez que se asemeja a las películas de esa época, encuadres formales y fotografía sin complicaciones, pero visualmente atractiva. La forma al servicio del contenido en una muy buena película que funciona en su conjunto a todos los niveles posibles.

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