Ni dios ni amo

Violación La Iglesia nunca ha respetado a las mujeres; sólo es digna de su admiración la que cuida, sufre o calla. Mientras no acabemos con esa visión seguirán las violaciones, agresiones, abusos y asesinatos

Benito Rabal 12/08/2021

Hay quien dice que vivir en mi pueblo es algo parecido a hacerlo en el paraíso. Tienen razón. El clima, la tierra generosa, la bondad de sus gentes forjada por el paso de mil y una culturas, evita que el enfrentamiento rara vez llegue más allá de la mera confrontación de ideas. No quiero decir que todo sea de color de rosa o que la ansiada felicidad haya hecho de este lugar su refugio, pero la convivencia es amable, la solidaridad no extraña.

Sin embargo, se quebró la paz hace pocas semanas. Una joven de diecisiete años fue violada por un grupo de tres bestias, tres hombrecitos que ni por asomo se aproximan a ser hombres, tres asquerosos machistas.

No es la primera vez que la tranquilidad se ha visto interrumpida. También han ocurrido otros trágicos desmanes. Pero la violación conmocionó al pueblo. Aquí no vale eso de iba con poca ropa, estaba de fiesta o iba provocando. Aquí hace calor, los festejos se suceden con agilidad sorprendente y el hábito de la seducción es parte fundamental de nuestro espíritu mediterráneo. Nadie puso en duda el criminal atentado. Nadie apartó del pensamiento a sus hijas, sus hermanas, sus amigas, su libertad amenazada.

Se convocó una concentración a las puertas del Ayuntamiento que yo esperaba fuera multitudinaria. Creí que el pueblo entero se arrojaría a la calle. Así parecía, porque no había rincón, cola de supermercado o lugar de trabajo, en donde no se escuchara el comentario indignado. Así parecía, pero así no fue.

En mi ingenuidad, más bien, mi confianza en el género humano, pensé que la escasez de asistentes se debería a la hora, ya se sabe, la cena de los niños, tardes alargadas en la playa, los negocios. Aunque me sorprendió el eco de conversaciones y vítores desde el lado opuesto de la amplia plaza, justo donde se alza la Iglesia. Allí, sí. Allí sí que había gente arremolinada, seguramente por la celebración de alguno de sus ritos. Una comunión, boda o bautizo conseguía reunir a quienes, se suponía, detestaban lo sucedido, pero no lo lograba la pública repulsa. Mal vamos, pensé. No acuden a mostrar su apoyo a una víctima del machismo y sí lo hacen al templo desde el que éste se propaga.

Porque, no nos engañemos, ¿cómo extirpar esa lacra mientras no entren en cuestión los atavismos que forman los pilares de nuestra cultura? La mujer, que fue creada, no a partir de órgano fundamental, hígado, corazón, incluso riñón, sino de un hueso, ni siquiera único, de esos que además suelen romperse en cualquier pelea o brusco encontronazo a los que se supone los machos estamos acostumbrados y que además nos hace más machos. La Virgen María, quien para entrar al reino de los cielos, con categoría de diosa de segunda clase, tuvo que prescindir del placer del sexo, inmaculada y con siete puñales hiriéndole el pecho. Eva, causante de la maldición del trabajo; Salomé, la malvada seducción; la mujer de Lot, el peligro de la curiosidad. En ningún lugar de su doctrina se encuentra respeto hacia lo femenino, a pesar que, precisamente, ha sido gracias a lo que hemos construido el progreso, la agricultura, el vidrio, la alfarería. No hay mujer digna de su admiración, más que la que cuida, sufre o calla. Y mientras no acabemos con esa visión, por más oculta que se nos presente, seguirán las violaciones, agresiones, abusos y asesinatos.

De nosotr@s depende. Seguir callando, acatando, permitiendo o asumiendo el cúmulo de aberraciones amparadas en la excusa de la tradición o rechazarlas de una vez por todas. Las medias tintas no valen.

Publicado en el Nº 346 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2021

En esta sección

La complicidad con la guerra imperialista en AfganistánPíldoras que dejaron las vacacionesUna feria de vanidadesEl Yihadismo en China y los uiguresEl camelo del 11S

Del autor/a

ViolaciónNoticiasFascismoDefensaSostenible