Crónicas del Madrid oscuro

Tobogan

Juan Madrid 13/08/2021

Susanita era la que mejor se deslizaba por el tobogán de la plaza del Dos de Mayo. También se tiraban la mar de bien Pedrito, Josema y Eva, pero Susanita era diferente. Susanita era gordita y ya se le notaba la cintura y los abombamientos en el vestido más que a ninguna otra niña.

Juan Luis, el de la tienda de ultramarinos, se ponía debajo del tobogán y la miraba. Los niños de la plaza le llamaban “cuatro ojos”.

- Hola, guapa ?le decía a Susanita?. Qué vestido tan bonito llevas.

- Me lo ha comprado tía Matilde en las rebajas y dice mi mamá que no tengo que mancharlo.

A Juan Luis le gustaba limpiarle la falda a Susanita.

- Déjeme usted que me tengo que ir a jugar.

- ¿Te… te gustan los caramelos, Susi? Tengo muchos en la tienda. Te puedo dar todos los que quieras.

- Sí, pero ahora me tengo que ir a jugar.

- Deja que te limpie la falda un poquito más. Tu mamá te va a regañar, anda, tonta, déjame.

- Es que usted tiene las manos muy calientes.

- Deja… deja, ton… tontita… Por favor.

Pero Susanita salía corriendo con Josema y Pedrito y su prima Eva y se perdían en el callejón de la iglesia demasiado aprisa como para que Juan Luis pudiera alcanzarlos.

Juan Luis jadeaba siempre que miraba a Susanita, parecía un perro. Algunos decían que era a causa de una antigua dolencia pulmonar o tuberculosis o lo que sea. El caso era que Juan Luis abría la boca, se subía las gafas y parecía que le faltaba el aire.

- ¡Susi, Susanita, ven! ¡Anda, tírate otra vez por el tobogán!

- ¡No se llama Susi, idiota! ?le contestaba Pedrito, que era el mayor de todos?. ¡Se llama Susana!

- ¡Guapa, ven que te voy a dar caramelos, ven que no te voy a hacer nada!

La Eva se mondaba de risa, se subía a un banco y le sacaba la lengua a Juan Luis, que cogía una piedra y se la tiraba a la niña.

- ¡Guarra, asquerosa, que sois todas iguales! ¡Dile a Susanita que venga!

- ¡Cuatro ojos, cuatro ojos!

- ¡Me cago en la mar salada!

Pero llegaba la hora de volver a casa, los niños se tenían que marchar y Juan Luis volvía a su tienda arrastrando los pies, jadea que te jadea. Pero al otro día, cuando los niños salían de la escuela, Juan Luis ya estaba sentado en el banco frente al tobogán, esperando.

Las braguitas de Susanita eran rojas, de nailon; las de Eva, blancas. Los muslos de Susanita, redonditos, tiernos, gorditos.

- Te está mirando las bragas, el “cuatro ojos” te mira las bragas ?decía Josema.

Susanita se reía.

- Anda, jodías, que sois unas jodías todas, lo que queréis es encelarme ?murmuraba Juan Luis.

El Josema le levantaba las faldas a Susanita.

- ¡Mira, cuatro ojos, mírale las bragas!

Y Susanita gritaba:

- ¡Estate quieto idiota, más que idiota! ¡Vas a mi madre!

Juan Luis se metía la mano en el bolsillo del pantalón y empezaba a moverla y a jadear más todavía. El Josema se divertía.

- ¡Anda, mírale las bragas, cuatro ojos!

Había veces que Juan Luis no podía contestarle.

Y una noche la madre de Susanita la envió a la tienda de la esquina a por aceite y Juan Luis se portó muy bien con ella y le regaló caramelos. La niña esa noche no cenó, vomitó y hasta tuvo un poco de fiebre. La madre le preguntó qué le pasaba, pero ella no dijo nada y la madre lo achacó a las mañas de los niños para no ir al colegio. Si se hubiera fijado, se hubiera dado cuenta de que tenía las braguitas rotas y una sustancia pegajosa en los muslos, pero no se fijó con eso de que tenía que prepararle la cena al marido.

Tampoco se dio cuenta de que la niña dejó de ir al tobogán de la plaza y que se le quedó la mirada como de vieja. Vamos, creo yo.

Publicado en el Nº 346 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2021

En esta sección

El voluntarioLa Memoria Democrática contada viñeta a viñetaParia en un lado, forastero en el otroAlfonso Zapico: 'Tenemos un compromiso moral de dibujar la memoria histórica'Patricio Manns

Del autor/a

Igualdad de oportunidadesToboganJodida ciudadCoartadaVertedero