Sin cadena

Recordando a los fusilados de Pikoketa

Miguel Usabiaga. Escritor, arquitecto y director de Herri 23/08/2021

El 11 de agosto se cumplieron 85 años del asesinato de 18 milicianos en Pikoketa, un caserío en la montaña, encima de Irún y sobre Oiartzun, en Gipuzkoa. La mayoría militantes de la Juventud Comunista irunesa que habían subido allí para participar en la defensa de la República, intentando impedir el avance de las fuerzas sublevadas desde Navarra.

En un extraño amanecer con niebla, lluvioso, la posición fue asaltada por los fascistas, al mando del coronel Beorlegui, y, sin juicio, fueron fusilados contra la pared del caserío. El hecho causó una honda impresión en Irún por la crueldad del hecho y por la juventud de las víctimas, entre las que había dos chicas de 16 y 17 años.

Permaneció escondido en la memoria popular durante la dictadura hasta que en 1978 una comisión de familiares emprendió la búsqueda de la fosa. La ayuda del campesino del caserío fue difícil, hubo que convencerlo de que los tiempos estaban cambiando, de que no le ocurriría nada, para que aflojara su hermetismo y confesara el lugar. El ayuntamiento de Irún cedió un panteón en el cementerio para acogerlos con honor y se celebró un acto solemne para el traslado. Nunca han faltado las flores el 11 de agosto de cada año en esa tumba ni en el monte, en el lugar en el que fueron fusilados. Y al frente siempre Marcelo Usabiaga el luchador permanente, infatigable.

Hace seis años que Marcelo no está y, como sucede cuando se va una figura histórica, deja muchas preguntas, detalles que no hubo oportunidad de conocer. Sin embargo, Pikoketa no quedó en el tintero. Marcelo no perdía ocasión para contarnos aquel suceso, para hablarnos de aquellos chicos y chicas que se vieron obligados a la guerra, a cortar de cuajo su vida, para defender la libertad. A Marcelo le gustaba empezar el relato contándonos cómo, después de haber participado junto a una decena de milicianos en la recuperación del cuartel de Erlaitz, se despidió para siempre de su compañero Agapito Domínguez.

Yo caminaba junto a Agapito -contaba Marcelo- y fui el único informado de su decisión de no volver a Irún e ir a Pikoketa. Intenté disuadirlo, regresábamos de la misión con los nervios rotos, apenas habíamos echado una cabezada la última noche y no estábamos en las mejores condiciones para proseguir el combate.

“¡Agapito, baja al pueblo a descansar!” -le insistí- “y mañana, repuesto, subes”.

Por mucho que lo intenté, no conseguí convencerlo porque en Pikoketa estaba Mercedes. Y Agapito, que de sus 23 años había pasado uno y medio en la cárcel por sus actividades revolucionarias, murió allí por amor -sentenciaba Marcelo.

Mercedes López, su novia, tenía sólo dieciséis años, uno menos que su amiga Pilar Vallés. Mercedes, por su energía y condiciones, era la responsable del trabajo comunista entre las mujeres. Pilar era más reservada. Murieron abrazadas frente al pelotón de fusilamiento, gritando ¡Viva la República!

En Pikoketa –continuaba su relato- se encontraba también mi hermano Bernardo Usabiaga. Lo vi por última vez un par de días antes, estaba con el grupo de chicos y chicas de la Juventud Comunista en el Convento del Pilar, convertido en el Cuartel General de la Defensa de Irún.

Subimos a Pikoketa -me dijo orgulloso- ¿y cómo iba a criticarle por su arrojo? Si eso era lo que pedíamos a todos, si queríamos ser el ejemplo para todos. Pero siento una profunda deuda moral con Bernardo. Tenía solo 17 años y seguramente los dos años que yo le llevaba fueron decisivos para que siguiera mis pasos. Bernardo era de la Juventud Comunista desde hacía un año, cuando permití su afiliación. Antes, a pesar de su insistencia, veté su entrada, quería salvarle de los peligros de la política en los tiempos del gobierno derechista. A sus dieciséis años ya no pude pararlo, era un muchacho formado ante su libre elección.

La posición de Pikoketa -añadía Marcelo- dominaba el camino por el que los requetés avanzaban desde sus bases en Navarra hasta sus posiciones en Oiartzun. Y desde esa loma se veían hostigadas sus tropas por el tiroteo republicano.

José Mari Arruti -seguía desgranando al grupo de antifascistas asesinados- pasó por su casa y contó que subía al monte. La madre se quejó. Acababa de llegar de su trabajo como cocinero en el Balneario de Zestoa, ¿por qué no aguardaba un día? Tenía diecinueve años. También estaban los milicianos comunistas Jesús López, de 26 años, Manuel Justo Alberdi, de 22, Félix Luz Etxeberria, de 27, y Victor Genua, de 25, otro habitual de la cuadrilla. Y carabineros cumpliendo su deber: Ángel Braña, Agustín Miguel, Miguel López y Vicente Argote. Había más pero nunca se sabrán los nombres de todos. En Irún combatían ferroviarios madrileños, a quienes aisló el alzamiento, mineros asturianos, que habían acudido para ayudar, y un centenar de internacionalistas que llegaron desde toda Europa a Irún. Y de éstos, ¿quién va a saber quién era cada cual si ni sus propias familias sabían dónde andaban?

Eso contaba Marcelo, eran sus palabras vividas hace 85 años.

Publicado en el Nº 347 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2021

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