Documentos para un centenario PCE 1921-2021Declaración del PCE sobre las elecciones sindicales y la organización y las luchas obreras (Diciembre de 1960)

Francisco Erice. Fundación de Investigaciones Marxistas 29/08/2021

Presentación de documento nº 41

Una vez abandonada la idea de reconstruir en la clandestinidad alguna de las organizaciones sindicales históricas (especialmente la UGT), la política del PCE hacia el movimiento obrero se orientó en dos direcciones complementarias. Por un lado, practicando la infiltración en el Sindicato Vertical de la dictadura, en la medida en que este, pretendiendo dotarse de legitimidad, permitía la existencia de algunos cargos representativos (enlaces y jurados) que podían ser utilizados por los trabajadores en defensa de sus intereses inmediatos. Por otro lado, apoyando las fórmulas más o menos espontaneas creadas por los propios trabajadores para articular y apoyar sus peticiones, concretamente las comisiones elegidas, generalmente con carácter coyuntural, para negociar con los patronos o trasmitirles sus peticiones o exigencias.

No se trataba de elegir una u otra fórmula según las condiciones, sino de combinar la acción “legal” de enlaces y jurados con la “ilegal” de las comisiones o la agitación clandestina. Ni la una ni la otra estaban exentas de riesgos, y el precio que los representantes legales fieles a los trabajadores y no serviles a la jerarquía sindical franquista hubieron de pagar en términos represivos (encarcelamientos, despidos, sanciondes, etc.) fue, desde luego, muy elevado. Pero las posibilidades que brindaba de acercarse a los trabajadores (reunirlos, movilizarlos, implicarlos en acciones) compensaban con creces ese problema y ayudaron a dinamizar un movimiento obrero de creciente protagonismo que otras tendencias político-ideológicas como los socialistas no supieron aprovechar, por su menosprecio al “entrismo” en el Vertical” e incluso sus descalificaciones del mismo como si se tratara de una forma de “colaboracionismo” que, ciertamente, estaba lejos de representar.

Las comisiones empezaron a proliferar en los años cincuenta al compás de las reivindicaciones de los trabajadores. Eran de origen más o menos espontáneo, pero solían ser apoyadas por los trabajadores más inquietos y comprometidos (comunistas, socialistas, cristianos, falangistas críticos, trabajadores sin ideología muy definida). La gran virtud del PCE fue darse cuenta desde el principio de su potencialidad y apoyar su carácter unitario, su continuidad en el tiempo (evitando que se disolvieran tras cada conflicto), su coordinación y su vinculación, donde era posible, con enlaces y jurados honestos que pudieran proporcionar al movimiento un mínimo marco legal (aunque siempre vigilado o coartado) y una infraestructura básica para las accione colectivas.

Cuando, desde la segunda mitad de los años cincuenta, el ciclo de la movilización obrera empieza a reactivarse y una nueva clase trabajadora joven, en gran parte desvinculada de las tradiciones sindicales de preguerra, comienza a cobrar protagonismo, las bases del nuevo movimiento obrero y de su papel trascendental en la lucha antifranquista quedaban definitivamente asentadas.

Ante todo, los comunistas proporcionaron generosamente sus recursos humanos y materiales al servicio de lo que, desde 1959, empezaron a designar Oposición Obrera u Oposición Sindical Obrera. La OSO pretendía ser, en puridad, en palabras de Santiago Carrillo, “una verdadera osamenta de comités unitarios sindicales capaces de dotar a los trabajadores de la dirección, coordinación y el mínimo de organización para que su lucha sea más eficaz”. No se trataba de crear unas nuevas siglas sindicales, como las históricas de UGT o CNT, sino de articular los dos frentes (legal e ilegal) en un nuevo movimiento que fue madurando y que daría lugar, en la segunda mitad de los años sesenta (aunque con un salto importante desde los conflictos de 1962-63), a las Comisiones Obreras, designadas ya con mayúscula en la medida en que implicaban una estructuración y organización más estables y permanentes y una capacidad de acción creciente.

El documento aquí reproducido refleja este proceso de maduración a propósito de las elecciones sindicales de 1960, cuyos resultados son valorados muy positivamente pese a constatar los abusos, irregularidades y arbitrariedades oficiales en contraposición con las promesas del régimen de permitir la participación libre de los trabajadores. En él se reafirma la táctica de combinar la lucha legal con la ilegal y además se resaltan tres rasgos que resultan fundamentales para comprender la dinámica y los resultados de la exitosa política sindical comunista durante el franquismo: en primer lugar, el respeto y el impulso a las reivindicaciones esencialmente económicas de los trabajadores (que aquí se aprovecha para vincular con los efectos de la estabilización); en segundo lugar, la introducción, sin renunciar ni subordinar instrumentalmente a los primeros, de exigencias políticas (amnistía, libertad sindical…); y, por último, dando un paso más en la politización de las luchas, la inserción de las reivindicaciones obreras específicas y los conflictos en la preparación de la futura Huelga Nacional Pacífica y en el ciclo de movilizaciones que, según las tesis del PCE, marcarían el final y la caída de la dictadura. Con ello un movimiento obrero definido como independiente y genuino, ampliamente unitario y plural –aunque el PCE desempeñara en él un papel hegemónico- era a la vez un ariete antifranquista esencial, un instrumento de la lucha política por las libertades y, tal como se iría perfilando, el germen de un posible y futuro sindicato unitario, democrático, participativo y sociopolítico.

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