Documentos para un centenario PCE 1921-2021'Franco, no; Asturias, sí'. Sobre las huelgas mineras de Asturias. Hacia la Huelga Política (septiembre de 1962)

Francisco Erice. Fundación de Investigaciones Marxistas 14/09/2021

Presentación de documento nº 43

Las huelgas mineras asturianas de la primavera de 1962, extendidas luego a otros sectores y lugares de España, constituyen un punto de inflexión en la resistencia frente a la dictadura. El estallido social alcanzó una amplitud sin precedentes en movimientos anteriores de esta naturaleza por las cifras de obreros movilizados (en este caso, cientos de miles en todo el país), rompiendo el bloqueo informativo sobre los conflictos (aunque no, obviamente, su orientación favorable al régimen) y además obligando al gobierno a hacer concesiones y al propio Sindicato Vertical a aceptar negociar con comisiones elegidas por los trabajadores.

Para el PCE, tras los dos años que siguen al VI Congreso, en los que las expectativas de movilización creciente parecían congeladas e incluso llegaron a suscitarse dudas sobre la táctica adoptada para oponerse al régimen, las huelgas constituían un auténtico balón de oxígeno y una confirmación de la línea emprendida. También podían ser vistas como un éxito propio, pues, aunque el desencadenamiento se fundamentaba en reivindicaciones de tipo laboral y podía calificarse en cierto modo de “espontáneo”, el papel que luego desempeñaron en él las organizaciones clandestinas, y por encima de todos los comunistas, resultaría fundamental. Y eso sucedió pese a que la dirección asturiana del PCE acababa de caer en las garras policiales en noviembre de 1961. Fue la acción y la propaganda de los comunistas -aunque no sólo de ellos- lo que más ayudó a difundir el conflicto dentro y fuera de Asturias, mientras que, desde las ondas, la Pirenaica se convertía en un centro de información crucial y cada vez más popular. También fueron los militantes del PCE, como solía suceder, los que pagaron la parte más dura de la represión, aunque esta resultó atenuada por la propia presión solidaria de los huelguistas.

Entre los logros de las “huelgas de Asturias” estaban la proliferación de comisiones y la solidaridad de intelectuales, sectores católicos o un nutrido grupo de mujeres, muchas de ellas en la órbita del PCE, que llegaron a manifestarse en la madrileña Puerta del Sol. También hubo avances parciales en la unidad entre fuerzas opositoras, sobre todo en Cataluña.

A las huelgas de abril y mayo les siguió el rebrote de agosto, que esta vez no logró expandirse fuera de Asturias y que contó con un apoyo más limitado. La respuesta del régimen fue, además, mucho más virulenta que en los meses anteriores. La dictadura no estaba dispuesta a hacer nuevos gestos de debilidad, y, además de numerosos despidos y detenidos, procedió a la dura medida de la deportación de más de un centenar de mineros, la mayoría de ellos comunistas o simpatizantes del PCE, a otras regiones del país.

Los dos textos que reproducimos, ambos publicados en Mundo Obrero en el mes de septiembre, reflejan bien la reacción del PCE ante los acontecimientos. El primero recoge un texto de Santiago Carrillo que resalta el gran éxito de las huelgas de la primavera y el epílogo de agosto. Carrillo subraya el descrédito del Vertical y la reivindicación obrera de libertad sindical, así como el carácter no violento de las huelgas, reiterando una vez más la propuesta comunista de unión de todas las fuerzas antifranquistas, a las que llama a apoyar a los mineros, “los defensores más avanzados y combativos del interés nacional, de la causa democrática”, y a “extender la hoguera que se ha encendido de nuevo en Asturias”.

El segundo texto es un artículo sin firma en el que se extraen conclusiones de la dirección del PCE que vienen a avalar su propuesta de salida pacífica del régimen. Concretamente, resalta la “necesidad imperiosa” de la huelga política para la conquista de las libertades. Pronostica una rápida multiplicación de los conflictos y la formación de comisiones de obreros como instrumentos de lucha, sin menosprecio del uso pragmático de los cauces y recursos legales. Ve posible, también, el desencadenamiento de huelgas políticas parciales por tiempo limitado (24 ó 48 horas), que pudieran preparar el terreno para una huelga política general, que se diferencia -siguiendo el esquema del partido- de la “huelga nacional”, en cuanto que esta última movilizaría también a otras clases sociales distintas de la obrera, y que constituiría la medida definitiva para acabar con la dictadura.

El ejemplo de Asturias -convertido en mito, que evocaba además la gloriosa tradición del movimiento obrero y revolucionario asturiano- servía de punto de referencia clave de una perspectiva que ya no piensa tanto en convocar acciones a fecha fija (como en 1958 y 1959), sino en “politizar” los conflictos laborales, en una dinámica de extensión de los mismos que permitiera llegar a la anhelada ruptura con la dictadura. No por casualidad, el PCE haría amplia difusión dentro y fuera de España de las huelgas, dando una visión a menudo eufórica sobre su desarrollo y sus efectos, y denominaría “Promoción Asturias” a su campaña de afiliación desplegada en los meses siguientes.

Transcripción (nº 43-1)
FRANCO, NO; ASTURIAS, SÍ!
Por Santiago Carrillo

Los heroicos mineros de Asturias, que en los meses de abril y mayo dieron un alto ejemplo y conciencia apoyados por el proletariado vasco y por gran número de trabajadores de otros pueblos de España, han vuelto de nuevo a la lucha huelguística. Ahora el gobierno ya no se atreve a hacer la misma política del avestruz que en la primavera. Ahora se ha visto obligado a dejar que la prensa controlada hable, aunque parcamente y tergiversando, sobre lo que sucede en Asturias.

A través de las notas de las autoridades, de las noticias y comentarios de prensa, y de las declaraciones de algunos jerarcas sindicales fascistas, aparece claramente la intención gubernamental: aislar a los mineros asturianos en huelga, presentar sus demandas como carentes de razón, acusarles de no haber seguido lo que llaman, con cinismo inaudito, los “cauces sindicales” para formular sus reivindicaciones.

Se fingen sorprendidos por el nuevo brote huelguístico cuando, para todo el mundo era claro que lo de abril y mayo no era más que un primer paso; cuando todo el mundo sabía que las huelgas se repetirían porque los problemas que los trabajadores españoles, con los mineros asturianos en cabeza plantearon entonces, no han sido en lo fundamental resueltos.

Cierto que los mineros y otras categorías de obreros han conquistado en aquellas huelgas aumentos importantes de salarios. Pero no es menos cierto que desde mayo ha habido un considerable alza del precio de las subsistencias. Los mineros de Asturias se quejan y con razón de que están pagando como si fuera un kilo de pan, la pieza que no pesa más que 650 gramos. El aceite ha subido. Se ha elevado también el precio de la carne, del pescado, de las hortalizas. Por otra parte, en muchos casos, al pagar la prima originada en la elevación del precio del carbón, los patronos han suprimido otras primas que los mineros percibían antes, anulando así prácticamente la subida, o dejándola reducida a una insignificancia.

Contra todo eso se levantan los mineros que piden, además, la semana de 44 horas, fundándose en la bien motivada razón de que el trabajo en el fondo de las minas es sumamente insalubre, y en que, pasados los treinta años, el minero empieza a ser un hombre enfermo, para convertirse rápidamente en un inválido. Los mineros reclaman también el pago íntegro del jornal en caso de enfermedad, las pagas extras y las vacaciones pagadas que disfrutan otros trabajadores en las mismas empresas.

¡Claro que los mineros tienen razones para ir a la huelga! Además, por mucho que la prensa reglamentada finja sorprenderse y hasta indignarse, es evidente que de las reivindicaciones presentadas en abril y mayo quedan en pie algunas muy fundamentales: por ejemplo las del derecho de huelga y libertad sindical. A pesar de que algunos portavoces, más o menos oficiosos, hablaron en mayo de que iban a revisarse las estructuras sindicales y de que se estaba estudiando el establecimiento del derecho de huelga dentro de ciertos límites, después ya no ha vuelto a decirse una palabra más de estas cuestiones. Pero eso no impide que esas cuestiones estén en pie, más actuales que nunca.

¿De qué “cauces sindicales” nos hablan los periodistas y los jerarcas franquistas? Pero, ¿hay alguien que tome en serio la pamema de los cauces sindicales verticales? ¿Quién hizo caso de los cauces sindicales en mayo? Ni siquiera Solís, jerarca supremo de esa caricatura fascista de sindicatos que existe en nuestro país. En España no hay “cauce sindical” ninguno para los trabajadores. Lo que llaman “cauce sindical” es algo que conduce directamente al cesto de los papeles, en donde duermen incluso las pomposas resoluciones de los seudo Congresos sindicales organizados por Solís y comparsas. ¿Qué querían, que los mineros se dedicasen a enviar escritos destinados a ese mismo cesto de los papeles? ¿Es que jerarcas, patronos y autoridades franquistas no se han burlado ya bastante en España de los trabajadores? ¿Es que pensaban que los trabajadores iban a permitir que continuase eternamente esa burla, que nunca se iban a revolver contra tanta iniquidad?

Los obreros no reconocen los sindicatos verticales. Los obreros quieren libertad sindical y mientras no la consigan sólo confiarán para hacer triunfar sus reivindicaciones en su propia fuerza y en las comisiones de la Oposición sindical, nombradas directamente por ellos mismos.

Para aislar a los mineros se repite el mismo estribillo de abril y mayo: que las huelgas son políticas. Si los obreros tuvieran sus propios Sindicatos, si tuvieran derechos -y en primer término el derecho de huelga-, si los obreros pudieran elegir sus representantes propios a la gobernación del país, si en España hubiera democracia y libertad, no habría probablemente huelgas políticas. Pero mientras exista un régimen fascista, mientras la huelga sea asimilada por las leyes fascistas a una sublevación, mientras a los obreros se les nieguen todo género de derechos y personalidad, cualquier huelga, cualquier reclamación obrera será inevitablemente política. Ese tono político se lo da el carácter del régimen que sufrimos. Y ni los mineros ni los trabajadores, ni el pueblo español deben asustarse ni retroceder ante la acusación de que sus huelgas son políticas. ¿Hasta cuándo va a durar el que en España no puedan hacer política más que Franco, un puñado de grandes capitalistas, de generales y de sectarios negociantes del Opus Dei? Está haciendo mucha falta que intervengan directamente en la política los trabajadores, los campesinos, los intelectuales, los empleados, los comerciantes, los industriales modestos, es decir la inmensa mayoría de los españoles, a quienes sólo se reconoce la libertad de trabajar hasta echar los bofes o de pagar los enormes impuestos que sostienen el aparato estatal fascista.

Lo que cabe subrayar, lo que debe ser un motivo de confianza para todas las capas y clases sociales antifranquistas, es la serena dignidad con que los mineros llevan su huelga. El carácter pacífico que por segunda vez la han impreso. Eso demuestra la voluntad de llegar a conquistar las libertades por una vía pacífica, sin recurrir a la violencia armada, sin guerra civil. Este es uno de los significados más profundos de la forma en que se desarrollaron las huelgas de abril y mayo, y se desarrollan las actuales de Asturias.

Y esto plantea ante las diversas fuerzas nacionales la necesidad de no defraudar esa voluntad de cambio pacífico. En este orden cabe preguntar a las altas jerarquías de la Iglesia ¿a qué esperan para ir al encuentro de esa voluntad pacífica?, ¿por qué frenan la solidaridad del movimiento católico para con los mineros asturianos?, ¿por qué permiten que el diario “Ya” aparezca como el portavoz de la opinión católica condenando las huelgas cuando lo cierto es que la inmensa mayoría de los católicos, y desde luego los trabajadores, están de corazón con los huelguistas? Acaso haya jerarquías que piensen que si los mineros quedan aislados y sufren una derrota volverá a restablecerse la tónica de la dictadura fascista durante largos años. Si pensaran así, cometerían un grave error. Porque entonces los trabajadores sacarían la deducción de que la vía pacifica no es un camino viable hacia la libertad y no se resignarían: obrarían en consecuencia.

Igualmente, hay que preguntarse, ¿a qué esperan los partidos de la oposición antifranquista para mostrar como en abril y mayo su solidaridad con los trabajadores?, ¿por qué no se han manifestado ya en apoyo de estos como lo ha hecho desde que empezó la huelga el Partido Comunista de España? Este es un momento en que el silencio se hace sospechoso; un momento en que, sin pérdida de tiempo, hay que actualizar los esfuerzos de coordinación de todas las fuerzas antifranquistas iniciados en mayo, para apoyar a los mineros asturianos, para organizar la solidaridad con ellos en toda España, una solidaridad combativa y de lucha.

De nuevo debe volver a manifestarse la solidaridad de los intelectuales con los trabajadores españoles, su apoyo a las reivindicaciones de libertad sindical, al derecho de huelga.

Los mineros de Asturias están en la lucha como los defensores más avanzados y combativos del interés nacional, de la causa democrática. Frente a la política del Gobierno que trata de aislarles, las fuerzas nacionales, las fuerzas democráticas, toda la oposición no tiene más que un camino: extender la hoguera que se ha encendido de nuevo en Asturias. Utilizarla para dar un nuevo golpe a la dictadura, lo más demoledor posible. Los trabajadores que fueron a la huelga en otras provincias en los meses de abril y mayo, y los que por unas u otras causas no fueron, deben sumarse de nuevo a la lucha. A conseguirlo debemos dedicar todo nuestro esfuerzo los antifranquistas, sin distinción de ideologías ni creencias, y en primer lugar los comunistas. Que nadie se quede atrás, que nadie vacile.

Saludamos a los mineros asturianos y les decimos: Resistid que el refuerzo de los trabajadores y los demócratas españoles está llegando. No estáis solos, España entera tiene hoy una sola consigna: Franco, no; Asturias, sí.
[Mundo Obrero, 1 de septiembre de 1962]


Transcripción (nº 43-2).
LA HUELGA POLÍTICA

Junto a sus reivindicaciones económicas bien definidas, las grandes huelgas de la primavera pasada tuvieron un fondo político, que cada día está más claro para todos: trabajadores, Gobierno, opinión pública nacional e internacional. Sin dejar de estar motivada también por demandas económicas harto justificadas, la huelga de agosto de los heroicos mineros asturianos ha tenido el mismo fondo político, más acentuado si cabe. La cuestión que se pone ahora al orden del día, que se hace objetivamente necesaria para llevar a buen término la lucha contra la dictadura franquista, es pasar a las huelgas abiertamente políticas.

Desde abril, la clase obrera ha recorrido un gran trecho en el camino de reconquistar el derecho a la huelga para defender sus intereses económicos. Medio millón de trabajadores ha hecho la experiencia práctica de la eficacia de este instrumento de lucha y ha comprobado que tiene fuerza para imponerlo. Millones se preparan a seguir el mismo camino. El gobierno del OPUS y de los generales fascistas está completamente a la defensiva, es impotente para detener la inmensa ola de fondo que se puso en marcha en abril y mayo. Pero, al mismo tiempo, los trabajadores están comprobando que no basta con las huelgas económicas -aun con su evidente filo político- para alcanzar el objetivo fundamental que en definitiva buscan los huelguistas y los no huelguistas: acabar con la dictadura, lograr un cambio democrático. Sin este cambio político radical no puede haber un mejoramiento real y sólido en las condiciones de vida de las masas, y las mejoras parciales que están arrancándose en la lucha se encuentran constantemente amenazadas por el aumento de la carestía de la vida, por la intensificación de la productividad a costa del trabajador, por toda la política económica y social del Gobierno de los monopolistas y terratenientes. Para acabar con este gobierno e imponer un gobierno que inspire confianza a la mayoría del país, y sólo puede inspirarla un gobierno de amplia concentración nacional-democrática, se impone imperiosamente recurrir a un poderoso instrumento de lucha proletaria que es la huelga política.

¿Qué es la huelga política? Aquella huelga con la que los trabajadores se proponen, clara y abiertamente, objetivos políticos concretos, independientemente de que esos objetivos políticos, claramente formulados, vayan acompañados o no de reivindicaciones económicas. Todos los comentarios de la prensa franquista a la huelga minera de agosto tuvieron este fondo, más o menos explícito: esa huelga es en realidad política y por eso es doblemente ilegal, condenable. Pues bien, a este alegato franquista, la respuesta de todos los trabajadores, de todo el pueblo, debe ser: cuando no hay libertades democráticas, cuando no hay cauces legales por los que pueda expresarse la voluntad nacional, la huelga política no sólo es un derecho, sino una necesidad imperiosa, un instrumento indispensable e insustituible para conquistar la libertad política.

Un gran sector de los mineros asturianos está diciendo con su acción que siente ya esa necesidad. Importantes núcleos de trabajadores de otras provincias también. Hace falta, es urgente, que estos obreros más avanzados, más combativos, emprendan una intensa e infatigable labor de esclarecimiento con todos sus compañeros de trabajo, para convencerlos de la necesidad de la huelga política.

En los meses próximos, las huelgas por reivindicaciones económicas van a multiplicarse. El valor de estas huelgas económicas para crear las condiciones del derrocamiento de la dictadura sigue siendo muy grande. Ellas son las que más fácilmente pueden movilizar a la gran masa y prepararla para las huelgas y manifestaciones políticas. Por eso los obreros de vanguardia, los comunistas en primer lugar, deben dedicar toda la atención necesaria a preparar las reivindicaciones económicas apropiadas a cada empresa, preparar el plan de lucha por ellas, sin menospreciar la utilización de recursos legales; ayudar a los trabajadores a formar comisiones ampliamente representativas que sean las que presenten las demandas, lleven las discusiones con las empresas y organicen las huelgas en caso necesario. Pero al mismo tiempo, los obreros más avanzados -comunistas, socialistas, católicos, progresistas, cenetistas, nacionalistas, sin partido- deben proponerse preparar a la masa de trabajadores para la huelga política mediante la labor de explicación, de agitación y de organización. En muchos casos será posible aprovechar las huelgas por reivindicaciones económicas para exponer y proclamar claramente las aspiraciones políticas de los trabajadores y, en primer lugar, el derecho a la huelga, el reconocimiento de las comisiones obreras elegidas democráticamente por los trabajadores de cada empresa, las libertades sindicales, la amnistía, etc. En otros casos, pueden crearse condiciones favorables en el plano local o provincial para huelgas abiertamente políticas de plazo limitado (veinticuatro, cuarenta y ocho horas). Estas huelgas políticas parciales acompañadas cuando sea posible de manifestaciones de calle, en aquellos centros del país donde el nivel de conciencia y de organización de la clase obrera ha alcanzado ya un nivel más alto, enseñarían el camino de la huelga política al conjunto de los trabajadores de España mejor que mil explicaciones y discursos y serían la mejor preparación de la huelga política general.

Preparar esta huelga política general es ya una tarea concreta, práctica, porque toda la situación política lleva a pensar que la coyuntura propicia para su realización no puede tardar en presentarse.

Una huelga política general del proletariado todavía no es la huelga nacional que nuestro Partido propugna como forma más eficaz de acabar con la dictadura, puesto que ese carácter nacional sólo puede dárselo la participación en la huelga junto con el proletariado, de las otras clases y capas sociales interesadas en el cambio político (sectores burgueses y pequeño-burgueses, profesiones liberales. etc.). Pero una huelga general política del proletariado sería ya un paso decisivo para crear las condiciones de la huelga nacional, e incluso podría transformarse en esta en el curso mismo de su desarrollo. En todo caos, esa huelga política de la clase obrera, en torno a la cual se expresará la simpatía, el apoyo moral del resto de la población, equivaldría a un verdadero plebiscito contra la dictadura.

Al señalar con fuerza la necesidad, y la posibilidad real que existe ya, de pasar a esa elevada forma de lucha que son las huelgas y manifestaciones abiertamente políticas, no queremos decir en modo alguno que todas las otras formas de lucha -no sólo las huelgas económicas, cuya importancia más arriba hemos señalado, sino todas las que se vienen utilizando, incluidas las formas legales, las peticiones, etc- pierdan su valor. Hay que utilizar y combinar todas ellas, según las exigencias de la lucha misma, hay que saber pasar con agilidad de unas a otras, hay que aprovechar todas las iniciativas y todas las formas de movilizar a las masas; pero eso solo ya no e suficiente y hay que pasar a las huelgas abiertamente políticas. Existen las condicione objetivas para ello y son necesarias para alcanzar el objetivo fundamental de todo el pueblo en el período actual: poner fin a la dictadura franquista.

[Mundo Obrero, 15 de septiembre de 1962].


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