El alma de los perros

Francisco Báez Baquet 25/09/2021

Si por alma se ha de entender la facultad, ajena e independiente al substrato material que constituye nuestro cuerpo en vida (otras acepciones del término han sido formuladas y podrían llegar a ser dignas de ser tomadas en consideración), de pensar y de sentir, habremos de convenir en que tal concreta asunción del término tropieza con la dificultad conceptual de que así resultaría absurdo y sin sentido el acto del suicidio, ya que en tal supuesto, en ausencia de input perceptivo alguno -incluidos los de índole sexual-, el doloroso tránsito apenas supondría cambio alguno en el paisaje anímico en ambas situaciones por parte de quien lo ejecuta, ya sea en vida, antes de hacerlo, o ya sea después de su abrupto y voluntario cese.

Al propio tiempo, ese concepto del alma, así entendido, afrontará también un oneroso peaje de aduana, consistente en que, en base a dicha concepción, forzosamente habrá que otorgarles, de forma más o menos rudimentaria, la misma facultad a no pocos animales no humanos.

A explorar tal eventualidad y sus previsibles consecuencias dedicaremos el resto del presente texto, en base a unas evidencias que agruparemos en cuatro epígrafes que convencionalmente titularemos: gato, perro, mono, y hombre.

GATO

Sabido es, por parte de muchas de las personas que tienen gatos domésticos en sus hogares, que con cierta frecuencia estos animales exhiben un comportamiento onírico, consistente en unas inconfundibles secuencias de movimientos durante su sueño y que vienen a imitar fielmente su actividad depredadora respecto de los ratones, en una secuencia que presenta innegables rasgos de perversidad, en lo que convencionalmente se ha venido a denominar "el juego del gato y el ratón", en la deliberada demora en llegar a hacer efectiva la muerte de su débil y huidiza presa.

Esta "ventana" onírica a la actividad psíquica y emocional del gato nos brinda la preciosa e impagable oportunidad de acceder por nuestra parte al conocimiento de dicha realidad y, por consiguiente, de su vinculación con el substrato material que representa el organismo no humano que la sustenta.

Un substrato material que en un reduccionismo extremo consiste únicamente en electrones, protones y neutrones. La inmensa cantidad de neutrinos que constantemente atraviesan el organismo animal prácticamente no llegan a interaccionar con el resto de las susodichas otras partículas elementales.

Si convenimos en que convencionalmente a eso se le puede llamar alma, habremos de convenir, en todo caso, que se trataría ciertamente de lo que podríamos llamar el "alma gatuna".

PERRO

Sabido es que en general los perros domésticos suelen exteriorizar su estado anímico alegre mediante dos inconfundibles signos: su insistente agitación de la cola y la exhibición de un rictus bucal enteramente semejante al de nuestra humana sonrisa. Sin embargo, no son esas las manifestaciones más ostentosas del comportamiento festivo y lúdico de los canes domesticados. Muchos de nosotros alguna vez hemos sido testigos, cuando hemos visitado a un amigo al que hacía ya algún tiempo que no frecuentábamos y que tiene un perrito juguetón habitando en su domicilio, de que instantáneamente el animalito, al reconocernos en nuestra condición amistosa, de improviso ha comenzado a realizar una frenética secuencia de cortas y alocadas carreras en zigzag, reiteradamente rematadas en sucesivos revolcones por el suelo en una secuencia que ha venido a prolongarse durante un buen rato. De esta forma tan expresiva y palmaria, un animal no humano nos viene a mostrar que es portador de sentimientos afectivos y que, por lo tanto, el substrato material que presupone su cuerpo es portador de tales comportamientos anímicos. Exceptuando a las razas agresivas, en "el mejor amigo del hombre" su mayor recompensa a nuestras caricias y demás demostraciones de cariño está implícita en nuestro propio sentimiento afectivo. La relación es mutua y simétrica.

MONO

Hacemos alusión al conocido experimento de etología en el que un mono encerrado entre los barrotes de una jaula aprende, mediante sucesivos intentos -ensayo y error-, a valerse de un palo, que previamente ha sido puesto a su disposición en el suelo de dicha jaula, para alcanzar un plátano que habíamos situado lejos del alcance de sus extremidades. Con procedimiento análogo, el animal es entrenado para atinar a ensamblar dos palos acoplables entre sí, en un orden de colocación, de entre los dos teóricamente posibles. Con posterioridad, finalmente se logrará que el mono incluso llegue a ser capaz de ensamblar consecutivamente varios palos, también diseñados ex profeso para dicho propósito ensamblador.

De este experimento, convencionalmente se viene a afirmar que es demostrativo de la inteligencia evidenciada por el animal. Sin embargo, cuando se está procediendo así se está omitiendo mencionar otra cuestión muy importante: que el mono, cuando en el curso de sus sucesivos intentos no es capaz todavía de llegar a alcanzar su propósito, eventualmente puede llegar a exhibir un comportamiento agresivo y alborotador, evidenciando así que es capaz de exhibir una capacidad de estado de ánimo -su insufrible frustración-, esto es, que es capaz de sentir, de tener sentimientos.

Estas dos facultades, pensar y sentir, quedan así vinculadas a la existencia en vida de un organismo animal no humano y, por lo tanto, ligadas igualmente al susodicho substrato material caracterizado de forma ultra-reduccionista como un conjunto interactuante de protones, neutrones y electrones.

Al propio tiempo, y tal y como ya actualmente es sabido, los monos son susceptibles de exhibir en su comportamiento adaptaciones circunstanciales -no inducidas por intervención humana ninguna- frente a localizados entornos naturales, como es el caso, por ejemplo, del aprovechamiento para bañarse de la superior temperatura de aguas termales afloradas en un entorno general caracterizado por una situación de clima gélido.

Son también capaces, además, de idear herramientas rudimentarias que les ayudan en el desenvolvimiento de sus actividades de alimentación y al propio tiempo también son capaces de generar rudimentarias "culturas" de transmisión de habilidades espontáneamente alcanzadas, en la confección y manejo de artilugios ideados para dicha actividad o en el ritual de lavado de frutos y semillas para desprenderles la suciedad que eventualmente puedan tener.

Todas esas actividades de previsión de un futuro altamente probable por parte de un organismo animal no humano caracterizan evidentemente lo que habitualmente entendemos como pensar.

HOMBRE

Una red neuronal artificial o un programa de Inteligencia Artificial pueden ser diseñados y ejecutados para lograr vencer a un contrincante humano en una partida de ajedrez pero lo que jamás se conseguirá in sillico es que puedan sentir satisfacción o frustración por el resultado. Serán incapaces de sentir, una cualidad que a la hora de caracterizar lo específicamente anímico resulta ser netamente más decisoria que la mera facultad de pensar, que sí puede resultar susceptible de ser imitada por los susodichos artilugios artificiales.

Al propio tiempo, tendremos que el ser humano, estando vivo, es idóneo para ambas potencialidades y además tendremos que, una vez más, un ultra-reduccionismo nos llevaría a identificar a ese ser pensante y sensible como un conjunto de partículas elementales.

Algunos indicios disponibles merecen el esfuerzo de ser atendidos. La esquizofrenia es un estado patológico determinante de una normal conducta delirante y se ha podido determinar experimentalmente que el líquido céfalo-raquídeo extraído a tales pacientes tiene la propiedad de alterar radicalmente el habitual comportamiento y registro electro-encéfalo-gráfico de los animales de laboratorio (ratones o ratas habitualmente) sometidos a dicho tratamiento. El análisis de los componentes de dicho líquido ha permitido identificar la especie química del agente actuante: el neurotransmisor denominado dopamina.

Una vez más, por tanto, vemos ligada una actividad anímica en los animales vivos, tanto humanos como no humanos, a la índole, circunstancias y desarrollo de tales aconteceres.

Al propio tiempo tendremos que, en correlación con el progresivo deterioro natural y espontáneo debido al envejecimiento no patológico, nuestras facultades mentales se irán viendo progresivamente mermadas en paralelo decaimiento, sobre todo por lo que respecta a la memoria a corto plazo de los acontecimientos vitales recientes.

Extrapolando esos resultados constatados hasta su cenit culminante -la muerte-, habremos de convenir que, llegados ya a esa tesitura, trágica para nosotros y para nuestros seres queridos, nuestros familiares, habremos de concluir que, ya en esa situación ultra-vital, a esa actividad anímica -pensar y sentir- habrá de corresponderle una actividad rigurosamente cero.

Pero habremos de convenir en que, si efectivamente todo eso ha de desarrollarse así, entonces tal situación debiera de importarnos menos que un bledo...

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