Paria en un lado, forastero en el otro Mientras haya países saqueadores, los saqueados querrán venir a ver dónde ha ido a parar su riqueza

María Ayete 26/09/2021

Yo soy frontera. Autoetnografía de un viajero ilegalShahram KhosraviVirus editorial

Shahram Khosravi es profesor en el departamento de antropología social de la Universidad de Estocolmo. Es iraní bajtiarí. A finales de los ochenta, decide huir de su país para evitar ser reclutado por el ejército e ir a la guerra. Su travesía hasta Suecia dura años, un tiempo durante el que sufre la(s) violencia(s) de la ilegalidad en lugares como Pakistán o la India. La llegada a la “Europa Fortaleza” no es, sin embargo, la panacea: la exclusión, el dolor, la vergüenza, el miedo y la humillación continúan en los centros de inmigración, en el laberinto burocrático para lograr el estatuto de refugiado, en el campus universitario en donde recibe un tiro por su color de piel, en las relaciones sociales y en la calle, que es, a fin de cuentas, sinónimo de la casa en la que vives, el idioma que hablas y la ropa que vistes. Yo soy frontera es un ensayo que mezcla la experiencia personal de Khosravi con la práctica etnográfica para reflexionar en torno a los regímenes fronterizos actuales y los modos en que estos, otorgando libertad de movimiento solo a una minoría de la población mundial, establecen una relación constitutiva con la subjetividad de los individuos.

El texto de Khosravi parte de la crítica a la superposición de la idea de nación sobre la de gente. Vivimos la era de los Estados nación: el mundo de la propiedad, de la pertenencia, de la casa, del nosotros, del aquí, de la comunidad. Pero no hay pertenencia, casa, nosotros, aquí o comunidad sin alambrada. Algo así vino a decirlo Carl Schmitt al hablar de las categorías políticas de amigo/enemigo y, después, Jacques Derrida al sostener la existencia de un exterior constitutivo como fundamento de las identidades colectivas. No hay amigo sin enemigo, luego no hay conformación de un nosotros sin un ellos. En otras palabras: no hay comunidad sin exclusión, sin fronteras que delimiten lo que está dentro y lo que está fuera. Este es el tiempo de la insolidaridad, y los movimientos migratorios de la última década, así como la realidad pandémica que habitamos, son muestra de ello. Ante esta insolidaridad contrapone Khosravi la “radical solidaridad”: una solidaridad decolonial que, en tanto que tal, se desentiende de fronteras y de naciones para subrayar que no es cuestión de pertenecer, sino de igualdad de oportunidades para participar en la vida social y política de un lugar.

La territorialización implica el establecimiento de regímenes fronterizos que nada tienen de aleatorios. Antes al contrario, las fronteras separan los países ricos de los pobres, están racializadas y, además, tienen género, porque en el ritual del cruce importan la clase, la jerarquía étnica y el género del migrante. A propósito de este último punto incide Khosravi en que la violación es una suerte de arancel, un rito de paso de obligado cumplimiento para las mujeres que tiene como fin mantener o fijar en su lugar social al género otro. La deshumanización del indocumentado es en cualquier caso total: el ilegal adopta la figura de lo indeseable, configurado siempre en relación con lo considerado normal, que es el ciudadano occidental. Pero esta deshumanización supone algo más: supone despolitizar de tal manera al migrante que este queda en el limbo característico del estado de excepción, carente de la protección del Estado y de la ley y, por tanto, expuesto a todo tipo de violencia(s). La correlación entre ilegalidad e inseguridad es en este sentido evidente, y así se nos muestra -por mucho y muy bien que lo maquille el discurso oficial- en las fronteras de España y Marruecos, Estados Unidos y México o, como bien señala el autor, en el descuidado y raramente cubierto por los medios de comunicación golfo de Adén, en el océano Índico, en donde somalíes y etíopes pierden la vida diariamente intentado cruzar.

Las fronteras, sin embargo, están también dentro de las sociedades, dentro de la comunidad, porque en ella unos son visibles y tienen voz (cuentan) y otros no. Los campos de refugiados son espacios que funcionan no solo aislando lo indeseable, sino también -y quizá, sobre todo- moldeando a los individuos para hacerlos encajar en el papel de víctima que se espera de ellos. En la cultura de la incredulidad que practicamos, obtener asilo depende en último término de la interpretación que de la “refugiosidad” haga el migrante, esto es, de si este encarna o no encarna “el eterno sufrimiento humano” asociado a la imagen de refugiado. No importa la verdad, importa que quien manda crea tu historia.

En la naturaleza del ser humano está el movimiento en busca de una vida mejor. La raíz del problema de la migración no se encuentra ahí. Khosravi lo sabe bien. Por eso escribe Yo soy frontera: para reorientarnos la mirada y entender que, “mientras haya saqueadores (es decir, países saqueadores), los saqueados (es decir, los refugiados y los migrantes) querrán venir a ver dónde ha ido a parar su riqueza”.

Publicado en el Nº 347 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2021

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