Historietista e ilustradorAlfonso Zapico: 'Tenemos un compromiso moral de dibujar la memoria histórica'

Gema Delgado. Subdirectora de Mundo Obrero 26/09/2021

En Montecorvo hay una zapatería. Allí guarda Teresa los siete ejemplares de Mundo Obrero que hace llegar a siete destacados mineros comunistas del Pozo La Revenga. La Guardia Civil entra al comercio cuando le viene en gana y lo tira y lo revuelve todo, excepto las botas de los comandantes y sargentos de la Benemérita. Es justo en esas botas donde Teresa esconde el periódico del PCE. Y así llevan 10 años, más o menos los mismos que han pasado desde que el padre de la niña que Teresa llevaba en el vientre, capitán del Ejército Republicano, huyera al monte. Lo cuenta la periodista Aitana Castaño (Langreo, Asturias 1980) y lo dibuja Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981) en el primer relato del libro Carboneras, una recopilación ficcionada sobre historias reales de la vida de las familias mineras. Aitana y Alfonso son dos Niños del humo (nombre que da título a su otra obra conjunta). Forman parte de una generación que ya no vive de la mina pero que se han comprometido a rescatar la memoria histórica de la cuenca; Aitana desde el periodismo y el relato, Alfonso desde la novela gráfica.

Cuando Alfonso Zapico crecía en la cuenca minera del Nalón hacía dibujos sobre lugares lejanos y exóticos. Ahora, desde Francia, donde reside desde hace 11 años y trabaja de profesor de español en Angouleme, escribe y dibuja sobre la cuenca minera. En 2008 ya empezó a recibir premios por su obra Café Budapest, sobre el conflicto árabe-israelí; en 2010 le otorgan el premio al autor revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona; y en 2012 el Ministerio de Cultura le entrega el Premio Nacional de Cómic por Dublinés, una adaptación de la biografía de James Joyce. Le publica la editorial Astiberri, pero él prefiera seguir dando clases para sentirse libre a la hora de crear.


Ilustración de Alfonso Zapico en 'La balada del norte'

Montecorvo no existe. Lo creó Alfonso para su novela gráfica La Balada del Norte, en la que nos sumerge de cabeza en la vida de las gentes de la cuenca minera asturiana poco antes de la revolución del 34. Iba a ser un libro, que se convirtió en dos y que se alargó en una trilogía. Ahora está trabajando en la última y cuarta entrega, que estará lista para la Navidades de 2022. El primer libro, versa sobre el caldo de cultivo en el que se fragua la mítica revolución de Asturias, la guerra de clases en estado puro; se publicó en 2015 y recibió el Premio Haxtur al mejor guión. El segundo, sobre el desarrollo de la revolución, llegó a las librería en 2017. El tercero, sobre la brutal represión y la dignidad de los hombres y mujeres de la mina, en 2019. Nos falta saber cómo acaba, qué pasa en el 34 y el 35 con los huidos. La Balada del Norte, “el libro que mejor me explica como autor”, y del que ya se han vendido más de 60.000 ejemplares, ya está traducida al sueco y pronto se hará al francés.

GEMA DELGADO: ¿Por qué escribir ahora de la Revolución de Asturias?
ALFONSO ZAPICO:
Sobre la revolución del 34 se ha teorizado mucho y hay una especie de mitología, de símbolos, de imágenes, de arquetipos como el minero con la dinamita, la destrucción de Oviedo... A mí me interesa este momento histórico porque cuando era joven y vivía ahí en la cuenca, apenas se conocía la revolución del 34

Nadie, sobre todos los más jóvenes, sabíamos muy bien por qué había pasado, a dónde nos había llevado... Todo sonaba muy lejano. Y luego, cuando fui a estudiar a la Escuela de Arte en Oviedo y vivía con personas que venía de un mundo que no tenía nada que ver con el mío, utilizaban esta revolución del 34 para denigrar a la gente de las cuencas mineras: que la guerra civil había sido prácticamente culpa nuestra, que aquello había sido un golpe de Estado… y todo me parecía muy complicado. Esta manera de lanzarnos a la cabeza el 34 para que no tuviéramos la opción de discutir y querer hablar más sobre el pasado, siempre me molestó bastante. Y lo que hice fue indagar sobre el tema, rescatar y dibujar negro sobre blanco lo que pasó en las cuencas mineras. Y lo que descubrí es que cuanto más quería saber y más preguntaba a quienes lo habían vivido directamente, a la gente que había protagonizado y padecido la revolución del 34, no se trataba tanto de teorizar sobre si los nazis estaban en Austria, sobre geopolítica, sobre ideología… lo que descubrí era que la gente siempre me decía lo mismo: “en aquella época pasábamos mucha fame”. Y es verdad que casi se resume todo en eso, en la sensación de injusticia, de hartazgo, de abuso… de que por mucho que la gente peleara y bregara, las cosas no cambiaban , que no había porvenir. O al revés, que el porvenir parecía que siempre iba a ser peor.

La revolución fue en el 34 y fue en octubre, pero podía haber sido en cualquier momento. Aquella situación tenía que estallar sí o sí. La gente se harta y un día explota. Si tuvo éxito en Asturias es porque había mineros y había dinamita.

G.D.: Hay una parte de nuestra historia reciente que está en vías de convertirse en pasado y estamos viendo una urgencia de los hijos del carbón de rescatarla a través del ensayo, la novela, el documental, la fotografía… y el cómic
A.Z.:
Cuando tenía 15 años, ser de la cuenca de minera era algo peyorativo. En Oviedo se hablaba mal de los mineros. Pero en 2012 empezaron a cerrar las minas, y teníamos la sensación de que empezábamos a perder este territorio del que venimos que es casi más sentimental que geográfico.

Es ahora cuando me doy cuenta de que en realidad sí que hay una responsabilidad muy grande en el entorno de recuperar cómo somos, cómo funcionamos, las ideas que tenemos y cómo vemos el mundo. Y es lo que ahora queremos reivindicar en positivo.

Con diferentes formatos e incluso desde diferentes perspectivas, surge una obsesión por rescatar esta memoria; sentimos la necesidad de explicarnos, que la gente nos entienda y que sepa de dónde venimos. Y lo que hacemos es describir un mundo y una sociedad que es la que nos construyó porque somos guajes de la cuenca minera en el mejor sentido de la palabra.

G.D.: Háblanos de ese microcosmo y esa forma de ser de la gente de la cuenca
A.Z.:
En las cuencas mineras nadie se planteaba el tema de la solidaridad porque era la forma de funcionar y siempre se había hecho así. Llegaba gente de tantas partes y en oleadas tan grandes que estaban acostumbrados a recibirles y ayudarles. Se creaban unas relaciones basadas en la empatía, la solidaridad y la confianza en gente que no conocían. Una manera de entender al otro sin prejuzgarle.

Nosotros vivíamos en la zona más maltratada de Asturias, la menos bonita y menos fotogénicas, donde la vida era dura pero era también donde el tejido social era más fuerte. Esa capacidad de empatía y de meterse en los zapatos del otros nunca la he vuelto a ver en otros territorios.

Y de ahí surgía todo lo demás, el sindicato, el asociacionismo, las reivindicaciones que empezaron siendo políticas y acabaron siendo de género, culturales, sociales…

G.D.: ¿Qué representa Montecorvo?
A.Z.:
En la cuenca minera todos los territorios son iguales, todos los problemas son idénticos y la forma de pensar y funcionar de la gente es la misma. Las cuencas mineras de Asturias se parecen mucho más a las cuencas de León, Aragón o Castilla que a otros territorios en Asturias, porque al final no tiene tanto que ver la geografía o el lenguaje como el modo de vida.

Montecorvo es una construcción de ficción que se forma con trocitos auténticos de todos los lugares. Apolonio, el líder minero, tampoco existe pero es tan real como Montecorvo. Lo que representa, lo que cuenta, su forma de ser, sí existen en gente como mi tío, que era minero en el Pozo María Luisa, y en tantos otros que se reconocen en él. Los protagonistas y los personajes secundarios dicen cosas que ocurrieron y que me contaron, que leí o que están documentadas… y los voy incrustando como detalles pequeñitos que permite que el lector se crea que Montecorvo existe y que esta historia es real.

G.D.: ¿Cómo trabajas para poder sintetizar tanta historia en unas viñetas?
A.Z.:
Es lo más difícil. Tengo tanto material, tantas cosas para contar… y lo tengo que reducir a 3 ó 5 bocadillos o a una página o un capítulo. Pero lo importante es que siempre pienso que estoy contando una historia para un lector que a lo mejor no conoce el mundo de la cuenca minera, e intento hacerlo accesible y engancharlo, que lo entienda, crearle un interés y una necesidad de querer saber más. Por eso creo que funcionan tan bien los dibujos, porque a través de ellos ayudamos a hacer accesible una información que a lo mejor es muy compleja.

G.D.: ¿Cómo se acerca el cómic a la memoria histórica?
A.Z.:
Era algo que ya se trabajaba en la literatura y en el cine, pero en el cómic estamos empezando con más retraso, con algunas excepciones. Ahora hay un montón de jóvenes autores con inquietud por rescatar la memoria histórica y traducirla en viñetas para poder involucrar a los lectores más jóvenes.

Tenemos un compromiso moral de dibujar esta memoria histórica. Últimamente hay mucha desinformación y un conflicto con la memoria. Lo que tenemos que hacer es dibujar más, contar más y publicar más para ofrecer a los lectores más información. Y el cómic un vehículo muy accesible que ya se está utilizando en institutos de secundaria y en la Universidad.

Publicado en el Nº 347 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2021

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