Sin cadena

Las bicicletas son para el verano

Miguel Usabiaga 08/10/2021

Un conocido filósofo, aficionado a las carreras de caballos, dijo que le gustaban porque eran una metáfora de la vida. Yo, afectado por la tristeza que para mi pasión ciclista supone una temporada recién vencida, quiero prolongar el ciclismo con estas letras para extraer su último jugo y derivar de él alguna lectura edificante.

Las carreras ciclistas, las bicicletas, son también una metáfora de la vida, son la representación en otra escena de las mismas batallas que libramos en la realidad. Sea en propia carne o a través de los corredores en los que nos proyectamos. Proyectamos en ellos lo que somos, lo que quisimos ser, lo que algún día soñamos ser e incluso lo que alguna vez creímos alcanzar, tocar. Vida y sueño, como en el teatro de Calderón, viajan entretejidos, llevándonos consigo. Ahí palpita el prestigio del deporte del ciclismo.

Esta idea de la metáfora cobró más fuerza en mí mientras veía los adoquines de la prueba París-Roubaix. El adoquín era el mejor material que se disponía antiguamente, desde los romanos, para construir caminos por los que pudieran avanzar sin atascarse las ruedas de los carros y también las calles de las ciudades. El adoquín con el que, en la capital francesa, La Comuna construyó las barricadas para defenderse. Los mismos adoquines que en mayo de 1968 volvieron a levantar los estudiantes parisinos, dejando inmortalizada su acción con el eslogan: “Debajo de los adoquines está la playa”. El adoquín, que en esas tierras del norte de Francia pavimentó los caminos que conectan los terrenos de cultivo de los campesinos para que pudieran llegar con sus carruajes. Cuando veía pedalear a los corredores sobre esos adoquines con juntas abiertas, cuando los veía caerse; cuando los veía torturados, intentando surfear con sus finos tubulares sobre esa superficie terrible, yo no veía sólo ciclistas sino que pensaba en La Comuna de Paris y en mayo del 68.

El espacio de la libertad

En los ciclistas veía las marchas de los estudiantes parisinos y, parapetados tras montañas de adoquines, veía a los comuneros. Y en el polvo que cubría completamente a los ciclistas veía el hollín de los cañones tras los adoquines de las barricadas de Belleville; veía los rostros de los mineros de Roubaix, aquellos a los que pintó Van Gogh, mineros que no se diferenciaban mucho, tras salir del subsuelo, de los corredores al llegar al velódromo de Roubaix. Veo eso en el polvo, en los adoquines, en el barro, de la misma manera que en los pioneros ciclistas que trepaban por las colosales montañas alpinas o pirenaicas, aún sin asfaltar, veo a los expedicionarios que se adentraban en los polos aún vírgenes o al capitán Akab persiguiendo a Moby Dick. Es la lucha del ser humano por progresar, por alcanzar nuevas metas, por adquirir más conocimiento, por mejorar. Y son esas correspondencias poéticas, que enlazan unas imágenes con otras, unos tiempos con otros, unos sujetos con otros, las que otorgan otra belleza superior, más completa que la meramente competitiva, a una carrera y la acercan al arte, al pensamiento, a la cultura. Las mismas correspondencias que señalaba Walter Benjamin, las mismas de la poesía de Baudelaire. Una belleza que de esa manera está construida con nuestros valores, empujada con el mismo sueño que hemos labrado, con el que percutamos también la realidad diaria en otros frentes. Por eso, esa belleza que extraemos de una prueba ciclista, o de otro escenario deportivo, es construcción personal, es participación propia del hecho. Y así se convierte en transgresora en estos tiempos de alienación, en los que se pretende que todos seamos sólo espectadores, consumidores.

Junto a esa capacidad del ciclismo para estimular el crecimiento, el sacrificio, la lucha del género humano por superarse en sus metas, existe otro campo de las metáforas que alcanzan las bicis en la faceta no competitiva. Es lo que significa la bicicleta como herramienta. Un útil que, por su eficacia, se transforma en algo más que un vehículo y marca desde la niñez el territorio de nuestras exploraciones, de nuestros descubrimientos. Con ella reconocemos por primera vez nuestra periferia, los límites del sitio donde vivimos. Sobre ella recreamos nuestros primeros amores, diseñamos lo que queremos ser. Cincelamos sobre su sillín nuestros deseos.

El irrepetible Fernando Fernán Gómez tituló Las bicicletas son para el verano una obra de teatro. En ella la bicicleta es el espacio de la libertad, que sitúa en el tiempo del descubrimiento del amor y de la necesaria autonomía de movimiento que se necesita cuando éste aparece por primera vez en la juventud. La bicicleta de Fernando representa también la idea de la opresión, pues todo ese mundo de libertad, ubicado en la República, se acaba con el alzamiento fascista que trajo la Guerra Civil. La libertad es la bicicleta, es el verano, es el amor, es la República; la opresión, lo que lo abate, lo que se opone, su reverso, es el fascismo.

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