A lo largo de estos últimos meses hemos asistido de nuevo a fenómenos extremos, cada vez más frecuentes e intensos: olas de calor, con temperaturas rondando los 50ºC en el sudeste de Estados Unidos y Canadá, incendios forestales severos en Oregón, Siberia o Turquía y también en España, con 75.548 hectáreas quemadas en 7.244 incendios, algunos de intensidad desconocida, fuertes inundaciones en Alemania, Bélgica y España en la zona levantina, huracanes potentes como Ida, sin que la temporada haya todavía terminado. Hechos reveladores de una nueva realidad, la que supone vivir bajo un clima alterado. Y sin haber alcanzado aún medidas eficaces para corregirlo.

Las declaraciones más recientes de los expertos de Naciones Unidas señalan, ya sin género de dudas, la responsabilidad humana en este impacto, reiterando que aún estamos a tiempo, aunque no tengamos mucho, para lograr estabilizar el aumento de la temperatura media global alrededor de 1,5ºC. Entre el 1 y el 12 de noviembre tendrá lugar en Glasgow una nueva cumbre sobre el cambio climático -la número 26- para la que la sociedad civil reclama compromisos más exigentes. ¿Hacia dónde deben apuntar?

Desde luego, al abandono de los combustibles fósiles (de los que estamos comenzando a entrever su declive) y la promoción de las energías renovables. No todas están aún sobre la mesa. Conocemos las aplicaciones básicas de la biomasa, hidráulica, solar y eólica pero todavía pueden descubrirse muchos nuevos usos. Además de incorporar otras, como la geotérmica (aprovechando el calor interno de la corteza terrestre), que para algunos países como Italia representa el 5% de su presupuesto energético. Los aerogeneradores en los fondos marinos pueden aprovechar la energía de las corrientes y la procedente del oleaje o las mareas que se obtiene experimentalmente en Francia. España debería incorporarse plenamente a esta línea de I+D con el objetivo de diversificar su economía y anticipar el futuro.

Una de las ventajas de las energías renovables es su descentralización, permitiendo el autoabastecimiento y la autonomía de las regiones donde se implantan. Por ello, los megaproyectos, gestionados por grandes compañías, a menudo foráneas, y donde buena parte de la energía generada se exporta, no encuentran apoyo en la población rural que ve como se sacrifican terrenos valiosos para proyectos ajenos. Las ventajas de las energías renovables (limpias, gratuitas, inagotables) deben acompañarse con la participación de las zonas en las que se implantan para que las comunidades locales adquieran el protagonismo que les corresponde y rompan con las dependencias exteriores.

Serán también necesarias buenas prácticas en la agricultura, la ganadería, la empresa, la vivienda o el transporte. La agricultura ecológica evitará el exceso de agroquímicos y con ello reducirá las emisiones de óxido nitroso, un potente gas invernadero. No debe temerse el debate sobre el consumo de carne, pues en España tomamos el doble de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud y la ganadería intensiva, en todo su ciclo, supone el 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Las empresas deben diseñar procesos circulares que conduzcan al residuo cero. Y las ciudades implantar planes valientes de movilidad sostenible, reduciendo la contaminación atmosférica y acústica. El ferrocarril para cercanías y media distancia debe recuperarse de forma prioritaria. Y el hidrógeno verde puede ser alternativa para el transporte pesado.

Finalmente, es necesaria la implicación de los ciudadanos, que cada vez disponen de mayor y mejor información y de los que se espera un comportamiento responsable y consciente dentro de un estilo de vida sencillo y crítico que les permita elegir con acierto en cuanto a la dieta, el ocio o el consumo.

Afrontar el cambio climático es responsabilidad de todos. Si no queremos que cada nuevo verano continúe trayendo más daños, es preciso valor y determinación, políticos que estén dispuestos a perder elecciones por mantenerse fieles a sus principios y trabajar por una visión de país a largo plazo junto a ciudadanos despiertos que, con una nueva (y mucho más plena) forma de vivir, vayan alumbrando el nuevo modelo económico, social y energético que se necesita con tanto apremio.

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