Occidente no deja sitio a China

Marcelo Muñoz. Cátedra China / Mundiario 12/10/2021

Es evidente que China ha vuelto con fuerza a la esfera internacional y ha vuelto para quedarse. Al principio no nos lo creíamos. Hablábamos de la emergencia de China, luego hablamos de “el gigante asiático”. Como si a Estados Unidos le denomináramos “el gigante americano”. Pero pocas veces hablamos de China como la primera potencia asiática o como la segunda potencia mundial o la primera en PPA, paridad de poder adquisitivo.

Nos cuesta mucho reconocer que China ha vuelto a la esfera internacional. Y lo ha hecho muy deprisa, con mucha pujanza, con personalidad propia, con modelo político y económico propios y con una red de relaciones internacionales muy amplia, potente y de largo alcance hacia el futuro: hechos muy concretos que se manifiestan cada día con más fuerza.

Es evidente que China ha vuelto para quedarse e igualmente evidente que a Occidente no le encaja esta China que vuelve ni le gusta cómo vuelve. Porque la estructura política, económica y de valores que Occidente tiene en su mundo y su área de influencia es, sistémicamente, diferente, incluso antagónica, con la de China. Es decir, las estructuras de poder político, económico, jurídico y mediático de las que Occidente se ha dotado y quiere imponer a todo el mundo, sobre todo después de la segunda guerra mundial y, mucho más, con su revolución conservadora tras la caída del muro de Berlín, no dejan lugar a China, salvo en muy controlados resquicios de participación.

Este Occidente que viene dominando al mundo en los cuatro últimos siglos se resiste a ceder hueco a una China que le puede arrebatar el monopolio de ese dominio.

Occidente desarrolla una estrategia frente a China en los últimos años, y mucho más desde que huyó de Afganistán, que podemos resumir en dos posiciones muy claras:

1. La geoestrategia de Estados Unidos es “contener” a China como sea. Contener a China como primera potencia comercial, con la llamada guerra de aranceles, contener a China como potencia tecnológica, mediante la guerra contra Huawei y su 5G, contener a China en sus relaciones internacionales, boicoteando el acuerdo Unión Europea-China, poniendo vetos al proyecto de conectividad global de la Ruta de la Seda o, frente al Mercado Común Sudeste asiático-China-Japón-Corea-Australia-Nueva Zelanda, contraprogramando el acuerdo anglosajón Estados Unidos-Reino Unido-Australia. Contener a China incluso por la vía bélico-militar, detrayendo toda sus ejércitos, equipamiento bélico y medios económicos de Oriente Medio y Afganistán para volcarlos en el Pacífico Oriental y en el mar del Sur de China o rearmando la secesión de Taiwan por encima de las declaraciones de Naciones Unidas y del propio gobierno estadounidense y volviendo a la estrategia del general Mc Arthur en 1951: “Taiwan como el portaaviones insumergible frente a China”.

2. La geoestrategia de la Unión Europea, por su parte, es “recelar” de China a todos los niveles. Aun siendo su primer socio comercial predomina el recelo. El anclaje europeo en el bloque atlantista le impide aceptar que la política ha girado ya hacia el Pacífico y no se atreve a poner un pie firme en el Pacífico Oriental y en China. En parte por presiones de Estado Unidos, en parte por el poder de los partidos de la derecha y la ultraderecha e incluso de los verdes. Así, no se decide a adherirse al proyecto Nueva Ruta de la Seda, aunque algunos de sus gobiernos sí lo hayan hecho. El español no.

Son dos geoestrategias en las que pesan más los “celos”, los recelos y estereotipos que los beneficios que pudiera tener el acuerdo, la cooperación y el diálogo entre las tres grandes potencias para la gobernanza global colectiva.

Hay una tercera visión estratégica, sostenida por un grupo amplio de sinólogos y politólogos entre los que me incluyo, que, convencidos del peso de China en el siglo XXI, pretendemos romper esa dualidad y encontrar otra actitud por razones geoestratégicas, por razones pragmáticas y por razones de defensa de nuestros valores occidentales. Si China ha vuelto para quedarse, ¿no es más inteligente, política y mediáticamente, desarrollar una estrategia de debate sobre los distintos modelos políticos, económicos y de valores de estos dos mundos? ¿No nos puede aportar China y su civilización confuciana algunos valores éticos? ¿No podemos aprender algo de la transformación tan rápida de una sociedad desde una situación tercermundista a una sociedad desarrollada en economía, cultura, educación, tecnología y ciencia?

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