Angela Davis fue detenida en estos días de octubre de 1970. El FBI llevaba desde julio buscándola desesperadamente y en noviembre estaba encarcelada en New York. Ronald Reagan pidió su extradición a California, un estado que permitía a los neomacartistas llevar a la silla eléctrica a la joven profesora de filosofía acusada de “haber comprado las armas” utilizadas en la liberación de un grupo de militantes negros.

En 1967 Angela Davis ya había desafiado las leyes californianas declarando públicamente ser miembro del Partido Comunista de Estados Unidos a sabiendas de que era un delito por el cual podían quitarle la cátedra en la Universidad de California. El reto tuvo las consecuencias que ella esperaba: contribuyó a reivindicar a los comunistas en la lucha y ganó la solidaridad activa de las masas universitarias que la impusieron como profesora pagándole el sueldo por suscripción.

El caso no tenía precedentes. Además Angela estaba cometiendo otros crímenes según el FBI: defender a su pueblo negro humillado, perseguido y superexplotado. Defenderlos no por los ineficaces métodos de la digna resignación del Tio Tom sino militando en organizaciones como el Club Che-Lumumba, codo a codo con los Panteras Negras, por la Paz en Vietnam, contra los crímenes imperialistas de Indochina, impugnando la protección a los regímenes dictatoriales de España, Portugal y Grecia, por la regeneración de los sindicatos y orientando a la juventud obrera, negra y blanca, en la lucha de clases. Tales eran los crímenes de Davis. En 1970 era la enemiga pública número 1 en las campañas de propaganda que utilizaron los gobiernos estadounidenses contra todo aquel o aquella que significara una amenaza para el modo de vida americano. Angela la sufrió durante la primera mitad de la década de los setenta. Pero hubo más víctimas.

El gobierno de Estados Unidos creaba climas de histeria con el lema ley y orden para eclipsar los verdaderos crímenes cometidos a diario en Vietnam con el uso de gases tóxicos. Además protegía al régimen franquista con tratados firmados al margen del Senado o instigaba y ayudaba a la reacción árabe para liquidar a la resistencia palestina. Eran operaciones que pretendían intimidar al pueblo negro y a su vanguardia. Sabían que el movimiento organizaba a masas considerables y que su combate estaba influyendo poderosamente en el despertar de la toma de conciencia de norteamericanos blancos. Ya venía sucediendo desde el Movimiento por los Derechos Civiles.

Jean Seberg y Jane Fonda

Los casos de persecución no se centraron sólo en Davis sino que cobraron especial virulencia contra Jean Seberg, la musa de la Nouvelle Vague, empujándola al suicidio. El FBI había “espiado, intimidado, hostigado y calumniado” a Seberg durante una década, destruyendo en el proceso su confianza en sí misma y causándole “una aguda paranoia y brotes psicóticos” que ella intentó paliar con el consumo inmoderado de alcohol y sedantes. Fuentes del FBI reconocieron que Seberg había sido objeto de escuchas telefónicas y presa de una campaña de desprestigio basada en difundir rumores falsos sobre ella. Una actriz de fama y prestigio había sido tratada como un enemigo público. ¿Su delito? Relacionarse con movimientos sociales que el FBI consideraba extremistas y desestabilizadores, como los Panteras Negras. Seberg fue el daño colateral de una guerra entre las cloacas del Estado y el radicalismo negro. Mintieron sobre ella, la desestabilizaron psicológicamente e incluso fueron responsables indirectos del parto prematuro y la muerte a los pocos días de su hija Nina. Nunca se recuperó de estas heridas psicológicas. El FBI explotó todas las debilidades de Seberg, orquestando una campaña de difamación contra ella por sus donaciones a los Panteras Negras y el romance que mantuvo con uno de sus dirigentes, Hakim Jamal, primo de Malcolm X.

Jane Fonda también sufrió las calumnias y la persecución. Llegaron a acusarla de tráfico de drogas cuando visitó Hanoi junto a Joan Báez en plena guerra de Vietnam. La actriz y la cantante visitaron barrios y hospitales arrasados por la aviación estadounidense, entre cuyos escombros se leían carteles como Nixon asesino o Nixon pagará por sus crímenes. Se reunieron con soldados y civiles vietnamitas y también con algunos compatriotas prisioneros de guerra, seleccionados cuidadosamente por las autoridades norvietnamitas, a los que entregaron cartas y paquetes de sus familiares y recogieron mensajes para llevar de vuelta a casa. Todo ello filmado con el permiso o a iniciativa del gobierno de Vietnam del Norte. Fonda no volvió a ser la misma en el mundo del cine tras su período de activista social.

(Documental Jane Fonda y Joan Báez en Hanoi. 1972. https://www.youtube.com/watch?v=LxPDCTmNdw4)

La administración Nixon sentía pánico por el comunismo y por la movilización de los derechos civiles de la comunidad afroamericana. El legado paranoico de la etapa macartista lo habían transformado en rechazo psicológico. Pero el pueblo negro ya no era una legión de “apóstoles de la resignación”, los Panteras Negras crecían en influencia y capacidad organizativa gracias a Angela Davis y tantas otras mujeres negras que no quedaron mudas ante tanta injusticia. Angela fue detenida y condenada, sufriendo 18 meses de cárcel por una acusación de la que después fue absuelta. Expulsada de la Universidad de California por su militancia comunista, fue incriminada dos veces más hasta que en 1976 recuperó su puesto. Su activismo político lo trasladó a sus escritos, vinculando género, raza y clase como ninguna persona lo haya hecho jamás: “Las alternativas que no aborden el racismo, la supremacía masculina, la homofobia, los prejuicios de clase y demás estructuras de dominación no conducirán, en último término, a la descarcelación”.

En la actualidad, Angela Davis continúa haciendo el mismo trabajo: luchar por la igualdad.

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