Mi amigo Juan Valdés Paz en la militancia revolucionaria, el compromiso político y la pasión justiciera

Manuel Monereo Pérez 30/10/2021

Para Daysi

Nunca pensé que acabaría haciendo un obituario de mi viejo amigo y maestro Juan Valdés Paz. Murió en su ciudad mítica, La Habana, el 26 de octubre de este año horrible por causa del Covid 19. Algunos lo conocisteis directamente, otros lo habéis leído en una u otra etapa de nuestra reciente historia. De la mano de la Fundación de Investigaciones Marxistas dio decenas de conferencias por toda España en Universidades y en sedes partidarias, siempre con los temas que eran sus grandes preocupaciones: las relaciones internacionales y de poder después de la implosión de la Unión Soviética, América Latina y sus difíciles relaciones con los Estados Unidos y Cuba, siempre Cuba. Conversó con mucho provecho con Julio Anguita y sintió su muerte como algo propio.

Sorprendía de Juan su vitalidad, su enorme energía física e intelectual, su inagotable capacidad de lectura y una pasión por los libros que nos unió mucho. Él expresaba muy bien lo que fue la Revolución Cubana. Nació en una familia obrera con antecedentes judíos que nunca desentrañó del todo. Trabajó desde la adolescencia y fue militante del Movimiento 26 de julio. Vivió la clandestinidad y llegó a estar preso. Cuando triunfó la Revolución combinó sus estudios universitarios con la campaña de alfabetización. Fue sociólogo y profesor de filosofía. Su nombre está relacionado con la revista Pensamiento Crítico y con el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana. Apenas con veinte años dirigió un ingenio azucarero. Esta fue otra de las características de su vida, combinar la acción política real -siempre en torno a la política agraria- y su pasión por la enseñanza y la investigación.

No es este el momento de hacer su biografía, solo profundizar sobre algunos elementos que lo caracterizaron como político, académico y militante revolucionario. Juan fue un comunista crítico desde el principio como era característico del movimiento que dirigía Fidel Castro. Su marxismo era abierto y problemático, muy centrado en la filosofía de la ciencia y en el pensamiento analítico. Su modo de razonar estaba muy cerca de Manuel Sacristán, de Jesús Ibáñez, de Cohen. Le apasionaba la lógica formal y los pensamientos bien construidos. Aterrizaba siempre sobre lo real y fundamentaba sus opiniones con la mayor y mejor cantidad de datos posibles.

Su larga experiencia en la agricultura cubana, como asesor de otros procesos revolucionarios y como estudioso de eso que se llamó el socialismo realmente existente, le fue haciendo cada vez más crítico de la economía política de la transición dominante en el comunismo de su época y que se implementó a fondo en la Cuba de los 70. Su compromiso con la Revolución fue firme hasta el final. Su modo de ser leal siempre fue decir lo que pensaba y hacerlo con verdad. Sufrió en silencio y disciplinadamente sus enfrentamientos con la dirección del partido. Nadie le obligó a la autocrítica ni la hubiera aceptado. Siguió cumpliendo con su deber como jefe de núcleo partidario o como militante del partido.

El poder político revolucionario

Su vida estuvo muy unida a dos personajes claves de la Revolución Cubana: el comandante Manuel Piñeiro (Barbarroja) y Jorge (Papito) Serguera. Viví una pequeña parte de esas relaciones. Asistir como oyente a esas largas conversaciones -siempre regadas con un buen ron santiaguero- me hicieron ver las cosas, todas las cosas, de otra forma, empezando por la propia Revolución Cubana. De esos entrecruzamientos y demás juegos estratégicos surgió el CEA, el Centro de Estudios sobre América. Aquello fue un laboratorio de ideas y proyectos con enorme influencia en la zona y en permanente conflicto, debate y polémicas con la academia norteamericana. La FIM colaboró con esa institución. Intentamos formalizar las relaciones a medio y a largo plazo. No fue posible y nos tocó ver como el equipo dirigente de esa institución fue destituido y la obra de años cancelada después de un duro debate, donde Juan tuvo un protagonismo diremos que sobresaliente.

La vida tomaba partido. Juan siguió a lo suyo. Clases universitarias, cursos en instituciones cubanas, visitas a diversos países del continente americano. Su prioridad en esta última época fue el análisis, historia y organización del poder político revolucionario cubano en su obra La evolución del poder en la Revolución Cubana. Aparecieron dos tomos y estaba trabajando en un tercero. Su repentina muerte dejó el trabajo, creo, en preliminares. Era generoso con los amigos y discípulos. Siempre disponible para la lectura de tesis, prólogos o introducciones. En la que sería la última conversación -eran casi diarias- expresaba su temor de no poder culminar la obra de su vida.

Sus conocimientos sobre las relaciones internacionales y sobre América Latina eran enciclopédicos. De geopolítica sabía mucho. Los periódicos análisis de Fidel Castro sobre los conflictos en la economía-mundo los discutíamos con pasión, nos interesaba mucho esa capacidad suya de combinar información solvente, buenos análisis y predicción desde un realismo revolucionario que escondía muchas veces sus fundamentos. Conocía a fondo todos los debates latinoamericanos sobre teoría de la dependencia, estructuralismo y marxismo. Nos conocimos hace treinta años discutiendo sobre José Carlos Mariátegui y sus complejas relaciones con la Tercera Internacional.

Cuba es siempre especial. En 2014 se le concedió el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas. La maldita pandemia impidió que viniese a España. Un grupo de amigos estábamos pensando en organizar con él en La Habana un evento político-cultural sobre Republicanismo entre dos orillas.

Hay una vía directa para saber cómo pensaba Juan y cuál era su modo de entender la Revolución Cubana: leer en Mundo Obrero la entrevista que le hicieron Julio César Guanche y Harold Bertot Triana.

Juan nos enseñó un modo de entender la militancia revolucionaria, el compromiso político y la pasión justiciera. Nunca lo olvidaremos.

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