Esperando a los bárbaros

La Fiesta Se teje. Se está tejiendo algo nuevo. Y todo el mundo hablaba del nuevo proyecto: la memoria del futuro. Y hablaba de un partido de militantes y programa. Ahora se trata de superar los 40 años de neoliberalismo. Pues vamos.

Felipe Alcaraz Masats 03/11/2021

La Fiesta es la Fiesta del PCE, se celebre o no en la Casa de Campo. Sobre todo si es la del Centenario. Un joven anciano recorre España; sus calles y sus conflictos. El tiempo del partido hay que medirlo con cadencia geológica. Y esta vez en Rivas-Vaciamadrid, en un amplio espacio, donde resonaba un sonido igual a otros años, pero distinto. Los grandes acontecimientos tienen una marea especial. Y la Fiesta del Centenario la ha tenido. Un ruido, una vibración. Mucha gente. Alegría fotografiada de reencuentros. Genovés y sus abrazos (dice Gema) por todos lados. Era el reencuentro anual, sí, pero algo más. Hay algo más. Se nota, se siente.

Para muchas/os ha sido un orgullo dormir poco y mal, comer a destiempo, quizás un simple bocadillo, y trabajar tres días. Engracia parecía doble, con el traje de vigilante, como si tuviera una moto encaramada en la espalda. Los libros se venden uno a uno, no como las ciruelas, y gente siempre detrás de los mostradores. Muchas novedades impresas, como intentando atrapar los sueños. David lo mismo explicaba el precio de la luz que vigilaba dando la espalda al escenario: solía dar agua a los ancianos. Juan, mientras llegaban los objetos a la caseta, vendía discursos. Saludé al anguitista de una agrupación de Madrid llena de bucaneros constituyentes. La gente de la base de todas las comunidades se había desparramado dando sensación de libertad organizada. Se notaba el trabajo, la dedicación. Angélica había enmarcado, trasladado, colgado cuadros. Ha sido una fiesta literaria, política, como siempre, pero esta vez con los cuadros de Vázquez de Sola, que había acudido en “fregoneta” desde Monachil. El comando mariateresiano al completo, junto a la ministra de igualdad. Cayo, que había faltado mucho años, allí estaba también, hablando de los pobres. Carlos Bardem parece más alto de lo que dice el cine: gran sindéresis la suya; le dije que no entraría en la historia de la literatura porque está fuera de la norma. Se nota que Iglesias quiere opinar a fondo, sin el estilo asmático que exigen los medios. Antonio Romero no se quiso perder el Centenario, y allí estaba, grande, torpe de cuerpo pero muy lúcido. Y debates serenos, con la tensión oculta de la responsabilidad, de todos los prismas de lo rojo, lo verde y lo violeta. Quizás más violeta que nunca, como una luz nueva que lo barnizaba todo. Cappa y Peinado sabiendo que el fútbol es la ópera de los pobres, pero denunciando sus mercaderías agónicas. En el acto de la cultura se entregaron los premios de relato del Centenario (un trabajo de chinos, dijo Betty, orientándonos).

Ha sido también la fiesta de Dolores, como siempre, pero esta vez con la presentación de dos biografías sobre una mujer que supo imponerse y hacer política en sentido fuerte. Que supo representar a la gente pero que, sobre todo, supo ser gente.

Sobrevolaba el espíritu invencido de Marcos Ana y de Lobato (49 años de cárcel entre los dos).

Mayoral preconizaba que antes de la república quizás nos llevemos un manojo de hostias (con otras palabras). Todos los dirigentes, o muchos dirigentes, trabajando, asistiendo u opinando a la altura de las bases. Se teje. Se está tejiendo algo nuevo. Díaz Cardiel es el rayo de fuerza y de claridad que no cesa. Me alegré de poder saludar a Victoria (también estaba el fantasma incansable de López Salinas). Y tantos otros.

Y es la Fiesta de la política, claro está. Enrique habló un par de veces de frente amplio y se refirió a la militancia, y a aquellos, invisibles o (casi) no, que, con su trabajo, habían hecho posible la cosa. Yolanda utilizó la primera persona del singular y la primera del plural, las dos juntas, hablando del proyecto que viene, que ya se mueve y nos convoca. María Teresa León le tenía más miedo al silencio de los suyos que a las balas del enemigo, por eso se habló de las mujeres, de muchas mujeres (Marga lo hizo), que han luchado y que algunas no están acuñadas en nuestra memoria. Y todo el mundo hablaba del nuevo proyecto: la memoria del futuro. Y hablaba de un partido de militantes y programa. Incluso alguna vez, en el océano de los diez mil del domingo, se pudo gritar lo que convenía: “Aquí se ve la fuerza del PCE”. Sin estridencia. Quizás en la sintonía estratégica con la que habían hablado los sindicatos: ahora se trata de superar los 40 años de neoliberalismo. Pues vamos.

Qué gran regalo de Silvio al partido. Regalazo era la palabra. Esa decena mal contada de músicos, dejando en el aire la vibración equilibrada de una música impagable: como son todos los amores. Y Silvio tranquilo, sin apenas palabras, sin aspavientos, señalando siempre aquella música (el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada) y lo que se decía en ella. Historias de lucha, de amor, de búsqueda de la belleza. De unidad y de avance. De reencuentro. Por eso, aunque no se cantó, todos salíamos entonando mentalmente el sentido de una de sus canciones.

Vamos a andar
con todas las banderas
trenzadas de manera
que no haya soledad.

Publicado en el Nº 348 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2021

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