Ni dios ni amo

Ansar y el perdón Cuando los países que fueron imperio se niegan a reconocer sus crímenes y errores, están ocultando el origen de unas riquezas acumuladas gracias al expolio continuado.

Benito Rabal 04/11/2021

Lloré la primera vez que volé sobre el Canal de Panamá. No pude dejar de recordar lo que me había contado un compañero. Los cimientos estaban construidos sobre un amasijo de huesos, cadáveres amontonados de los trabajadores que murieron para realizar la gigantesca obra. También me habló del apellido más común en el país, Stevens. Pude comprobarlo en mi primera caminata por la ciudad. Negros, mulatos, asiáticos, chinos, europeos varios, andinos, incluso algunos descendientes de los pueblos originarios, no sólo compartían pasaporte, sino también apellido. Era difícil creer que todos provinieran de la misma rama británica, más aún, considerando la diversidad de razas. La explicación se encontraba en el origen de la construcción del Canal. Al reclamo del trabajo a veces y otras, al reclutamiento forzoso, acudieron trabajadores desde todos los puntos del planeta. Los encargados de la contratación eran normalmente empleados de la compañía norteamericana y cuando preguntaban el nombre al trabajador y éste contestaba, no conseguían entenderle. “Spell me”, deletréalo, insistían. Entonces, el aspirante, por miedo a que la dificultad de su nombre le impidiera el contrato, recurría al del ingeniero a cargo de la construcción, Stevens.

Mi gran amigo Roberto Morell, cubano y negro, mientras viajábamos juntos desde la Isla a España por trabajo, me dijo lo ilusionado que estaba por conocer la Madre Patria y sobre todo Catalunya, de donde provenía su apellido. De más está decir que no le saqué de su error. Su apellido real se había perdido en la bodega de algún barco repleto de esclavos. El que ostentaba, era el del dueño del Ingenio que en su día compró a sus antepasados en una sórdida subasta.

Quien tenga una cierta edad recordará la serie televisiva “Raíces” y los latigazos sobre el cuerpo hercúleo de Kunta Kinte por negarse a perder su nombre. O sin ir más lejos en el tiempo. ¿Cuántos inmigrantes del Magreb dicen llamarse José, cuántos asiáticos Pepe, intentando esquivar burlas y desprecios?

El primer paso hacia el sometimiento, ya sea de personas o pueblos, consiste en la pérdida de identidad. Sobre eso se construyen los Imperios. Las armas y el saqueo hacen el resto.

Pensar que los Stevens, Morell, Josés y Pepes, todos aquellos que deben sus nombres a la colonización, se sientan agradecidos por ello, no deja de ser un mal chiste indecente, soez y grosero.

El perdón que se exige desde los pueblos invadidos o despojados de sus hogares, no es el que pregona el ideario cristiano o el de otras poderosas religiones, una suerte de bono comprado para acceder al paraíso. La Historia es la que fue, imposible de cambiar, pero se trata de reconocer los crímenes y errores sobre los que se basa nuestro actual bienestar. Y cuando los países que fueron imperio se niegan a ello, no hacen sino ocultar el origen espurio de la riqueza que aún hoy acumulamos gracias al expolio continuado.

Por eso, que ese hombrecillo malhumorado, de gesto hosco y supongo escasa satisfacción sexual, no esté de acuerdo en pedir perdón a los pueblos que fueron sometidos, exterminados, torturados, despojados, aniquilados o avergonzados, entra dentro de lo normal. Tampoco él lo hizo cuando asesinó a cientos de miles de iraquíes y en vez de ser condenado por genocidio, salió de rositas con un chiste y alguna sonrisilla.

Pero que busque otro argumento. La broma sobre el origen del nombre del presidente de los Estados Unidos Mexicanos, no vale. Si a él no le importa que su amo le llame Ansar en vez de Aznar, de acuerdo. Pero gilipolleces, las justas.

Publicado en el Nº 348 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2021

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