La deslocalización llevó a la dependencia y ésta a la desglobalización y renacionalizaciónLa crisis de los semiconductores y el cambio de paradigma global Occidente ha vuelto a descubrir la importancia de recuperar la soberanía industrial

Ricard Aje. Responsable Área Movimiento Obrero del PCE 04/11/2021

La industria mundial está siendo golpeada por el impacto de la crisis global de falta de semiconductores y los efectos que provoca en la producción y a cada vez más sectores industriales. Con la aceleración del proceso de digitalización y conectividad de la sociedad y la economía, cada día más componentes electrónicos dependen de semiconductores e integran nuestra vida cotidiana: móviles, televisiones, ordenadores, vehículos, electrodomésticos, Wi-fi, tecnología 5G, maquinaria industrial, etc.

Durante la pandemia también han cambiado los hábitos y las formas de trabajar (teletrabajo, comercio y gestiones telemáticas, etc.), que ha incrementado la demanda de dispositivos electrónicos, así como la falta y especulación con las materias primas. También ha afectado el acaparamiento de estocaje, en un contexto de aumento de la demanda interna en Estados Unidos y China, lo que también significa un menor flujo de materiales hacia Europa. El peligro de que se prolongue esta situación en el tiempo podría poner en jaque la recuperación económica tras el Covid-19. Y no parece que vaya a despejarse el horizonte; algunos estudios hablan de que la situación se alargará durante el 2022 e incluso hasta el 2023.

UNA INDUSTRIA ESTRATÉGICA, COMPLEJA, COSTOSA Y DE ALTA TECNOLOGÍA

Los semiconductores tienen propiedades para conducir electricidad, son esenciales para la fabricación de los microchips o circuitos integrados, necesarios para producción de los dispositivos electrónicos ligados a la conectividad y digitalización, fundamentales para el desarrollo de alta tecnología civil y militar. Es por lo que, tanto las materias primas como la fabricación de microchips, representan un sector estratégico. La fabricación de microchips es muy compleja y costosa. Se necesitan años para construir plantas capacitadas, (instalaciones esterilizadas, con tecnología punta y maquinaria de altísima precisión y una mano de obra muy especializada y cualificada), que funcionen 24 horas al día, produciendo todo el año, además de tener que modernizarse permanentemente para no quedar obsoletas. La industria de los semiconductores también se caracteriza por la complejidad de su estructura y es producto de una división del trabajo a escala internacional, con una fuerte especialización entre las compañías suministradoras, que controlan las patentes, diseñan o desarrollan los chips con determinadas funciones, y las escasas empresas fabricantes a quienes se encarga realizar la producción, al tener fábricas con capacidad de abastecer el mercado mundial con los chips más pequeños, avanzados y sofisticados. Solo algunas empresas han mantenido su capacidad de diseñar y producir algunos de sus microchips, externalizando el resto de la producción a los fabricantes.

DE LA DESLOCALIZACIÓN OCCIDENTAL A LA DEPENDENCIA INDUSTRIAL DE ASIA

Esta fuerte especialización entre desarrollo y fabricación a escala internacional fue impuesta por las grandes multinacionales occidentales en los años de la globalización salvaje en los años 90 y 2000, con toda su oleada de deslocalizaciones de fábricas y producciones hacía Asia para maximizar beneficios, conquistar nuevos mercados y explotar mano de obra más barata, concentrando el monopolio tecnológico y financiero, las patentes, el diseño o el software en los países de la UE y EEUU. Lo que ayer significó una política de beneficios gigantescos para las grandes multinacionales y potencias occidentales, con un proceso de desindustrialización que condenó al desempleo y la miseria a zonas enteras en sus países para ir a explotar brutalmente a la clase obrera de otras naciones menos desarrolladas, se ha acabado convirtiendo en una fuerte dependencia industrial de estos países. Creyeron que su dominio mundial se mantendría eternamente, pero con el fuerte desarrollo autónomo de China (gracias a su potente sector público industrial y a la planificación económica), que ha impulsado a los países de la región de Asia-Pacífico, han aprendido a fabricar y desarrollado su propia tecnología sin depender de occidente, lo que ha quedado en evidencia y se ha visto agravado con el Covid-19.

EEUU: ¿HACIA UNA NUEVA “GUERRA FRÍA” CONTRA CHINA PARA MANTENER SU HEGEMONÍA?

El suministro mundial de semiconductores está controlado esencialmente por compañías de Taiwán y surcoreanas, que concentran la mayor parte de la producción internacional, de las que dependen los gigantes occidentales (Apple, Facebook, Microsoft, etc.). Frente al dominio tecnológico de las empresas estadounidenses y la dependencia industrial de las surcoreanas y taiwanesas, las empresas europeas no son de las primeras en ingresos, fabricación o suministro, aunque si concentran muchas patentes mundiales e innovaciones. Además, la compañía holandesa ASML tiene el monopolio de maquinaria clave que es fundamental para poder fabricar los chips.

China está tratando de alcanzar a los principales líderes en cuanto a innovación, después de haber logrado industrializarse en pocas décadas, con gigantescos avances en fabricación y diseño, sin someter a otros países. El gobierno y la dirección del PCCh están invirtiendo enormes recursos para liderar este sector estratégico en pocos años, potenciando a sus compañías, especialmente la estatal de semiconductores (SMIC). Es de resaltar que el 70% de la producción y gran parte de los yacimientos mundiales de los minerales imprescindibles para la fabricación de semiconductores se encuentran en China, lo que también le otorga una posición estratégica.

Pekín necesita desarrollar rápidamente su propia tecnología e industria de semiconductores, tanto para nutrir a su propio mercado como para preservar su soberanía, frente a las injerencias y ante la guerra comercial que trata de imponer EEUU para impedir su desarrollo. Washington quiere evitar que China acceda a tecnología punta para desarrollar su industria. Las sanciones y la persecución que impone EEUU a las empresas chinas, el sabotaje a su desarrollo y su acceso a tecnología punta, chocan con otra dura realidad: la dependencia de los minerales estratégicos que tiene el gigante asiático, sin los cuales no se pueden producir semiconductores que también necesitan las grandes compañías estadounidenses.

“DESGLOBALIZCIÓN” Y RELOCALIZACIÓN, ¿EL FIN DEL DOMINIO MUNDIAL DE OCCIDENTE?

El Covid-19 y la digitalización, han agravado unas crisis y contradicciones ya existentes: el declive del capitalismo estadounidense y occidental y el ascenso de nuevas potencias, especialmente de China. Para perdurar, el imperialismo trata de fragmentar y controlar los mercados mundiales en sus tradicionales áreas de influencia. En este contexto, occidente ha vuelto a "descubrir" la importancia de la soberanía industrial, iniciando un proceso de "desglobalización" y renacionalización de producciones, lanzándose a una temeraria y peligrosa confrontación económica, cerco militar y desestabilización, para desencadenar una "nueva guerra fría" (o caliente), ante la fracasada estrategia de someter a China y sus poderosas alianzas en Asia y el Pacífico. Quieren revertir su dependencia de los países asiáticos y recuperar la capacidad de producción industrial, inyectando cantidades ingentes de dinero y recursos públicos a sus grandes empresas e industrias privadas, en una carrera a marchas forzadas para recuperar terreno perdido hacia la construcción nuevas plantas y la recuperación de producciones de microchips y semiconductores, así como de otros sectores industriales estratégicos. No será fácil y tardará, al tratarse de industrias punteras, de calidad y alta tecnología que necesitan de fuerte inversión, infraestructura y una clase obrera especializada, para satisfacer una creciente demanda que se verá aumentada con la evolución tecnológica.

Los Estados Unidos ansían relocalizar parte de la producción en su territorio, tanto para recuperar capacidad industrial para competir como para relegitimarse entre amplios sectores descontentos de la clase obrera industrial, víctimas de las deslocalizaciones del pasado. La deriva proteccionista impuesta por Washington para mantener su estatus de única superpotencia mundial tras la caída de la URSS, está trastocando todas las alianzas mundiales, cambiando las dinámicas económicas, la división internacional del trabajo, las cadenas de producción de valor, la estructura de las empresas y la localización de las fábricas, lo que refuerza la tendencia a que China y otros países caminen hacia una vía más independiente (con sus fuerzas productivas y mercados), sino que también está lastrando a la Unión Europea hacia el precipicio. La UE planea invertir una quinta parte de los fondos europeos de recuperación económica tras la pandemia en proyectos estratégicos de digitalización, para reducir la dependencia de Asia y de EEUU, con el objeto fundamental de proteger el futuro de la industria alemana, su peso mundial y su supremacía en la UE, además de la francesa y de otros países centroeuropeos, duplicando su peso en la fabricación mundial hasta 2030.

LA FRÁGIL INDUSTRIA ESPAÑOLA DOBLEMENTE GOLPEADA, POR SUBALTERNA, DEPENDIENTE Y PERIFÉRICA

En este contexto de recomposición de fuerzas mundial que afecta al abastecimiento y la producción, la situación se agrava para nuestro país, ya que el reparto de los escasos microchips se hace desde la lógica centro-periferia. Eso deja a la industria española en una situación más vulnerable, por ser periférica, subalterna y dependiente. Debido al rol subordinado y rentista del capitalismo español, las principales industrias son integralmente de propiedad privada y de grandes empresas extranjeras, que toman las decisiones en función de los intereses de los propietarios y sus metrópolis. La industria española es manufacturera, de bajo valor añadido, especializada en ensamblar productos importados y muy dependiente de las decisiones y la tecnología foránea. En las condiciones de escasez de microchips, las grandes multinacionales centralizan la compra y distribución de los semiconductores, priorizando las producciones de menor volumen y de mayores márgenes de beneficios, lo que aumenta la escasez de suministros y azota a nuestro frágil tejido industrial. A corto plazo, las empresas están recurriendo a flexibilidad interna o a ERTEs, también a la reducción del empleo temporal, aunque algunas tratarán de aprovechar la situación de incertidumbre para intentar recortar derechos o reducir plantillas. Ante la prolongación y la magnitud de la situación, las organizaciones sindicales ya están planteando medidas extraordinarias para salvaguardar los puestos de trabajo y la mínima afectación en la prestación por desempleo, como recuperar el contador a cero o las garantías de empleo. A medio plazo, la única aspiración del enclenque empresariado español es no perder demasiado, subsidiados por las finanzas públicas, esperando que las grandes multinacionales extranjeras restablezcan la producción mundial que les provea de semiconductores para volver a fabricar lo que (y cuando) le digan sin rechistar, a cambio de obtener su margen de beneficios.

Solucionar la falta de semiconductores es complejo tecnológicamente, muy caro y requiere de tiempo. La alternativa a largo plazo pasa por recuperar la soberanía industrial, tal y como defiende la federación de Industria de CCOO. El sindicato plantea que el Gobierno de Coalición progresista PSOE-UP utilice los fondos europeos (PERTE), e invierta y atraiga a otros inversores, para construir una fábrica que garantice el suministro de semiconductores, teniendo en cuenta que la demanda seguirá aumentando con la digitalización, además de avanzar en un modelo económico más sostenible, circular que reaproveche los recursos y fomente el reciclaje. A esta propuesta sindical hay que añadir la necesaria participación del capital público, así como constituir un importante sector público industrial, ya que desde la intervención del Estado se puede variar la lógica de mercado, debilitar el dominio de las grandes empresas privadas y condicionar al capital extranjero, fiscalizando las inversiones públicas para que se transformen en una producción, más basada en el desarrollo y tecnología, que genere empleo de calidad y mayor soberanía. Otra de las grandes cuestiones pendientes es subir impuestos a las grandes empresas y fortunas para financiar la intervención estatal (añadida a los fondos europeos). El Gobierno debe enfrentar y vencer las resistencias de las grandes fortunas y empresas, así como a los sectores políticos que los representan, muy acostumbradas a las fórmulas “neoliberales” de recortar los servicios públicos y derechos laborales, mientras consiguen subvenciones, rebajas fiscales o directamente eluden o defraudan a la hacienda pública.

DEMOCRATIZAR LA ECONOMÍA GLOBAL Y DESARROLLAR LO PÚBLICO ES EL CAMINO AL SOCIALISMO

Al igual que en la crisis financiera del 2008, el capitalismo ha vuelto a mostrar su verdadero rostro tenebroso y brutal con esta pandemia, haciendo negocio con la sanidad, especulando con la escasez del material sanitario (mascarillas, vacunas, respiradores, etc.) o tratando de saltarse las normas sanitarias y exponer a la clase trabajadora al Covid-19, siempre poniendo sus beneficios por encima de la salud pública y la sociedad. Solo lo público y la organización colectiva han garantizado los derechos de la mayoría (sanidad, empleo, condiciones de trabajo y de vida, protección social, etc.). Ha sido la clase trabajadora quien ha cuidado y sostenido la sociedad con su trabajo y entrega, mostrando claramente quien crea la riqueza, hace funcionar la economía y mueve la rueda de la historia. Con la crisis de los semiconductores vuelve a quedar patente la urgente necesidad de democratizar la economía y la producción mundial para ponerla al servicio de la mayoría. Solo el socialismo es el movimiento histórico capaz de liberar las patentes, invertir e intercambiar la tecnología desde la cooperación y la solidaridad, y desarrollar un potente sector público en lo económico y productivo, para que la ciencia y la tecnología sean bienes públicos que sirvan para mejorar las condiciones de vida de la humanidad y salven el futuro de nuestro planeta.

Publicado en el Nº 348 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2021

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