Comienza una nueva etapa en Venezuela

William Serafino 23/11/2021

Las elecciones regionales y municipales del 21 de noviembre suponen un viraje realmente importante en el tablero político e institucional de Venezuela. Pueden marcan el fin de una etapa política y el inicio de otra, una especie de interregno todavía en definición en cuyo contexto ampliado también ejerce su peso específico el conjunto de modificaciones sociales y económicas que vive el país tras años del bloqueo financiero integral canalizado por Estados Unidos.

Uno de los aspectos más relevantes es que la oposición nucleada en torno a la plataforma de partidos tradicionales que apoyó la aventura golpista del gobierno fake Juan Guaidó ha vuelto al redil electoral después de cuatro años de insistir en el abstencionismo para deslegitimar a Maduro.

La inscripción de sus candidatos en todo el país fue vista como un reconocimiento del fracaso de la estrategia golpista emprendida en 2019, sustentada fundamentalmente en la supresión de la ruta electoral con el objetivo de favorecer las opciones de violencia armada y destituyente. La participación masiva de esos candidatos y también de nuevas formaciones opositoras, que han surgido tras el último ciclo de división y confrontación interna, implicó un reconocimiento tácito a la Constitución, al sistema electoral y a las reglas del juego democrático que en los últimos años han sido objeto de boicot y ataques sistemáticos.

El retorno de la derecha a la arena electoral, presionada por el fracaso del esquema golpista con cerco económico y diplomático, supone no sólo la derrota de su narrativa de deslegitimación sino también la aceptación de que la tesis del supuesto fraude que favorece las victorias del chavismo siempre ha sido una falacia. Estas elecciones contaron con una amplia observación internacional que incluyó a la ONU, la Unión Europea, el Consejo de Expertos Electorales de Latinoamérica y el Centro Carter.

El Gran Polo Patriótico (GPP), bloque de partidos y corrientes nacionalistas y revolucionarias encabezado por el PSUV, ha ganado 20 de las 23 gobernaciones y la alcaldía de Caracas. Las oposiciones obtuvieron la victoria en Cojedes, Nueva Esparta y Zulia pero perdieron bastiones como Táchira, Mérida y Anzoátegui, donde ganaron en los comicios regionales de 2017. Una contundente victoria del chavismo que ha logrado mantener su cohesión interna pese a las agresiones económicas que han afectado sensiblemente a la vida social del país. El voto de clase y de identidad del chavismo ha sido nuevamente un factor determinante en el desenlace electoral, pues evidencia que el GPP ha logrado conservar el núcleo duro de apoyo en la clase trabajadora.

Las fuerzas chavistas y bolivarianas han salido fortalecidas de este proceso electoral, contribuyendo a consolidar la estabilidad institucional del país y el consenso por la reconciliación política y la recuperación económica. El gobierno venezolano ha fortalecido su predominio en el campo institucional, marcando los tiempos políticos y estableciendo el marco de interpretación del momento en la agenda pública.

Esto contrasta con la fragmentación del universo opositor, expresada en la distribución de los votos y en la nueva configuración de su ecosistema de formaciones partidistas. Los resultados electorales confirman que la conducción monolítica es cosa del pasado a medida que nuevos actores y referentes comienzan a ganar protagonismo, relevancia mediática y cuotas de poder local.

El reinado de Leopoldo López y Juan Guaidó, que durante los últimos dos años aglutinó a buena parte de la oposición en el contexto de una nueva operación golpista, ha dado paso a una diversificada gama de actores que desafían su control exclusivo.

Este quiebre de la capa dirigente tradicional, donde Leopoldo López es visto como uno de los grandes responsables del poco arrastre de las candidaturas opositoras, tiene implicaciones estratégicas a nivel político: el gobierno fake de Guaidó entra en su fase de agotamiento definitivo. El gran derrotado es el proyecto estadounidense de impulsar una presidencia paralela para fracturar al Estado venezolano.

RECONCILIACIÓN Y PRAGMATISMO

En la sociedad venezolana se vienen dando transformaciones aceleradas que, a la luz de los resultados, están teniendo su propia expresión electoral.

Los límites orgánicos del capitalismo rentístico y la exacerbación de sus contradicciones internas por el bloqueo estadounidense han propiciado cambios en la gestión económica que van dirigidos a fomentar la inversión privada de acuerdo a los principios de igualdad y protección de lo público previstos en la Constitución.

Dichos cambios pasan por la flexibilización en el uso del dólar en transacciones comerciales, incluyendo nuevos parámetros para la inversión extranjera y una mayor participación del sector privado en el desarrollo de la economía nacional, lo cual ha traído nuevos retos y desafíos en términos de cómo se organiza la disputa política.

En síntesis, la vertiginosa caída de los ingresos petroleros y la crisis general de la matriz minero-extractiva de la economía venezolana, ambas situaciones derivadas del bloqueo económico estadounidense, tienen un peso determinante en las afiliaciones político-ideológicas y preferencias electorales de hoy, ya que parecen estar modificando las prioridades nacionales y la construcción de hegemonía y horizontes colectivos.

En años anteriores, el centro de la disputa (política y electoral) estaba entre la transición al socialismo y la reversión de sus conquistas y avances bajo el programa neoliberal de la derecha. Pero la caída de los precios del petróleo y el ataque sostenido al país provocó que dicha transición se ralentizara, abriendo paso a medidas de excepción que permitieran oxigenar la economía.

El paradigma del neoliberalismo a ultranza ha perdido efectividad para arrastrar votos. Una muestra de ello es que las coordenadas ideológicas de las nuevas oposiciones están más cercanas a la socialdemocracia que al autoritarismo del mercado.

Podría afirmarse que el nervio central de la disputa se ha movido hacia un espectro de reconciliación y pragmatismo, donde la construcción de metas de recuperación, estabilidad y prosperidad, relacionadas con la revitalización del consumo perdido durante los últimos años de guerra económica llevada a sus extremos, está por encima de la vocación programática a la hora de ejercer el voto.

Este proceso explica cómo el chavismo, para estas elecciones, ha buscado empalmar con ese nuevo consenso, aglutinando sus expectativas dentro del programa de conquistas sociales de la Revolución Bolivariana y apostando por una renovación de su imaginario de igualdad, justicia social y soberanía que para ser hegemónico debe adaptarse a las nuevas condiciones materiales.

Las oposiciones, centradas como en otras tantas oportunidades en capitalizar el descontento y el voto de castigo, continúan adoleciendo de una expectativa de futuro que ofrecerle al país y los resultados han expresado que el chavismo todavía conserva su fortaleza como única fórmula política capaz de movilizar y aglutinar bajo una opción convincente para la resolución de la crisis.

Estos factores sociales y económicos, con la reconfiguración del ecosistema opositor, son fragmentos de una nueva etapa política en Venezuela que todavía está sentando sus bases pero que ha dado como primer resultado una contundente victoria de las aspiraciones de soberanía, reconciliación y paz, cuya mejor expresión sigue estando en el chavismo.

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