Lo que nunca te dije, Almudena

Esther López Barceló 26/11/2021

Querida Almudena, me han pedido que escriba sobre tu muerte. Y, al principio, he pensado en lo ridículo que es que yo escriba sobre ti cuando no nos hemos conocido nunca. Miento. He asistido emocionada a varias de tus presentaciones en las que solo era una hormiga más entre un enjambre sediento de tus páginas. Sin embargo, apenas podía leer el mensaje en el que me solicitaban unos párrafos sobre tu repentina pérdida. Las lágrimas me nublaban los ojos. No podía reprimir el llanto desde que supe, pocos minutos antes, que te habías ido para siempre. Así, sin avisar, tan de golpe y a traición cómo solo la muerte es capaz de atravesarnos. Fue en ese instante cuando comprendí que, tal vez, yo también tenía algo que decirte.

Porque, querida Almudena, somos muchos más quienes te conocemos únicamente por tu forma de dar vida a las palabras y te garantizo que no somos, ni podemos, ser ajenos al dolor de perderte. Es imposible. Porque, aunque tú no lo sepas, hace años que entraste a vivir en nuestros hogares, al menos en el mío, para quedarte alojada en una balda completa. De hecho, al llegar a casa no he tenido más que entrar en el salón para encontrarte. Ahí estabas, con tus lomos negros enmarcando cada título que, a su vez, encerraba cientos de vidas, algunas imaginadas y otras tantas muy reales. Y cada libro me ha remitido al instante a un momento de mi propia historia que, ya por siempre, será una historia compartida contigo, insisto, aunque tú no lo sepas. Porque "El corazón helado" fue la primera novela tuya que leí prestada por quien años después sería mi marido y gran amor. Y gracias a esa obra descubrí que se podía hacer memoria con épica a pesar de ser la historia de unos derrotados. Y, aunque tú no lo sepas, con "Inés y la alegría" aprendí lo que nunca me enseñaron en la facultad de Historia y es que en España hubo miles de hombres y mujeres que no se rindieron aunque tuvieran a la propia vida en contra. Hasta estuviste acompañándome con "La madre de Frankestein" en la habitación del hospital, antes y después de mi parto.

Querida Almudena, exhumaste con tus manos más muertos de los que quedan en las fosas contándolos a todos y todas en los episodios de esta guerra interminable que parece que no se vaya a acabar nunca. Lo hiciste recopilando las voces que encontrabas a tu paso por esa inexorable búsqueda a través de libros, archivos y entrevistas. De todo ello fuiste seleccionando con cuidado los fragmentos con los que hilvanaste las novelas que cuentan lo que tan pocos se han atrevido a contar. Hasta me explicaste lo que significaba vivir en las chabolas inmundas de los presos que construyeron el Valle de los Caídos en "Las tres bodas de Manolita". Porque sobre todo nos descubriste a las mujeres de las que nadie se acordaba nunca, aquellas que cocinaban, limpiaban, cuidaban pero también pensaban, militaban y luchaban. Las colocaste en un lugar destacado por derecho propio y nos inspiraste para seguir escribiéndolas.

Yo no soy nadie que te conociera mejor que nadie, no soy, ni fui tu amiga –me cuesta escribir en pasado–, ni siquiera me considero una especialista en tu obra: tan solo soy una mujer que lee y escribe gracias a quienes lo habéis hecho antes y que te llora, por todo lo que has significado, aunque tú no lo sepas, ni lo vayas a saber ya nunca.

Querida Almudena, ojalá haberte escrito cuando aún pudieras leerme pero la vida es tan corta y tan extraña que solo nos permitimos estas licencias cuando alguien admirado muere. Por eso, permíteme dejarme llevar por el pensamiento mágico que se origina ante las muertes repentinas y déjame creer que mañana, al despertar, comprobaré que todo ha sido un sueño, que sigues mejorando de tu maldita enfermedad y que me atrevo a enviar este texto en un sobre. Es con esa intención que lo he escrito, para poder darte las gracias por abrirme una ventana enorme a un mundo que ya no existe. Ojalá se te reconozca como a Galdós en su día, ojalá tardes mucho en marcharte, ojalá verte de nuevo más allá de mi balda y poder abrazarte bien fuerte para darte las gracias.

Hasta entonces, se despide, aquella que nunca se cansará de leerte.

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