Crónicas del Madrid oscuro

Mala noche

Juan Madrid 03/12/2021

Para Vicente Larraga

Una noche, Casimiro se tomó unas cuantas copas en un bar de señoritas de la calle del Tesoro, llamado Bar Cuba, que yo conozco y que está bastante bien. Cuando yo estuve, hace mucho tiempo, las señoritas del bar eran educadas y sabían alternar sin pasarse, siempre sonreían y les gustaba acariciar las manos de los clientes y decirles cariño y cielito. A mí, en concreto, me llamaban gafitas o bigotes. Casi seguro que a Casimiro le acariciarían las manos y le llamarían algo parecido.

Era la primera vez que Casimiro iba a uno de esos lugares y estoy convencido que debió creerse en el cielo. Ahí era nada estar con esas chavalas de bandera (qué digo de bandera, de cine), con arrumacos y carantoñas y, lo que es mejor, medio en pelota. No desnudas del todo, que queda como muy inmediato, sino enseñando lo que hay que enseñar: un pedazo de muslo, un trozo de bragas negras, una teta, etcétera.

Casimiro se lo pasó muy bien (y usted, en su caso), a pesar del dineral que debió costarle. A mí me costó una barbaridad, pero jamás me he arrepentido, excepto si está mi señora cerca. Lo malo fue que Casimiro se tuvo que marchar a las diez, pero se hubiera quedado allí (y usted, claro), calentito y viendo lo que estaba viendo e, incluso, oliendo. Y digo oliendo porque ustedes sabrán, y sin duda habrán comprobado, lo rico que huele la carne de señorita de bar. Es como una mezcla a colonia, a un poco de sobaquillo (sin exagerar), canela y ajonjolí, todo mixturado.

Bueno, lo mismo que yo, Casimiro tuvo que despedirse a las diez de la noche con no poco dolor de corazón. Le dio un abrazo a un compadre que estaba a su lado en el mostrador, llamado Molina, besó a las señoritas y se marchó. Casimiro era casado y tenía que coger el portante a las diez. No había más remedio, tenía que cenar en su casa y luego ver la televisión con su señora y sus tres niños: Gustavito, Maripili y Encarnita.

Iba a tomar el metro a Tribunal, que lo llevaría a Aluche y de allí al cercanías de Móstoles, pero se entretuvo otros quince minutos en la Taberna O´Compañeiro, tomándose unas cañas, seguramente con la imagen de las chicas bailándole en la cabeza. Yo hice algo parecido, me acodé en el Café Star y me quedé traspuesto, la imagen de aquellas señoritas me duró varios meses.

Casimiro se había bebido tres güisquis en el Bar Cuba, más dos cañas en la taberna, lo que quiere decir que se encontraba medio castaña o, quizás, algo alegre y despreocupado. Con las defensas bajas, vamos, pero no borracho del todo.

Parece ser (las opiniones de los testigos fueron contradictorias) que iba por la calle Fuencarral con las manos en los bolsillos y canturreando algo entre dientes, y parece normal que así fuera. Aquella noche, yo cantaba eso de:

Contigo en la distanciaaa
amadaaaa míaaaa…


Los sirleros se le fueron encima al llegar a la esquina de San Vicente Ferrer, antes de bajar al metro. Unos testigos dijeron que fueron tres sirleros, otros que dos. Da lo mismo. El caso es que a Casimiro le birlaron dos mil pesetas y el reloj, marca Omega, que le había regalado su madre cuando la boda, allá por 1975.

Al principio no sintió nada, aparte del natural cabreo y la mala leche que le entra a uno cuando lo roban. Casimiro comenzó a soltar interjecciones y a injuriar al Gobierno de la nación, a los obispos y hasta a la divinidad, tal era su cabreo.

Pero al cabo del rato, cuando se sosegó, sintió algo raro, como si se hubiese orinado. Tenía el pantalón mojado y se lo palpó. Se dio cuenta de que era sangre. Le habían rajado y él no se había dado cuenta. Un sudor frío le recorrió el cuerpo, luego se le erizaron los pelos del cogote y después se asustó. Tenía la herida sobre el ombligo y, lo más extraño, no sentía dolor. Solo una sensación de frío creciente.

- ¡Me han pinchado esos cabrones! -gritó Casimiro.

Se tambaleó, más por miedo que por otra cosa, y tuvo que apoyarse en la esquina. La sangre seguía manándole de la herida, corría por el pantalón y pronto le llegaría a los zapatos.

- ¡Socorro! ?volvió a gritar?. ¡Me han matado!

Dos o tres que pasaban por allí dieron un rodeo y se alejaron a paso rápido. Después dijeron que con la negrura de la noche, Casimiro parecía un borracho.

Con la mano en la herida, Casimiro se dio cuenta de que las piernas no le sostenían y se sentó en la acera a descansar. Dicen que comenzó a levantar el brazo pidiendo ayuda, aunque nadie está seguro de eso. En lo que a mí respecta, después de abandonar el Bar Cuba y de tomarme unas cuantas cañas en el Café Star, me fui para mi casa y nadie me atracó. Pero ésta es la historia de Casimiro y no la mía.

Se sabe que dos señoritas que paseaban del brazo vieron a Casimiro hacerles señas y llevarse la mano a la barriga. Más tarde declararon:

-Yo ni miré. ¿Para qué? Me dio la impresión de que estaba haciendo guarrerías con la mano, ¿entiende, señor inspector? Aquí hay mucho exhibicionista.

El dolor le vino entonces a Casimiro. Un dolor que quemaba, que le abrasaba por dentro, como si le aplicaran un hierro al rojo. Y empezó a gritar y a mover las piernas. A cada movimiento salía más sangre.

- ¡Por favor, me estoy muriendo! ¡Socorro!

Dos parejas que iban en coche a una conocida sala de fiestas fingieron no ver nada. Iban contándose chistes y un tío tirado en la calle (ya sabe usted cómo es esa gentuza, ¿verdad, señor inspector?) no es razón suficiente ni para gastar una mirada. Luego, Casimiro vio cómo le salía de la herida un trozo blancuzco de intestino y vomitó. Las arcadas violentas le abrieron más la herida y el paquete intestinal empezó a culebrear fuera.

El forense del juzgado dijo que murió de un shock cardíaco a las doce menos cuarto, lo que demuestra que estuvo sesenta minutos dando voces. Aparte de ese shock que diagnosticó el señor forense, Casimiro tuvo peritonitis, pero ya qué más daba. Estaba muerto.

Publicado en el Nº 349 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2021

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